ensayista, literata y filósofa

1995-2002 La posmodernidad en su apogeo

A partir de aquí desarrollaré lo que es el eje central del trabajo de investigación [1], lo antes escrito quiere ser meramente un trabajo introductorio a mi aportación analítica de la literatura mexicana contemporánea, la cual realizaré a lo largo de los capítulos siguientes. Me propongo comparar fragmentos de las obras de cinco escritores mexicanos nacidos en la década de 1960, ubicar los efectos posmodernos generados por la mundialización de las economías, la multiculturalidad, los medios de comunicación y la tecnología, para organizarlos en una triple tónica: la frontera, el juego y el desasosiego. El presente no es un trabajo monográfico de cada autor, sino que pretendo poner a dialogar su textos dialogar entre sí mediante una escritura entrelazada y no lineal de sus obras, a fin de retomar gran parte del pensamiento occidental de finales del siglo XX, al que me he referido someramente en la primera parte de esta investigación.

La elección de los autores se debió, en gran medida, a que nacieron en la década donde las últimas utopías del siglo se enfrentan a los modelos de represión en desuso, y a modelos económicos que apenas empezaban a ser experimentados, cuyas consecuencias negativas estamos padeciendo. Por ello se puede afirmar que las personas de esa generación crecen sin héroes, sin utopías, pero inmersos en problemas sociales y económicos que se han ido transformando, a través de los medios y la tecnología, en problemas de falta de identidad y ausencia de valores, por lo que cualquiera se erige como antihéroe si tiene los medios suficientes para pagar los costos de la publicidad que incentiva al consumo excesivo de bienes materiales. Tal es el caso, en los últimos años, de los candidatos a la presidencia que no tienen propuestas ideológicas que los respalden, pero sí cuentan con un respaldo económico que les permite invertir en publicidad en todos los medios nacionales para llegar a la mayor cantidad de población posible. Es una generación que pasa desapercibida por la falta de propuestas, no sólo estéticas, también políticas y sociales, aunque algunos pocos tratan de resarcir el camino dirigiéndolo, con propuestas posmodernas, hacia un reinventar la historia en beneficio de la sociedad.

La metodología del presente trabajo consiste en desmenuzar las obras, desmembrar los temas que se relacionen o estén insertos en la frontera, el juego y el desasosiego para que dialoguen entre sí. En primera instancia se puede decir que es una crítica deconstructivista puesto que permite diferenciar (différance, diferir, de acuerdo al uso derridiano) las características posmodernas –que teóricos como Vattimo, Lyotard, Baudrillard, entre otros–, se han encargado de develar, al intentar comprender a la sociedad actual y establecer vías alternas de sociabilidad– en las obras de cinco escritores mexicanos, que no por ser contemporáneos, necesariamente son posmodernos, pero la hipótesis del presente trabajo se encamina a afirmar que existen correlaciones entre su propuestas estéticas y narrativas con la posmodernidad.

Es así que, como menciona Lyotard, un escritor posmoderno se encuentra en la misma situación que un filósofo, puesto que el texto que escribe no está sometido a reglas establecidas y mucho menos a un juicio determinado basado en ciertas categorías, que, en definitiva, son las que reinventa el artista: “El artista y el escritor trabajan, por lo tanto, sin las normas, para establecer las normas de lo que habrá sido hecho. De ahí que la obra y el texto tengan la cualidad de un acontecimiento: su realización comienza siempre demasiado pronto. Es necesario comprender lo posmoderno a través de la paradoja del tiempo verbal del futuro anterior” (Bauman, 2001: 133).

