Mujer como marca registrada

El 16 de abril de 2025 la Corte Suprema del Reinó Unido dictaminó por unanimidad (una de las primeras sorpresas de este dictamen) que para la Ley británica la mujer es quien nace biológicamente con sexo femenino (una segunda sorpresa). Se entiende por sexo femenino al cuerpo humano que de nacimiento cuenta con genitales femeninos internos (aparato reproductor) y externos.

Esta reciente resolución me hace pensar en la discusión de mediados del siglo pasado cuando la teoría feminista se empezó a preguntar si la mujer nace o se hace, parafraseando a Simone de Beauvoir quien afirmaba que no se nace mujer, se llega a serlo. Abrir esta misma discusión en este primer cuarto del siglo XXI, cuando en diferentes países existe una contraofensiva conservadora y progresista (una tercera sorpresa) para recuperar el sistema sexo/genérico que indica que solo existen dos géneros, hombre y mujer, como ya lo dijo Trump, otro vocero de la negación de la diversidad sexual y el reconocimiento de derechos ganados de las mujeres y hombres trans, nos posiciona en un escenario bien distinto al de la lucha feminista de hace un siglo. Una lucha que actualmente se encuentra dividida entre quienes apoyan al colectivo de personas trans en general y quienes niegan la posibilidad de referirse a una mujer trans como mujer, pues carece precisamente de un aparato reproductor femenino.

Este semestre estoy impartiendo el seminario de Filosofía y Género en la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM, por lo que he seguido muy de cerca, no solo a nivel teórico, también mediático, la contraofensiva masculinista, feminista-antitrans de varios sectores de la población en el mundo, empezando con las declaraciones de Trump, contra las que rápidamente se posicionó Judith Butler, o los diferentes posicionamientos de mujeres que se niegan a competir en contiendas deportivas contra mujeres trans; así como a leer algunas novelas sobre mujeres trans (las de Camila Sosa o Esta cuerpa mía de Uri Blieir, por ejemplo), revisar distintas entrevistas a mujeres y hombres trans, y a seguir muy de cerca el fenómeno Wendy en México.

Imagen elaborada con la IA.

La conclusión a la que llego después de estos meses de estar preparando las sesiones del seminario, donde los propios estudiantes se preguntan qué es eso del género y cómo es posible que existan más de dos cuando siempre nos han dicho que solo son hombre y mujer, consiste en que, en analogía con lo que estamos viviendo a partir del diseño genético en manos de las farmacéuticas, que obviamente basan su capital político y económico en el capital humano (entiéndase propiedad intelectual y desarrollo de patentes, como lo vimos con la vacuna del Covid), la noción de mujer empieza a comercializarse como marca registrada en ciertos gobiernos denominados hasta hace poco democráticos y progresistas (como Estados Unidos o Reino Unido) para, por un lado, responder a las presiones de la población de mujeres que sienten negados ciertos derechos de frente a las otras identidades de género (las trans). Mientras que, por otro lado, y esto es lo que me parece más interesante, el capitalismo está transitando a comercializar el género; es decir, a ofertar, al estilo muy sui generis de lo que la serie Black Mirror nos propone, suscripciones para un estilo de vida de mujer biológica que cumple con ciertos estándares de comportamiento de cara al mercado y la política internacional que estén en sintonía con el establishment económico-político actual.

En lo personal, esta nueva etapa —si se puede llamar así, aunque ahora mismo que escribo esta entrada me imagino los comerciales de los años cincuenta del siglo pasado de los electrodomésticos en Estados Unidos—, me cautiva porque una cosa es no querer entender que la diferencia existente entre la identidad de género con respecto al sexo es muy clara —¿cómo me identifico como persona, independiente de mi genitales femeninos? o ¿dónde quedan, de cara a estas legislaciones, la personas intersexuales? y ¿qué repercusiones tienen estas iniciativas para los derechos ya ganados de, por ejemplo, la comunidad lesbiana-gay y la misma población trans?—, y otra es darle insumos al capitalismo que se trasforma con el algoritmo de lo que consumimos en las redes sociales y con lo que nos identificamos más allá del género. Un capitalismo, por lo tanto, también trans dado que constantemente transiciona y se sofistica para no perder terreno global. ¿El problema es entonces no ser mujer porque el Estado así lo indica o ser mujer cuando tienes para pagar la suscripción de una marca registrada perteneciente a la propiedad intelectual del algoritmo en cuestión?


Cómo citar: Rodríguez Ortiz, R. (18 abril, 2025). Mujer como marca registrada. Entrada en blog: https://roxanarodriguezortiz.com/2025/04/18/mujer-como-marca-registrada/

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