Pienso que a Claudia Sheinbaum Pardo (CSP), nuestra presidenta, se le acabó la ingenuidad con el baño de realidad que es el país, pero, sobre todo, con el conocimiento más a flor de piel de la condición humana. Quienes escribimos y pensamos en tono filosófico no podemos hacer a un lado ese pequeño gran detalle que mueve a la gente a tomar ciertas decisiones. Y México, en ese sentido, es un país complicado para trazar políticas públicas, de seguridad, sociales, económicas, etc., basadas en la idea de dar, de regalar, de asistir, de “paternalizar” a la ciudadanía.
Tenemos mucha historia a cuestas que no alude a una mejor condición política de la ciudadanía; por ello me refiero a una necesidad de exigir derechos para evitar cumplir con las obligaciones. Y, me imagino, que cuando debes balancear entre dar a la gente que vota por ti para asegurar la permanencia en el poder —porque, además, ideológicamente crees que es la mejor solución para sacar a millones de mexicanas de la probreza—, y poner orden al caos que ya de por sí se vive en el país desde hace varios sexenios, la mejor opción, después de un año de gobierno, termina siendo el autoritarismo. Especialmente cuando eres científica de izquierdas y muchas variables se descontrolan, sobre todo la variable de la condición humana.
El tono autoritario de CSP nos es nuevo; si vemos videos de ella durante las asambleas estudiantiles, apreciamos esa misma imagen sarcástica, autoritaria de las mañaneras. Un personaje que se gesta en la academia mexicana. Pero es bien distinto, me imagino, ser académica que ser presidenta. En la academia bien o mal aprendes a sobrellevar la condición humana de los y las colegas, pero cuando se trata de la población de un país entero, la cosa se complica. Especialmente cuando las ansias de poder y de enriquecimiento ilícito de tus propios colegas de partido no cesan frente a la inoperabilidad de las reformas propuestas para lograr esa supuesta transformación que tanto presumes. Una transformación ingenua, basada en una carga ideológica enorme y, científicamente, sin fundamentos. Una transformación que ya empezó a pasar factura a un año de su gobierno.
Empieza el 2026. Mi petición a los Reyes Magos es que iluminen a CSP, nuestra presidenta, para que tenga tantita decencia y pueda dar un giro en la manera de conducir el país, empezando por sus diputados y senadores. De otra forma, lo de menos es que pierda las elecciones de 2027; lo peor es la descomposición del tejido social; es decir, de su condición humana.