Aportes metodológicos de la filosofía para estudiar las fronteras

La pregunta que me hago para desarrollar esta investigación, dadas las complicaciones inherentes que trae consigo el estudio de los límites y las fronteras en el mundo contemporáneo, consiste en identificar ¿cómo proponer una metodología que nos permita dar con el sentido de los estudios fronterizos comparados? Dar cuenta de los métodos y metodología de investigación filosófica es un dilema, como se menciona en “Métodos y metodologías de la investigación filosófica” (Diez Fischer, 2021). Este texto parte de las preguntas que quizá en algún momento nos hemos hecho, antes de tener la certeza de que la metodología que proponemos es la adecuada:

¿Cuántos y cuáles son los métodos vigentes para filosofar con rigor y fundamento? ¿Hay una metodología más “adecuada” que otra para investigar en nuestra disciplina? ¿Bajo qué criterios debe elegirse una de ellas cuando encaramos un trabajo doctoral o asumimos la “carrera” de investigador? Incluso ¿por qué ciertas filosofías se identifican de tal forma con su método que parecen ser inseparables? (Diez Fischer, 2021: 1).

Otra realidad poco abordada es la íntima relación que existe entre la teoría literaria y la filosofía. Un puente que Derrida tejió en varios de sus textos y que recupera Markus Gabriel en Ficciones (2022). En este libro es posible observar cómo desde el nuevo realismo se están realizando metodologías de investigación que incorporan disciplinas pertenecientes a la teoría literaria, ya no solo la semiótica o el pragmatismo, también la narratología y la deconstrucción, para transitar de lo meramente lógico argumentativo a lo narrativo-ficcional.

Derrida representa una posición extremadamente realista, también en semántica y hermenéutica, y que por eso no coincide con la caricatura suya hecha por Habermas y Searle, cuya primera fuente de críticas se dirige de forma demostrable contra Derrida sin un conocimiento suficiente de sus textos. Searle y Habermas confunden su incomprensión de los textos de Derrida con la incomprensibilidad de los mismos, un procedimiento polémico y muy difundido que, sin embargo, no tiene lugar en este asunto. Si uno no entiende un texto, ¿cómo puede criticar a su autor por supuestos defectos y errores?  (Gabriel, 2022: 201)

Para ello propongo emplear la etimología, la fenomenología, la filología y la deconstrucción como parte de la metodología comparada de las fronteras desde la filosofía.

La etimología, en primer lugar, nos ayuda a identificar la diferencia, por ejemplo, entre el uso de frons, frontis o fines y limis o limitis. Una diferencia no menor en el tratamiento actual y el uso de las fronteras versus límites. Durante el Imperio romano, por ejemplo, frons indicaban el frente de una totalidad: la frontera designaba un área exterior de esa totalidad; mientras que limis o limitis se empleaban con una connotación meramente militar, una zona defensiva a lo largo de una frontera, donde “más allá de esta circunscripción se hallaba la eterna amenaza de los extranjeros o extraños o bárbaros. Éstos a su vez se sentían atraídos por esa franja habitable y cultivable que les abría el acceso a la condición cívica, civilizada, del habitante del imperio” (Trías, 1991: 15).

También la etimología nos sirve para diferenciar fines de finis, el fin de algo, la muerte o la frontera de la traducción, como dice Derrida sobre Séneca: “Nunca nos sorprendemos lo suficiente, dice Séneca, de una cierta «ceguera de la inteligencia humana» respecto de esas fronteras (fines) y de sus fines. ¿De qué fin (finis) se pretende hablar?” (Derrida, 1998: 18). E incluso para proponer otros conceptos del “pasar” como la transición que elabora Derrida entre el latín y el francés:

allí donde se ve la figura del paso no se doblega a la intuición, allí donde se ve comprometida la identidad o la indivisibilidad de una línea (finis o peras), la identidad consigo mismo y, por lo tanto, la posible identificación de una linde intangible, el pasar la línea se convierte en un problema. (Derrida, 1998: 29)

El problema del pasar en la oración “il y va d’un certain pas” [“(él) da un cierto paso”, donde pas también como negación denota un no-paso] se da cuando la “frontera de la traducción no pasa entre las lenguas; separa la traducción de sí misma, y la traducibilidad dentro de una sola y misma lengua” (Derrida, 1998: 27).

