¿Es posible pensar la frontera México-Estados Unidos en función de sus narrativas? ¿Es posible pensar que las relaciones fronterizas pueden ser y darse de forma diferente a como se han dado, dejando fuera concepciones como “relaciones transnacionales”, “metrópolis transfronterizas” o “espacio binacional”, que inhiben el desarrollo regional pues no toman en consideración ambos lados de la frontera ni los procesos de conformación y transformación identitaria, cultural y artística en que incurre cada comunidad? ¿Es posible ceñir la literatura fronteriza a un fenómeno regional o a una problemática particular?
Desde mi perspectiva considero que es posible deconstruir el concepto frontera para plantear diferentes enfoques epistemológicos-narrativos de la frontera México-Estados Unidos en/desde sus propios procesos de conformación cultural, identitaria y de representación —y no sólo de sus relaciones comerciales o de su conformación urbana—, desde diferentes niveles de aproximación teórica, como pueden ser la teoría literaria, la literatura comparada y la filosofía de la cultura, puesto que, con base en ellas, es posible hablar de la estética formal de la narrativa de fronteras para establecer los puentes entre la realidad fronteriza y los imaginarios sociales con la intención de promover prácticas culturales heterogéneas, en lugar de darle continuidad a un discurso monocultural. Deconstruir dicha articulación dominante supone cuestionar los procesos a partir de los cuales se establecen ciertas prácticas argumentativas que privilegian un determinado orden simbólico alienante que se traduce en un deber ser más que un ser en-sí-mismo.
En función de lo anterior he dividido el presente texto en dos apartados: el primero se refiere al resultado que obtuve comparando ambas narrativas; mientras que el segundo consiste en identificar las características mencionadas en el primer punto en las narrativas de dos escritoras, Sandra Cisneros y Rosario Sanmiguel, una de cada lado de la frontera México-Estados Unidos.
Tender puentes entre la literatura chicana y la literatura fronteriza
El presente texto intenta resumir las similitudes y diferencias entre la literatura chicana y la literatura fronteriza con la intención de tender puentes entre ambas a partir de identificar sus características y tomando en consideración la representación de los sujetos que habitan la frontera, ya sea como un producto de un discurso dominante o como el resultado de la transgresión fronteriza. Es decir, no podemos hablar de literatura fronteriza “border literature” en general, es necesario identificar si nos referimos a la literatura del sur de Estados Unidos (literatura chicana) o a la literatura del norte de México (literatura fronteriza). Para eso se deben analizar cada una por separado y después afirmar que la literatura chicana es producto de un discurso dominante; mientras que la literatura fronteriza es resultado de la transgresión fronteriza.
Para llegar a esta conclusión tomé en consideración las siguientes variables para analizar la escritura chicana: aquéllas que se relacionan con la construcción del sujeto chicano y con los procesos psicosociales y lingüísticos que repercuten en la forma como se representan ante el otro. Una representación que incluso llega a ser teatral, pues el sujeto chicano tiene la particularidad de ser concebido a través del insulto, la violencia, la opresión y la dominación cultural.[2] Mientras que el sujeto transfronterizo —el sujeto que habita el norte de México y constantemente transita entre uno y otro país, ya sea para trabajar, estudiar, ir de compras, entre otras actividades— no incurre en procesos de formación identitaria tan complejos, por lo que las variables a analizar en la escritura fronteriza se refieren principalmente al fenómeno urbano, las características del espacio liminal, la reconfiguración social de la mujer y la materialidad de su cuerpo como agente activo de la economía.
La literatura chicana de los estados fronterizos de Estados Unidos se conoce como border literature o border writting, según afirma Tabuenca (1997) “debido a que la mayoría de las veces se refiere más a conceptos que a una región geográica”. (p. 87). Es una literatura producida, principalmente, por escritores/as chicanos/as, que ha provocado cambios sustanciales en la articulación social de sus comunidades dentro de la sociedad estadounidense, gracias a un esfuerzo por preservar sus orígenes, a una necesidad por denunciar las actitudes xenófobas de las que son víctimas, y para forjar un espacio de igualdad y de respeto dentro de su comunidad. Por su parte, la literatura de la frontera surge y se consolida en los años setenta, sobre todo en las ciudades fronterizas más importantes —Tijuana, Mexicali y Ciudad Juárez—. La escritura fronteriza participa en la conformación cultural del norte y da fe del desarrollo histórico de la zona, de ahí que exista una relación directa entre lo que el artista genera y la región donde vive —no necesariamente tiene que ser la región donde nació—. En este sentido, el/la escritor/a reinventa cada espacio y momento de la vida regional y “privilegia la recreación de la cotidianidad, sin caer en el costumbrismo provinciano de épocas pasadas” (Tabuenca, 2003 p. 414), mediante la figuración de sus experiencias diarias y de la forma en cómo las manifiesta e interpreta.