De tal forma, los escritores de esta generación se insertan en un “inexistente” tanto en tiempo como espacio Continente Narrativo Mexicano (CNM), porque sus reglas son tan abstractas y abyectas como los que se empeñan en defender su existencia, en un momento crítico de la literatura nacional, en parte por falta de apoyo gubernamental a la cultura y, en otra, porque desde siempre la cultura en México ha sido una mafia que encubre la discapacidad artística. Si bien ya se mencionó que los escritores de la generación en cuestión pasan desapercibidos, los escritores nacidos en los cuarenta y los cincuenta se encaminaron por obtener poder y construyeron posiciones más que obras dentro del continente narrativo mexicano, por eso Fuentes es un parteaguas dentro de la literatura mexicana al darle a ésta una nueva dimensión, donde los escritores y artistas en lugar de luchar el poder, luchan por un lugar en la cultura mexicana como intelectuales capaces de erigirse en líderes de opinión. Sin embargo, ésta intelectualidad copta los espacios del CNM para beneficio propio (otra vez la lucha del poder), por lo que algunos escritores prefieren ignorarla y alejarse de la cercanía de sus fronteras como Cristina Rivera Garza y Mario Bellatin, quienes viven en Estados Unidos y Francia respectivamente. Luis Humberto Crosthwaite apuesta por fundar un centro alterno a la Ciudad de México y más cercano con Estados Unidos: Tijuana desde donde se gesta la literatura hispanoparlante de mayor presencia en el país vecino. Ignacio Padilla y Jorge Volpi, junto con otros escritores de esta generación que no analizaré en esta investigación, rechazan la estructura acartonada del CNM y conforman la generación del crack (de ruptura no de droga) que no trasciende, más allá del mero hecho de darse a conocer, como propuesta estética dentro de la literatura, pero sí logra una ruptura con sus antecesores. Así lo refiere Elena Poniatowska:

Hace años Kid Palou, Kid Volpi, Kid Urroz, Kid Padilla, Kid Chávez Castañeda, Kid Herrasti noquearon a la literatura mexicana con un manifiesto que mandó a la lona a las mafias, el grupo de Vuelta, el de Nexos, el de La cultura en México. Nada de lo pasado valía, los escritores eran una mierda, había que barrer con ellos y el único futuro estaba en el crack, que es una fisura, un hueso que se rompe, un vidrio que se estrella, una rama de árbol que cae y hace precisamente eso: crack. (Poniatowska, 2003: sin página)

La característica más notoria de esta generación es el hecho de querer hacer novelas ambiciosas que recrean la realidad y ubican al lector en un mundo autónomo, lo cual es una constante en Amphitryon de Padilla, y En busca de Klingsor de Volpi, novelas que comparten, entre otros muchos elementos que posteriormente analizaré, este afán de la generación por ser internacionales con temas universales. En efecto, ambos autores parecen querer encaminarse a una mayor sofisticación, al escribir sobre temas internacionales, que se ubicaran e interesaran en el resto del mundo (Alemania, Francia, Italia e Inglaterra…), pues –otra vez Poniatowska– les resultaba “imposible permanecer tras la cortinita de nopal que tanto enfureció a José Luis Cuevas. Una vez profesionalizada la carrera de escritor por Carlos Fuentes, ellos se lanzan a las grandes avenidas. Nada de Allá en el rancho grande, nada de color local” (Poniatowska, 2003).

LOS ELEGIDOS

Es momento de dedicarles un espacio de presentación formal a los autores elegidos: Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Mario Bellatin, Luis Humberto Crosthwaite y Cristina Rivera. Como ya se mencionó, comparten ser contemporáneos, y a pesar de estar inmersos en distintas latitudes (y este es un rasgo que se observa en sus obras), no se muestran ajenos a los males que aquejan a la sociedad y los incluyen críticamente en sus relatos. Yo me detendré en analizar aquellos que, aunque no son necesariamente los más representativos de su autoría, me permiten reconocer los elementos posmodernos por entre los que defino este trabajo: principalmente la reinvención de las historias ya sea mediante el establecimiento de fronteras (geográficas, físicas o psíquicas), al juego ( de identidad, de lenguaje de géneros literarios) y al desasosiego que se experimenta por el abuso de los medios , la tecnología y el consumo en esta sociedad globalizada.