La fenomenología objetiva, por su parte, permite diferenciar entre frontera y límite cuando hablamos, por ejemplo, de la frontera que existe entre la vida y la muerte, la frontera como finitud, como el final de algo, de alguien, de una época, puesto que “el argumento fenomenológico tiene la virtud teórica de describir la falibilidad y el comportamiento de aprendizaje que va acompañado del concepto de percepción” (Gabriel, 2022: 317). Pensemos en la dialéctica hegeliana, específicamente la que está presente en las lecciones de estética y hace referencia a la muerte (o fin) del arte. Distinto a cuando nos referimos al límite de la razón, de la verdad, al límite como finalidad, como fin, como lo útil de un juicio estético kantiano.

La diferencia, en este caso, entre frontera y límite, transita entre una acepción metafísica-ontológica a otra teleológica-deontológica, donde “el limes es la metáfora idónea que expresa el lugar donde brota y a donde se orienta la reflexión que aquí se lleva a cabo. Aquí se afirma que el ser, eso que, desde Parménides a Aristóteles, o de Platón a Heidegger, se llama ser, es ese limes” (Trías, 1991: 17).

Limes se convierte en el “nexo de factitividad”. Un nexo que, desde mi perspectiva, configura el puente entre lo real y lo ficcional en el análisis de las fronteras[1], pues al momento de afirmar que “alguien percibe algo (por ejemplo, vea un vehículo) se sigue que hay algo que él percibe y que es así como lo percibe” (Gabriel, 2022: 331). El cómo lo percibe se refiere a las “propiedades [son] cualitativas en el plano de nuestra captación perceptual”, estas se convierten en “objetos específicos de los sentidos como color, forma, tono, gusto, etcétera” (Gabriel, 2022: 332). Objetos específicos como pueden serlo la frontera, el límite o la aporía[2].

La filología es indispensable para evidenciar el impasse de la frontera: El paso (pas) entre el ser-no-ser, de una lengua a otra, ya sea del griego al latín o, en nuestro caso, del español al inglés y viceversa. Especialmente cuando frontera se puede traducir al inglés como frontier, border o boundary, como sucedió en varios momentos del siglo XIX. Por ejemplo, Frederick Jackson Turner empleaba el uso del concepto “frontera” (frontier) con una intención diferente a la que habían utilizado los geógrafos científicos (frontera natural, frontera artificial). Turner justificaba la existencia de la frontera como un fenómeno que explicita las diferencias culturales entre Europa y el Nuevo Mundo (Estados Unidos): “the frontier is the outer Edge of the wave —the meeting point between savagery and civilization” [La frontera es el borde exterior de la ola, el punto de encuentro entre el salvajismo y la civilización] (Turner, 1893: 2). La filología es el puente entre el meeting point (punto de encuentro) y el melting pot (confluencia de culturas): una transición indispensable en la literatura académica y ficcional del siglo XX.

En la filología intervienen distintas disciplinas y escuelas de pensamiento en sus muy diversas acepciones, representaciones, traducciones e interpretaciones. Su influencia se observa en la escritura, en lo temporal, en la diégesis de referencia, en la aproximación metodológica e incluso en el marco teórico que utilizan los y las investigadoras para dar cuenta de la frontera. Otro ejemplo del uso de la filología es el que se observa en la literatura chicana y del norte de México, específicamente en el uso del spanglish que no traduce, pero sí interpreta la experiencia estética y ontológica del habitar la frontera.

El spanglish ha revolucionado la escritura de un grupo minoritario asentado en la franja fronteriza de dos países que ha sido sometido durante mucho tiempo y ha encontrado una vía de representación en el lenguaje que ellos mismos configuran para expresar lo inexpresable en cualquiera de los dos idiomas que los constituyen e identifican como mexicoamericanos o chicanos. En este sentido, la conjunción de estas dos lenguas implica, más que anexar “extranjerismos” a su léxico, incorporar alusiones simbólicas de referentes míticos, sentimentales, ideológicos y espaciales.

La deconstrucción como una experiencia de lo imposible, como lo es propiamente el pensamiento derridiano, transgrede la manera no solo de hacer filosofía, también abre la puerta a la filosofía para abordar, desde otras disciplinas, ciertos conceptos que parecían inamovibles, como el concepto de frontera:

Si decimos de esta frontera —en el sentido estricto o corriente— que es antropológica, lo hacemos por hacerle una concesión al dogma dominante según el cual sólo el hombre posee semejantes fronteras, y no el animal del que se piensa normalmente que, aunque tiene territorios, su territorialización (en las pulsiones de la (de)predación, del sexo o de la migración regular, etc.) no podría estar rodeada de lo que el hombre denomina fronteras. No hay nada fortuito en ello, el mismo gesto le niega aquí al animal lo que le otorga al hombre: la muerte, el habla, el mundo como tal, la ley y la frontera. (Derrida, 1998: 72-73)

