El deterioro de México como país y sociedad es tangible a casi cuarenta años de la entrada en vigor del neoliberalismo. Lo que fue la promesa de la modernidad en un país que era moderno para los dos siglos que tenía de ser independiente se vino abajo con un sistema económico que desestabilizó lo que se había logrado: una economía basada en lo familiar y en las paraestatales (Ferrocarriles de México, Telmex, bancos, entre otros) que hacían del sello Hecho en México un referente de calidad y en muchas ocasiones también de monopolio, pero que lograba sostener una base de seguridad social necesaria para cualquier sociedad capitalista del siglo XX.
Con el neoliberalismo se vendió lo que se pudo de las paraestatales y se dejó a la mano invisible el mercado interno que empezó a competir con empresas internacionales cuyos procesos de producción eran más ágiles y de menor costo gracias a que el Estado mexicano cambió su papel de regulador a casi socio de estas empresas provocando una mayor explotación y precarización de la mano de obra y favoreciéndolas con descuentos fiscales para atraer “más inversión”. Frente a este escenario las empresas familiares no pudieron ni supieron cómo competir, muchas quebraron en poco tiempo y otras empezaron a deslocalizar también sus negocios en la cadena productiva y de la mano de la corrupción: tener más utilidad a un menor costo, pues es preferible comprar a un gobernante que pagar mejor a sus empleados.
Los primeros años fueron de bonanza y crecimiento (revisar la entrada de México en la OCDE en 1994), pero todo eso que se “ganó” con la venta de paraestatales, principalmente, no se invirtió ni en educación ni en otras formas de gobierno. Compramos la idea de ser un país democrático porque las elecciones empezaron a ser plurales o, por lo menos, en la boleta así parecía, pero la ciudadanía siguió sin participar en las contiendas, ya fuera por ignorancia, por inercia o por que convenía estar del lado del partido en el poder.
Casi cuarenta años han pasado de este modelo neoliberal y lo que en 1994 parecía ya viejo, el partido en el poder, la sociedad, la educación, la ausencia de un proyecto de país ahora es obsoleto. Si después de setenta años que el PRI estuvo en el poder nos seguimos burlando (la burla como desilusión del cambio) cada que empieza una contienda electoral, empleando la analogía del cuento de Monterroso —”y cuando desperté, el dinosaurio seguía ahí”—, el chiste, junto con el país, ya es obsoleto.
En 2025, con Morena, sus gobernantes, diputados y senadores; la corrupción, el nepotismo, la omisión, la inseguridad, la economía informal (que es superior a la formal), la gentrificación, la desigualdad, los feminicidios, el racismo y el clasicismo; así como la ausencia de un ciudadanía que vele por sus derechos ganados y de una oposición que se respete a sí misma, ¿se puede revertir la obsolescencia de México? Sí, cuando se restaure el estado derecho. Sin embargo, mientras la ciudadanía no se haga cargo de exigir la restitución de ello y se siga beneficiando de la impunidad será prácticamente imposible que eso suceda.