1. JORGE VOLPI

La paz de los sepulcros (1995) y En busca de Klingsor (1999), de Jorge Volpi, comparten el thriller como hilo conductor de las novelas, pero trabajado desde diversos aspectos, en distintos tiempos históricos y espacios geográficos. Narrativamente tampoco tiene concordancia, si bien la primera es una novela lineal, la segunda intercala diferentes géneros (ensayo, cartas, biografía, cuento, novela). La obra de Volpi, se caracteriza más por la exploración y el conocimiento, lo que se observa en el cuidado del lenguaje y de los detalles, que por lograr un estilo propio. La paz de los sepulcros, es un thriller político que sucede en la ciudad de México, cuyo protagonista, un reportero de la nota roja, se ve envuelto en un asesinato con tintes políticos, donde el vampirismo y la necrofilia son los elementos principales de la trama, pues hacen posible que la ficción se difumine en la realidad al experimentar con los cuerpos, al manipular la información en los medios y al controlar la opinión pública mediante el morbo y la falta de moral.

En busca de Klingsor, es una obra que cuestiona, los valores éticos y morales de la profesión científica durante la segunda guerra mundial (no en sentido cronológico sino que transita entre el tiempo y el espacio). En esta novela, un físico teórico estadounidense, que ve menguadas su aspiraciones científicas debido a problemas personales, es enviado a Alemania para investigar quién representó en el nazismo la figura de Klingsor: una personalidad científica de primer nivel, consejero de Hitler, y responsable de dotar, hacer y deshacer las estrategias científico-bélicas del Reich, entre ellas la bomba atómica alemana. Si bien Volpi escogió un tema apasionante cuyas aristas sintetizó de manera brillante, también es cierto que En busca de Klingsor presenta algunos defectos como sería la falta de destreza para fusionar en una sola obra la ciencia como eje central de la trama, vinculándola con un mito genésico, y lograr su comercialización injertando una trama erótica que no logra consolidar porque no tiene razón de ser dentro de la obra.

2. IGNACIO PADILLA

Amphitryon (2000) de Ignacio Padilla, es una novela que hace del ajedrez el juego de la vida simulado en dos momentos determinantes de la historia del siglo XX: primera y segunda guerra mundial, de Europa central a Latinoamérica, dado que lamentablemente ostentar el poder y el afán de ganar son las constantes en la historia contemporánea. El tiempo y el espacio son indefinidos, así como indefinidas las identidades de sus personajes, pero ese juego de máscaras, de tiempos y territorios, impide que la trama se consolide y hace que el lector se pierda. Amphitryon, es un proyecto ambicioso como los que acostumbran hacer los de la generación del crack, con una investigación profunda de los hechos, las ciudades y un esmerado cuidado del lenguaje, pero que no convence porque se recrea a sí mismo. Padilla, en vez de crear mundos autónomos, aprovechando el manejo del tiempo y del espacio, transita con una sola idea en mano, que al final no convence porque la tragedia histórica sucede fuera del texto como mera referencia libresca que invita a profundizar en sus fuentes, desde Joseph Roth a Hanna Arendt.

Como se puede adivinar, En busca de Klingsor y Amphitryon, guardan una estrecha relación, ya no sólo histórica, temporal y espacial, puesto que las dos tratan el mal del siglo XX como propuesta interpretativa, e intercalan diversos géneros durante la obra (relato, biografía, carta, cuento); sino también porque ambas cuestionan la ética profesional, los valores sociales, el juego de poder (simulado con el ajedrez), cuyas consecuencias se hacen latentes en la incertidumbre, la falta de identidad de los personajes y el desasosiego que experimentan. Ambos escritores recurren a la encarnación de los mitos para conciliar la ficción con la realidad: en Klingsor la figura de Parsifal; en Amphitryon la de los mellizos Heracles e Ificles: lo divino anteponiéndose a lo mortal.

3. MARIO BELLATIN

Salón de Belleza (1994), La escuela del dolor humano de Sechuán (2001) y Flores (2001) de Mario Bellatin, son obras que navegan entre la novela y el relato corto, que carecen de tiempo y espacio determinado, que pueden ocurrir en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la historia, aunque se hace evidente la influencia de la cultura oriental, concretamente la japonesa. Estas obras tratan la moral humana desde diversas perspectivas de enfrentamiento psíquico y físico, tanto propio como ajeno, y cuestionan el alcance de la voluntad humana al establecer situaciones de riesgo de las que hay que evadirse como la enfermedad, llevada al grado máximo de infección, traducida en peste; otras donde se contrapone la belleza y la decadencia corporal. Bellatin experimentan el dolor, la enfermedad, la decadencia y la muerte mediante sus personajes.

