ensayista, literata y filósofa

1965-1968: La onda irrumpe la narrativa tradicional

Las primeras obras posmodernas que aparecen en México se caracterizan por reinventar el estilo literario (indigenista y revolucionario) prevaleciente, metamorfoseándolo con propuestas diferentes de uso del lenguaje, de interacción cotidiana, entre otros aspectos. Farabeuf (1965) de Salvador Elizondo, es una novela donde el lenguaje pernea en la acción y en los personajes. El Dr. Farabeuf especialista en torturas chinas, deja anonadado al lector que se pierde entre el vacío que dejan los actos amorales del doctor. Gazapo (1965) de Gustavo Sáinz, cambia el lenguaje moderno por el de los adolescentes de la Ciudad de México, su ficción irrumpe con trivialidades en la cultura acartonada de principios de los sesenta. De perfil (1966) de José Agustín, al igual que Gazapo, es una manifestación juvenil en contra de las estructuras sociales y políticas que culminan en los acontecimientos de 1968, pareciera que fue una novela profética del movimiento estudiantil, donde el humor y la parodia permiten ridiculizar el discurso político. Estas tres novelas transitan entre la modernidad de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y La Muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, obras costumbristas que critican el proyecto económico institucional iniciado en los años cuarenta.

Gustavo Sáinz y José Agustín, junto con otros narradores jóvenes, incurren en un movimiento literario denominado la Onda, a mediados de los años sesenta y principios de los setenta, que se caracteriza por cuestionar la alta cultura mediante la ironía el humor y, sobre todo, el lenguaje popular. La literatura de la denominada Onda contribuyó a la desmitificación y revitalización de la cultura, mediante el juego (tanto de palabras como de comportamientos sociales), la fusión de géneros (sátira, parodia, ironía) y, principalmente, crítica social. No obstante, su carácter de escuela o de corriente literaria ha sido cuestionada incluso por el mismo Agustín quien afirma que la Onda no existió como tal, pero añade que “fue una etiqueta fácil para enmarcar un fenómeno mucho más complejo. No motivó más que confusiones. Nadie se ponía de acuerdo en lo que era eso y las discrepancias entre Glantz, Brushwood, Carlos Monsiváis o Adolfo Castañón son notorias” (José Agustín, 2002: sin página).

Algunos otros autores juegan con el tiempo y el espacio, no dejan de ser críticos con su entorno pero toman temas universales, algunas veces ajenos a su realidad. Por ejemplo, José Emilio Pacheco en su novela Morirás lejos (1967), cuestiona la manera cómo nos referimos a este mundo, desde una óptica deshumanizada generada por la xenofobia del imperio romano y de la segunda guerra mundial. Pacheco se mueve indistintamente entre el tiempo y el espacio: del siglo I al siglo XX; de Israel y Polonia a México. Morirás lejos rescribe la historia, la cuestiona y la legitima: “Evitando lo uno y lo otro o evitando la reflexión sobre el pensamiento maniqueo de la tradición occidental, el texto de Pacheco es un testimonio que subvierte en sí al testimonio, es una historiografía que en sí cuestiona la historiografía y es una metaficción que cuestiona el modo de existencia de la ficción” (Williams, 2002: 39).

Jugar con la identidad, la personalidad y los personajes también es parte de la literatura posmoderna, un claro ejemplo de esto es Cambio de piel (1967) de Carlos Fuentes, probablemente la novela más conocida de las antes mencionadas; se trata de una “metaficción historiográfica”, lo mismo que Morirás lejos, donde los personajes no cuentan con identidades establecidas y la acción deviene en el espacio y en el tiempo, como afirma Poniatowska: “Cambio de piel inicia un contrapunteo de situaciones límite en un mismo sitio: Cholula, y la época de la Conquista y la década de los sesenta son vividas por víctimas de una historia recurrente, fatal, que cumple inhumana ciclos de plenitud, nacimiento y muerte generacional” (Poniatowska, 1979: XV).

Fuentes es el primer escritor que recrea la figura del intelectual moderno, puesto que inaugura la literatura como profesión. Antes de Fuentes los escritores eran burócratas, siervos de la nación, y su escritura reflejaba la solemnidad acartonada reinante hasta entonces en la política mexicana. Justamente es en 1968, año de transición, cuando no sólo la literatura cambia, sino que junto a ella cambian los actores políticos sociales y culturales, la masacre de Tlatelolco, ese presagio metafórico de la deshumanización plasmado en Farabeuf, Morirás lejos y Cambio de piel se hace realidad. Octavio Paz capta este sentir indecible provocado por la atrocidad en un poema comprometido con la situación imperante en el país en ese momento:

MÉXICO: OLIMPIADA DE 1968

La limpidez

(Quizás valga la pena

Escribirlo sobre la limpieza

De esta hoja)

No es límpida:

Es una rabia

(Amarilla y negra

Acumulación de bilis en español)

Extendida sobre la página.

¿Por qué?

La vergüenza no es ira

Vuelta contra uno mismo:

Si

Una nación entera se avergüenza

Es león que se agazapa

Para saltar.

(Los empleados

Municipales lavan la sangre

En la Plaza de los Sacrificios.)

Mira ahora

Manchada

Antes de haber dicho algo

Que valga la pena,

La Limpidez.

(Paz, 1990: 429)

Si bien el Movimiento del 68 cuestionó e irrumpió en el devenir de ese momento histórico, como sucedió en otros países, también es cierto que ese tipo de movimientos sociales han ido perdiendo legitimidad en México, puesto que las propuestas políticas, la mayoría de las veces, enarbolan movimientos sociales como ese para hacerse oír, para ganar votos, en vez de continuar con la labor política, económica y social basada en estructuras fuertemente cimentadas en un modelo. Esa labor queda inconclusa, basta con observar que la gente no vive mejor que entonces.

Es así como los héroes de esos movimientos sociales se convierten en los antihéroes de la política actual al no consolidar su lucha en el paso del tiempo, pero que gracias a los medios siguen haciéndose escuchar en una población cansada e incrédula que muchas veces prefiere vivir con el recuerdo de los “héroes” que murieron en la lucha. Es así como en la Plaza de los Sacrificios la muerte se hace evidente, pero dicha muerte da vida a un pensamiento crítico que se enfrenta al costumbrismo imperante. Tristemente sólo cuando la nación se avergüenza, la “limpidez” se hace presente, pero no por eso se dejan de oír los gritos desgarrados de la realidad que los escritores encapsulan en sus textos para evitar que la gente olvide la historia de quienes decidieron luchar, de quienes creyeron en un proyecto reformador y de quienes siguen sus pasos para darle voz a todos los que no han sido escuchados, a los que son discriminados y desechados de un mundo mediático y consumista por no estar alineados con el sistema.

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