No es casualidad que la escritura chicana esté cimentada en el espacio ideológico, pues en éste es posible construir identidades que poco a poco, ya sea por usos y costumbres, van haciendo suyas los/las chicanos/as. La performatividad de estas identidades sistemáticamente recurre al uso de los recuerdos, los lugares míticos, las tradiciones y costumbres heredadas de su mexicanidad para enarbolar un discurso ideológico que haga patente su presencia como comunidad minoritaria al interior de la sociedad estadounidense. Por el contrario, si bien es cierto que los estados fronterizos también son parte de las minorías por el excesivo centralismo que nos aqueja, el espacio de escritura que sus artistas enarbolan es el urbano, pues en éste construyen las denuncias para evidenciar el inusitado desarrollo económico de la frontera norte de México —y las consecuencias que éste trae consigo—; en este caso la performatividad de su discurso no se complace en evocar un paraíso perdido, sino en hacer patente las condiciones de vida infrahumanas en las que se encuentran gran cantidad de personas que emigran de sus lugares de orígenes en búsqueda del “sueño americano”, pero se quedan en la frontera para trabajar en las maquiladoras o en los bares, prostíbulos, restaurantes, entre otros lugares de paso.


De esta manera, obviar evita acercarnos a las diferentes manifestaciones artísticas que se desarrollan a lo largo y ancho de cualquier frontera, no necesariamente de la frontera México-Estados Unidos, por eso es un error tratar de meter en un cajón de sastre las posturas disímiles que existen entre sujetos colindantes, en tanto no todos tienen las mismas necesidades. Las diferencias entre la escritura chicana y la escritura fronteriza son considerables, ya que no solamente se refieren a la forma de acercarse a la literatura, sus objetivos y sus alcances, sino a la cosmología de cada escritor/a. En ningún momento el propósito de esta investigación ha sido “calificar” el trabajo literario de la literatura fronteriza en general, sino de deconstruir por separado tanto la escritura chicana como la escritura fronteriza para encontrar las características que las hacen únicas, como son el espacio de escritura, el estilo narrativo o la caracterización de sus personajes.
Los/las escritores/as chicanos/as enarbolan un discurso ideológico con el que intentan hacerse escuchar y, algunos de ellos/as, tender puentes entre culturas con la intención de no perder los lazos costumbristas de su herencia mexicana y todas las voces que papalotean en sus historias a manera de recuerdos repletos de imágenes policromas. Mientras que los/las escritores/as fronterizos/as hacen de la denuncia una forma de discurso, en la mayoría de los casos, irónico, con el afán de enfatizar el estado de ingobernabilidad en el que se encuentra la frontera, y con la intención de construir una propia cultura que se distancie del centro del país. De tal suerte, los/las escritores/as fronterizos/as empiezan a hacerse de una voz en el centro del país que remite a una mirada diferente en la forma de abordar la frontera; ya no es lugar inhóspito donde los narcos asesinan a saco, es un lugar de una riqueza inigualable, donde sólo aquél que con tiento se detiene a observar su espectáculo es capaz de representarlo, no sólo con la literatura, también con la pintura y otras expresiones artísticas.
En el aspecto estilístico, tanto los textos de los/las escritores/as chicanos/as como fronterizos/as, están plagados de elementos retóricos que hacen plausible la sensación de interactuar con las texturas, colores, sabores e imágenes que impregnan cada una de sus obras. La diferencia radica en la forma de abordarlos: los chicanos, por su parte, hacen acopio de las teorías de la crítica contemporánea, como la teoría feminista, los estudios poscoloniales, el discurso de las minorías o la queer theory, para sustentar la representación de su discurso y para hacer más evidente la significación simbólica de su postura política en el interior de la academia y del sistema literario estadounidense. Es decir, si bien es cierto que los/as escritores/as chicanos/as viven al margen de su propia identidad, pues han encontrado en la indefinición cierta complacencia exterior, también lo es el hecho que esa falta de identidad es sólo el recurso retórico del que se valen para enarbolar un discurso propio, cargado de elementos simbólicos que entreabren la puerta a su mexicanidad, disfrazada de costumbrismo, a partir de la cual construyen un espacio de escritura ideológico. Esto provoca que los/las escritores/as chicanos/as, aunque buscan en sus orígenes mexicanos la identidad que le dé sentido a sus tradiciones o a la lengua materna que poco a poco han ido olvidando, no logran la fluidez de los/las escritores/as fronterizos/as porque están más preocupados/as por construir un discurso antiracial o feminista que no les permite consolidar un estilo único.
