Ecología del afecto

Después de muchos años de realizar un trabajo intelectual sistemático dedicado a los Critical Border Studies que incluye una propuesta onto-epistémica para realizar estudios comparados de fronteras geopolíticas en diferentes continentes denominado modelo epistemológico de las fronteras que he presentado en diferentes congresos, fundar un grupo de investigación de Estudios Fronterizos, escribir muchas entradas en este blog, lo mismo que artículos, capítulos y libros; de un día para otro sentí la necesidad de dejar de hacerlo. Un tipo de jubilación intelectual a temprana edad, una forma de suicidio académico considerando que soy integrante del Sistema Nacional de Investigadores desde hace una década.

Esta decisión no fue casualidad. El asesinato de mi hermano, el trabajo de duelo que se juntó con la pandemia y el confinamiento, la ruptura con amistades y colegas por diferencias ideológicas, la necesidad de reinventarme en la pedagogía in situ para impartir clases virtuales, el habitar una ciudad industrial donde la desigualdad se manifiesta en la poca accesibilidad que tiene la gente de a pie a vivir una vida de calidad y para reconocerse como sujetos con derechos e incluso el decidir contraer matrimonio son factores que se fueron engarzando para mirar hacia atrás y admitir que la narrativa de mi trabajo intelectual necesitaba refrescarse, diferirse, buscar otras aristas en la ontología, la epistemología, la estética, la ética y la política que no estuvieran ceñidas a la materizalización de una frontera, un muro, un límite, sino todo lo contrario, que la inmaterialidad del afecto en términos spinozistas, como potencia de afectar y ser afectada, se hiciera evidente en mis próximas indagaciones.

Deje reposar la inquietud, me dediqué observar las diferentes manifestaciones que se iban presentando para abordar lo que a ratos parecía imposible. Padecí el miedo de aquello que nos puede paralizar a quienes escribimos a destajo: la página en blanco. Por momentos pensé que sería incapaz de volver a escribir algo, mucho menos a cambiar de giro y sentí la necesidad de aferrarme a lo conocido. Afortunadamente los cursos que propuse para impartir este semestre (Estética, Filosofía de la Tecnología y Filosofía y género), así como el seguimiento al trabajo intelectual y el diálogo con otros colegas me recordaban cada tanto a no claudicar, a esperar que el pensamiento, la idea, se pudiera concretar en algo: una oración, una hipótesis, una afirmación. Así pasaron los meses, hasta que en la sesión pasada en el Seminario de Filosofía y Género pude enunciar aquello que llevaba rato tratando de proponer.

En la versión de este semestre del Seminario de Filosofía y Género, un seminario que se ha vuelto indispensable como parte de los protocolos contra las violencias de género en la UACM, quería proponer una lectura paralela a lo que estudiamos en otro curso que se denomina Filosofía Feminista. En ambos compartimos lecturas, apuestas epistémicas y sus interpretaciones más destacadas, especialmente aquellas que van de finales del siglo pasado al presente. De igual forma, la preparación de este seminario que iba a impartir por primera vez me obligaba a releer a varias de las teóricas con las que me había iniciado en la teoría literaria, la deconstrucción e incluso el posthumanismo y el transhumanismo durante mis años de investigación doctoral. Teóricas como Judith Butler, Donna Haraway, Rosi Braidotti, Luce Irigaray que fueron clave para mi pensamiento transfronterizo temprano me volvieron a dar la pauta para aquello que ahora me interesa a-bordar: la ecología del afecto.

Si bien es una propuesta incipiente la que estoy realizando e incluso podría pensarse que es una apuesta oportunista, no solo porque el tema del cambio climático está presente en todas las agendas políticas (en el momento que escribo esto se lleva a cabo la cumbre G20), sino porque también desde hace por lo menos una década se desenterró a Spinoza en la academia del sur y norte de América (continente), aunado a que mucho del trabajo intelectual de las feministas contemporáneas está situado en los afectos, las emociones, la vulnerabilidad (herencia de la misma Butler); lo que ahora propongo parte de la siguiente premisa: la performatividad es la condición de posibilidad ontológica y epsitémica del agenciamiento político.

Rodríguez, R. Diagrama realizado durante la sesión del 28 de octubre de 2021 del Seminario de Filosofía y Género.

Recupero, entonces, de la ontología de Boaventura de Souza Santos la noción de ecología de saberes, entendida como aquella que se «opone a la lógica de la monocultura del conocimiento y del rigor científico e identifica otros saberes y criterios de rigor y validez que operan de forma creíble en prácticas sociales que la razón metonímica declara no existentes» (de Santos, 2017, 237), apuesta que se suma a la deconstrucción del logocentrismo realizada por Derrida y que también abona a la crítica que Foucault y Balibar realizaron sobre la noción del «capital humano», «empresario de sí mismo», conocida como economía del saber.

Con respecto a la noción de afecto, no cabe duda que estoy pensando en el glosario de los afectos que desarrolla Spinoza en la parte tercera Del origen y naturaleza de los afectos, partiendo del Postulado I: «El cuerpo humano puede ser afectado de muchas maneras por lo que su potencia de obrar aumenta o disminuye, y también de otras maneras que no hacen mayor ni menor esa potencia de obrar» (Spinoza, 1980, 124).

La ecología del afecto se engarza entonces con la performatividad de Butler entendida como la inserción del sujeto en el orden simbólico del lenguaje (siguiendo a Lacan): «Precisamente porque un enunciado puede producir otros efectos es posible la apropiación, la inversión y la recontextualización de tal enunciado» (Butler, 1997, 70). Desde esta perspectiva es la deconstrucción de dicho orden simbólico que nos condiciona performativamente la condición de posibilidad ontológica y epistemológica del agenciamiento político.

Evidentemente esta propuesta de la ecología del afecto también está estrechamente vinculada con la crítica que les pueda hacer a los teóricos del realismo especultativo (Meillassoux), lo mismo que a quienes están proponiendo el giro ontológico (Dowosky, de Castro) e intento acercarme al trabajo sobre la animalidad (Derrida, Latour), interespecie (Deleuze, Haraway), plasticidad (Molabou), posthumano y transhumano (Braidotti), por mencionar algunos alcances de la misma. Dar cuenta de esta ecología del afecto no es un empezar de cero, tengo ya algunos textos escritos pueden sumar a este ejercicio intelectual de pensarnos en otras formas de corporalidad:

Hay tres cuerpos que están indiscutiblemente ligados: el cuerpo territorial, es decir el del planeta y la ecología, el cuerpo social, y finalmente el cuerpo animal o humano. De ello se deriva la necesidad de recolocarse con relación al otro —la cuestión del prójimo y de la alteridad—, pero también con relación a la Tierra, es decir, al mundo propio. No hay cuerpo propio sin mundo propio, sin situación. […] Ser es estar presente aquí y ahora. (Virilio, 1997: 46)

Citado en Rodríguez, R. Limitaciones y alcances de la ontología technológica, 2020

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