La impunidad se convirtió en el nuevo contrato social desde que inició el siglo XXI, derivado de un proceso paulatino de descomposición del orden mundial al que estábamos acostumbrados, no necesariamente el mejor, prevaleciente durante la Guerra Fría, donde la economía, la política, la ideología funcionaban a partir de dos potencias y dos ideologías encontradas: URSS vs EUA; comunismo vs capitalismo.
Este enfrentamiento permanente en el imaginario social impactaba directamente en la manera de habitar el mundo de posguerra, provocando que el resto de los países se alinearan con una u otra fuerza, a veces de forma tímida, otras de manera evidente, encontrando así una manera de organizar el orden mundial que prevaleció durante más de cuatro décadas, donde el conflicto consistía en el miedo recurrente de saber que en cualquier momento podría darse una guerra nuclear, causante de la posible desaparición de la especie humana, entre las potencias que controlaban la narrativa del vencendor-vencido mediante películas de ciencia ficción.
Es con la caída del muro de Berlín en 1989, la Perestroika (1980-1991) y la desaparición de la Unión Soviética en 1991, fenómenos que dieron paso a una globalización de fronteras abiertas en prácticamente todas las economías, cuando el contrato social empieza a cambiar radicalmente, tanto que todavía no terminamos de asimilar ni los daños colaterales ni tampoco podemos vislumbrar escenarios más favorables para las sociedades, las economías, la ecología, que contribuyan a mitigar la pobreza, la explotación de recursos naturales o a erradicar el crimen organizado, el último gran lastre de lo que llevamos de este siglo, que encontró en la impunidad la mejor manera de hacer negocios cobrándose a diestra y siniestra la vida de las personas, los campos de cultivo, el agua de las comunidades originarias; siempre coludido con los gobiernos estatales y federales e incluso con las empresas transnacionales y a veces también de la mano del derecho internacional.
La impunidad se impuso como una manera de hacer negocio, de hacer política, de hacer comunidad. Caminamos las calles de la ciudad y lo que encontramos es un exceso de impunidad. Observamos las elecciones recientes en el país y lo que observamos es impunidad. Pasan 10 años de la desaparición de los 43 y lo que observamos es impunidad. Desparecen y matan mujeres, defensores de la tierra y lo que observamos es impunidad. Se construyen megaproyectos sobre reservas federales protegidas que provocan ecocidios y lo que observamos es impunidad. Transitan personas migrantes o solicitantes de refugio por el país y lo que observamos es impunidad.
No es consuelo, hasta hace unos días sentía una gran frustración porque creía que la impunidad era exclusivamente de México, pero lo cierto es que estamos enfrentando otro orden mundial, el de la impunidad global. Quizá el mejor ejemplo es el hecho de que Israel puede atacar Palestina, Líbano, sin ninguna consecuencia, mucho menos por parte de algún organismo internacional. Recientemente vimos a Netanyahu hablando en la ONU, lo mismo que a Milei o a Bukele.
La impunidad es la nueva forma del derecho, no así de justicia. “La impunidad por el bien de todos” debería ser el lema del nuevo contrato social en el país y en el mundo. La justificación es clara: no importa que un grupo de personas se vean afectadas cuando la acción impune beneficie a la mayoría (sic!) o por lo menos me beneficie en primera persona. A diferencia de lo que pasaba con el anterior contrato social, la corrupción se ejercía desde el poder, ahora la impunidad es la base del funcionamiento social. ¿Será la ansiada democracia la nueva impunidad del contrato social en el orden mundial?
Apuntes de un texto por-venir sobre impunidad.