La deconstrucción, aunque el propio Jacques Derrida siempre negó que la deconstrucción fuera una metodología[3], permite proponer una epistemología fronteriza. Para ello resulta indispensable diferir, diseminar, invertir el sentido de la diferencia para desplazar el logos, la palabra, la verdad, la propia filosofía más allá de sus límites, de los límites de la razón, de la verdad, de la escritura, reconociendo así que la deconstrucción “no se contenta con procedimientos metódicos” por lo que “su escritura no es solamente performativa, produce reglas con otras convenciones —para nuevas performatividades— y no se instala jamás en la seguridad teórica de una oposición simple entre un performativo y un constantativo”. La deconstrucción, por tanto, dice Derrida, consiste en “reinventar el advenir” (Derrida, 2017: 38).

Reinventar, inventar, descubrir lo que está por venir en las fronteras geopolíticas permite abstraer si el uso que le estamos dando a la frontera es el de una línea imaginaria, cultural, artificial, como lo es propiamente la frontera del Estado-nación que impide el paso de las personas, no así de las mercancías. O si la acepción de la línea es aquella que cruzamos para llegar a otro estadio, quizá al Hades, al Mictlán; quizá un transitar entre los bardos budistas o los círculos dantescos: “La frontera designa, de forma casi estricta si no propia, esa linde espaciadora que, en una historia, y de forma no natural sino artificial y convencional, nómica, separa dos espacios nacionales, estatales, lingüísticos, culturales” (Derrida, 1998: 72-73).

La frontera como línea hace alusión a la metáfora de las puertas kafkianas de quien espera ante la ley. Una la línea negra y gruesa, tipográficamente expuesta en Instrucciones para cruzar la frontera, del escritor tijuanense Luis Humberto Crosthwaite. Instrucciones que preparan a los sujetos que habitan en la Línea (los sujetos transfronterizos) para que puedan contestar adecuadamente las preguntas que les hará la border patrol antes de ingresar al país vecino. Un giro interesante en la acción dramática si lo comparamos con el hombre de campo de Kafka que se muere esperando ante la puerta de la ley.

Al enfrentarte a uno de estos guardianes (Aduana o Migra), debes llevar el pasaporte en mano y la mente en blanco. Lo más apropiado es estar convencido de que ellos son seres omnipotentes, deidades, césares caprichosos de arrojarte de su imperio. Lo mejor es entregarte a sus designios, por más absurdos que éstos te parezcan. (Crosthwaite, 2002: 11)


[1] Propongo una investigación titulada “filosofía orientada a la frontera: el «entre» de lo real y lo ficcional” para ahondar en el papel que tienen los objetos (muro, valla, alambrado, puente, río, desierto, mar) en la conformación de las narrativas fronterizas contemporáneas. Libro en prensa.

[2] Elaboro un análisis más puntual sobre la aporía en el texto “La frontera: aporía de la experiencia de no-pasar”: “Afirmar que la frontera es la experiencia de no pasar nos lleva a proponer la necesidad de erradicarla, ya no solo transgredirla. ¿Se puede erradicar la frontera? No, este límite, como categoría de análisis y con diferentes manifestaciones de existir y ser representado, se puede transformar, moldear, invisibilizar, incluso proponer teoría a partir de él. Por tanto, también se puede afirmar que la frontera es una aporía, como lo desarrollo en este texto. Para ello propongo una epistemología orientada al tema que pretende, por un lado, diferenciar los estudios fronterizos de los estudios migratorios y, por otro, presentar el modelo epistemológico como un insumo más para realizar estudios críticos” (Rodriguez Ortiz, 2024: 72).

[3] En ninguno de sus textos aparece como tal una serie de pasos para aplicarla, aunque sabemos que “se practica con arreglo a dos estilos injertados uno en el otro por aquélla. Uno tiene el aire demostrativo y aparentemente no-histórico de las paradojas lógico-formales. El otro, más histórico o amnésico, parece proceder mediante lecturas de textos, interpretaciones minuciosas y genealogías” [cursivas mías] (Derrida, 2010: 49).


Ciclo de Conferencias “Fronteras, movilidad poblacional y localidades” Marco del Grupo MIPREs (Migraciones, Políticas y Resistencias) del Instituto Gino Germani-UBA, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el CESur.

Para citar:

Rodríguez Ortiz, R. (22 mayo 2025). Aportes metodológicos de la filosofía para estudiar las fronteras roxanarodriguezortiz https://roxanarodriguezortiz.com/2025/05/22/aportes-metodologicos-de-la-filosofia-para-estudiar-las-fronteras/

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