Durante las dos semanas anteriores estuve presentando avances de investigaciones diversas en París y Barcelona (actualmente existen muchos frentes abiertos de cara a la fronterización de la seguridad en Estados Unidos y otras latitudes del mundo) , al tiempo que seguía cómo se iban gestando las protestas en Los Ángeles, California. Tanto en las redes sociales, como en los periódicos observaba escenas distópicas de películas donde sujetos encapuchados, encima de automóviles quemados, ondeaban la bandera mexicana. En un primer momento pensé que era la imagen de una película que acaban de estrenar con el argumento de “los mexicoamericanos recuperan parte del territorio que les fue quitado en el siglo XIX”.
Conforme fui leyendo los blogs de ciertos analistas estadounidenses para tratar de entender un poco más de lo que se estaba moviendo en el imaginario colectivo de quienes seguíamos día a día las manifestaciones, las protestas iban en aumento. El descontento y desconcierto movilizaba a la gente a salir a las calles para defender la dignidad de quienes injustamente estaban siendo deportadas en caliente; es decir, sin ningún cuestionamiento sobre su situación migratoria en Estados Unidos.
La respuesta de Trump tampoco se hizo esperar y envió más elementos de la Guardia Nacional y del ejército para amedrentar a los manifestantes. Las manifestaciones han seguido desde el 6 de junio, se han sumado más ciudades y la tensión es evidente entre un Trump empoderado frente a una sociedad igualmente sabedora de sus agenciamientos políticos. Me refiero específicamente a la comunidad mexicoamericana que ha luchado por ganarse no solo un lugar, también una voz, en la sociedad estadounidense.
¿Cómo leer las protestas en Los Ángeles? La última presentación en Barcelona la hice el 12 de junio y la lectura que les proponía era la siguiente: estas manifestaciones pueden tener dos interpretaciones. La primera y la más evidente consiste en que terminen muy mal; es decir, que la Guardia Nacional y el ejército repriman a todos los manifestantes y que el miedo, ya no solo a la deportación, un miedo que desafortunadamente se ha vuelto realidad, sino a perder la vida, como ya sucedió este fin de semana, paralice a quienes protestan y dejen de salir a las calles. Con ello, Trump sería el gran “triunfador”, pues con el cese de estas le colgaría una estrella más del Make America Great Again (MAGA).
La segunda interpretación, y a la quizá me aferro, consiste en traer al presente la lucha chicana y mexicoamericana del siglo pasado (algo sobre lo que tengo escrito varios textos). Una lucha en diferentes niveles de interpretación semántica, que no es exclusiva del lenguaje, sino también del agenciamiento político de quienes han construido la segunda ciudad donde viven más mexicanos después de la Ciudad de México. Si bien es cierto que el presente siglo se lee como el siglo del regreso del autoritarismo cínico, también es cierto que las poblaciones hemos aprendido a, como diría Zapata, morir de pie que a vivir de rodillas, especialmente, y esto lo digo con mucho desasosiego, las personas migrantes que recorren miles de kilómetros para sobrevivir de las violencias económicas, políticas, de género, de las que huyen en sus países de origen.
La moneda está en el aire, no quiero pecar de optimista, pero prefiero creer, como Gramsci, en el optimismo de la voluntad, en la voluntad de las multitudes para salir a las calles como la que observamos actualmente en el mundo. Ya sea para protestar en contra de crímenes de lesa humanidad como los que está cometiendo Israel en Gaza o los que comete Trump contra la población migrante.