Por otro lado, los/las escritores/as fronterizos/as, al vivir en ciudades construidas al vapor, recrean las arbitrariedades a las que cotidianamente se exponen, consolidando un discurso irónico que trasciende las fronteras de la realidad mexicana. Aunque, si bien es cierto que también es notable cierta inluencia de la teoría crítica contemporánea, especialmente de los estudios de género, ésta no afecta la contundencia interpretativa porque sólo representa una postura personal del escritor/a y no un movimiento social de una comunidad minoritaria. Quizá el talón de Aquiles más evidente de la escritura fronteriza recae en la inmersión posmoderna de su estilo, pues en el intento de resquebrajar las fronteras, incluso las de género literario, el/la escritor/a lleva por caminos inusitados al lector donde él/ella mismo/a se pierde en la intersección de los diálogos o en la yuxtaposición de acciones que conforman la narración, por lo que la ruta inicial queda débilmente transgredida, provocando la ausencia de sentido en el empleo de ciertas fórmulas retóricas, incluso, tipográicas.
Con respecto al peril psicológico de los personajes, los/las escritores/as chicanos/as son exageradamente meticulosos debido a la necesidad de construirse como sujetos con voz y voto dentro de una sociedad que desde siempre los ha insultado y los ha explotado. Esto conlleva, por un lado, a recuperar constantemente los orígenes indígenas mexicanos, e incluso ciertos mitos y tradiciones, que no necesariamente son suyos, pero han aprendido a insertarlos en su idiosincrasia para erigirse como una comunidad análoga dentro de la sociedad estadounidense. Por otro lado, a enriquecer su cultura mediante la creación de una nueva lengua, como sería el spanglish, que les permite identificarse con una lengua propia de su lucha política. Una lengua que también enarbolan los/las escritores/as fronterizos/as con la intención de subvertir su propia creación, pero cuya intención no es más que el relejo de los usos y costumbres de los sujetos transfronterizos que a diario transitan entre dos idiomas.
La caracterización de estos personajes también está perfectamente trazada por los/las escritores/ as fronterizos/as, quienes no se complacen en construir perfiles arquetípicos, sino en representar una cultura posmoderna que está al margen de lo políticamente correcto y cuya presencia en el sistema literario se instala como posnacional, precisamente por el distanciamiento costumbrista y cultural que impera en sus textos. En este sentido, el espacio urbano no sólo es la escenografía de los relatos en muchos de los cuentos, incluso en los poemas de Caballero, también es un personaje más que interviene en la recreación figurativa de este espacio-tiempo posmoderno en el que están inmersos los/las escritores/ as fronterizos/as.
En definitiva, es insostenible hablar de literatura fronteriza en general. Es necesario enfatizar la labor que se hace desde cada lado de la trinchera tomando en consideración diferentes variables para el análisis literario que privilegien las circunstancias históricas, sociales y culturales de quien realiza la selección, porque, como se ha visto hasta ahora, son dos literaturas colindantes que comparten ciertos rasgos —el idioma, los lugares, las tradiciones—, pero que difieren en la posición política, cultural, identitaria y estilística desde la que los/las escritores/as construyen sus textos.
En este sentido, la importancia de elaborar una investigación de este tipo radica en hacer plausibles las oposiciones estilísticas entre la escritura chicana y la escritura fronteriza, pues como se dijo al principio de este trabajo, el análisis comparativo es producto de una problemática en particular que consiste en cuestionar ciertas prácticas colonizadoras que anulan las expresiones artísticas e ideológicas de las comunidades minoritarias. Situación que abre el debate a nuevas formas de abordar las fronteras, y la concepción que se tiene de ellas en otras latitudes, con la intención de estudiar los complejos procesos de reconfiguración social, de identidad y representación del imaginario social en los que incurren actualmente los sujetos que habitan la frontera; así como las problemáticas migratorias que aquejan a un gran número de países que no han sabido resarcir las prácticas dominantes al interior de sus comunidades porque siguen privilegiando la sistematicidad del estado-nación, de la identidad individual y nacional, en lugar de hacerse responsables del compromiso que tienen para instaurar mecanismos políticos, económicos, sociales y educativos que privilegien las relaciones interculturales, donde las diferencias no exacerben la exclusión, sino que enriquezcan y retroalimenten la comunión.
Texto completo:
Citar cómo:
Rodríguez. R. “Tender puentes entre narrativas: análisis comparativo entre la literatura chicana y la literatura fronteriza”, en Pensares y quehaceres. Número 1, novisima época, primavera, Enero 2015, pp. 161-176.