Salón de belleza transita entre embellecer la figura humana y resguardar los cuerpos inertes de enfermos terminales en un mismo espacio que poco a poco se convierte, de un salón de belleza, en un moridero resguardado por un transvestido, lugar que metafóricamente ejemplifica la decadencia humana con peces que se van muriendo como la enfermedad va matando a los enfermos. En esta novela la figura del otro es muy significativa porque en un lugar donde abundaban los espejos que permitían observar la belleza física, éstos han desaparecido y el único referente posible de la propia imagen consiste en compararse con los otros. El salón de belleza se convierte en un moridero donde únicamente entran los muertos en vida, aquellos seres que por padecer una enfermedad sin cura alguna hasta el momento (puede ser sida, pero nunca se menciona), se convierten en desechos humanos que solo tienen acceso a un lugar donde saben que pueden morir en paz.

La escuela del dolor humano de Sechuán, está compuesta por varias historias entrecruzadas por el dolor físico o psíquico: una hace referencia a la China actual, como el hecho de no poder tener más de dos hijos, otra narra la historia de una mujer desnuda que se encarga de los niños, o el relato de un padre que usa aparatos ortopédicos para ver la luz de sus pies… En fin, las historias son variadas, muchas de ellas ajenas a nuestra realidad pero cuya carga simbólica se hace presente mediante el dolor como un instante, como permanencia y como representación. Flores, también intercala historias cortas, que semejan un efecto invernadero de la decadencia humana como el hecho de que un experimento científico genere mutaciones en los niños, o un hombre decida cambiar de sexo e incluso que un padre infecte a su hijo de sida. En Bellatin la moral no existe, narra los pesares de la humanidad: epidemias, malformaciones generadas por experimentos químicos, desolación, soledad, tristeza, búsqueda de identidad, ya sea en la religión o a través de experiencias sexuales. Juega con el cuerpo y la identidad de las personas, las metamorfosea, fragmenta, como también fragmenta sus historias; crea un estilo propio basado en la indefinición de los géneros, de novela corta a cuento y viceversa; en la depuración de las formas; en la concretización de su narrativa y en el uso simple del lenguaje:

En ese espacio abierto por la tradición literaria japonesa y cierta narrativa fantástica heterodoxa, Bellatin ha construido una personalísima épica del cuerpo, un mapa sexual del deterioro físico que pone la mira en el ataque a cualquier idea de normalidad contemporánea. En más de un sentido, toda la obra de Bellatin es el relato de ese tránsito, el triunfo final y definitivo de un proyecto de anormalidad listo para convertir la verdad de los cuerpos en la verdad de los defectos. (Tarifeño, 2002)

4. LUIS HUMBERTO CROSTHWAITE

Estrella de la calle sexta (2000) e Instrucciones para cruzar la frontera (2002) de Luis Humberto Crosthwaite, narran la vida desde la frontera más grande del mundo: Tijuana, donde la multiculturalidad se hace presente en el lenguaje, las tradiciones y las nacionalidades. En Estrella de la calle sexta, Crosthwaite intercala el inglés (escribiéndolo como se escucha) con el español para dar lugar al spánich (spanglish es el término más utilizado); lo mexicano se difumina con lo americano y viceversa, la identidad nacional se ve relegada a unos símbolos meramente afectuosos, en el sentido de que al extrañarse lo nacional, lo propio, los migrantes hacen uso de símbolos como la Virgen de Guadalupe para recordar sus orígenes. La frontera ya no existe como tal: no existe una distinción entre el espacio físico y el psíquico del cholo, antihéroe que defiende su identidad mestiza y melancólica. En Instrucciones para cruzar la frontera, a través de relatos cortos, hace referencia a los motivos por los que los conacionales deciden dejar su tierra; a cómo deben enfrentar la aduana; y, en caso de que la pasen como mojados, a los peligros, las dificultades y la discriminación que les espera del otro lado. Por ello no es de extrañar que Villoro haya escrito lo siguiente:

Leer a Crosthwaite es un acto migratorio, un traslado sin visa ni pasaporte entre el fuego cruzado de sus idiomas. Miembro de la Real Academia del Spanglish, recrea el edén donde el país comienza y los hombres inventan la lengua con fervor adánico. En ese territorio, los coches se vuelven “ranflas” y la policía es “la placa”, el espíritu habla por la raza en frecuencias moduladas, los puntos y las comas se convierten en instrumentos de percusión, las canciones adquieren valor evangélico y los mensajes foráneos son bienvenidos, con tal de que no traigan ondas extraterrestres: “que no me lance rollos alienígenas porque no sé cómo voy a responder”, dice su personaje más confesional. (Villoro, 1999)

En la obra de Crosthwaite la novela corta y el cuento interactúan entre sí, también fracturando la frontera entre uno y otro género. Asimismo, la mayoría de su textos son irónicos: hace de la vejación, la indiscriminación, la desigualdad, que propinan a los migrantes una sátira de su comportamiento y, de igual forma, se refiere a los migrantes quienes ven como única salida a sus problemas ir en busca del “sueño americano”, sin importarles los obstáculos que deban afrontar para lograr su sueño. En este sentido, Crosthwaite se menoscaba a sí mismo y pretende que no sabe nada, puesto que la total objetividad y la supresión de juicios morales explícitos son esenciales en la ironía para evitar que ésta no despierte piedad ni temor: éstos sólo se reflejan ante el lector a partir del arte mismo (Ballart, 1994: 165).

5. CRISTINA RIVERA

Nadie me verá llorar (1999) y La cresta de ilión (2002), de Cristina Rivera, son dos novelas cuyo denominador común es la locura, la incertidumbre y la búsqueda de identidad que genera ésta. Rivera también juega con el lenguaje y lo reinventa, sobre todo en la segunda obra. Su estilo se basa en la creación de personajes y en una cuidadosa aplicación de la historia a la ficción, patente en la primera novela. En efecto, Nadie me verá llorar es una trama que se desarrolla a principios de siglo XX, en México, que narra la historia de una mujer que deja su pueblo, se convierte en prostituta y termina loca, encerrada en un manicomio, de donde es “rescatada” por un fotógrafo –el narrador– que se enamora de ella. En La cresta de Ilión, la locura se hace visible también en una mujer a la que un doctor de enfermos terminales amó varios años atrás y que repentinamente regresa, generando en él estupor, incertidumbre y miedo. Cristina Rivera se interesa por el manicomio como lugar de fusión de la búsqueda de identidad, la libertad, el dolor y la soledad.

Como se puede observar (y posteriormente me referiré a ello) son varios los elementos que comparten las obras antes mencionadas, como la búsqueda de identidad, la incertidumbre, el juego del lenguaje, del tiempo y del espacio. No obstante será dependiendo de la relación que guarden entre sí y con los efectos generados por la mundialización, la multiculturalidad, los mass-media, la tecnología, el valor de verdad y novedad del arte, expuestos durante la primera parte, que estos elementos tendrán una interpretación diferente, puesto que la obra del artista posmoderno es “una demostración de que es posible más de una voz o una forma y, por lo tanto, una invitación permanente a unirse en el proceso interminable de interpretación que es también el proceso de creación de significados” (Bauman, 2001: 134). Es así que, desde diferentes posturas los escritores antes mencionados dialogan entre sí y conmigo, puesto que realizo un juego intertextual con sus obras para recrear los relatos y englobarlos en tres grandes temas: la frontera indómita, el juego de la vida y el desasosiego humano.

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[1] Por cuestiones de formato y espacio no puedo poner toda la investigación en el blog, si a alguien le interes tener una copia o darle seguimiento a esta trabajo, por favor comuníquese conmigo.

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