Ayer se disputó la final de la Eurocopa Femenina en Suiza con el triunfo de la selección inglesa, mejor cocidas como Lionesses, sobre las españolas. La Eurocopa Femenina 2025 rompió con todos los récord de asistencia. Más de 650 000 personas estuvieron pendientes de 31 partidos (29 con entradas agotadas). Una final de casi tres horas de partido. Una celebración de las mujeres que levantaron la copa, como de quienes desde la televisión festejamos el reconocimiento y la visibilidad de las jugadoras que han hecho suyo un deporte que deja muchas utilidades para quienes saben hacer las cosas con compromiso social. La celebración de ayer era una deuda pendiente: nivelar la desigualdad mediática que ha existido desde siempre entre hombres y mujeres.
Mi gusto por el futbol no es de ahora, seguí muy de cerca los pichichis de Hugo Sánchez en la década de los años 1980, mientras jugaba en el Real Madrid. Fui a la final de América-Pumas en el estadio CU de 1991, donde el “Tuca” Ferreti marcó la diferencia para el equipo anfitrión. En diferentes momentos me integré a equipos de futbol mientras fui adolescente, con poco éxito y pocas expectativas. Lo de la profesionalización de las mujeres en un deporte de hombres no pasaba por mi cabeza, menos en un país como México donde el futbol sigue cooptado por las decisión de unos cuantos hombres ricos-empresarios-dueños de los clubes que solo ven en el deporte un negocio y no la posibilidad de un cambio social necesario para América Latina.
Siempre las comparaciones son malísimas pero en esta ocasión no me dejan de otra porque solo así se entiende, también, mucho de las sociedades contemporáneas. Las recientes declaraciones de un jugador de las Chivas —el Chicharito— es un ejemplo de cómo las sociedades de un lado y del otro del Atlántico van en sentido contrario. Mientras en México un hombre, jugador de futbol, puede hacer declaraciones penosísimas sobre las mujeres a micrófono abierto, desestimando las posibilidades reales de nuestra profesionalización en cualquier ámbito, incluyendo el deporte, en Suiza, los estadios de futbol llenaron su capacidad.
Desafortunadamente esa balanza no se mueve de este lado del Atlántico, en México están vacíos los estadios cuando juegan las mujeres. Los dueños de los equipos de futbol no invierten en sus jugadoras ni en el marketing necesario para llenarlos y por ello tampoco les pagan lo mismo que a los hombres. Parece que les hacen un favor al dejarlas jugar, pero no solo eso, también son los dueños de los equipos quienes solapan a sus jugadores. Pueden y hacen lo que quieran. Ejemplos nos sobran. Un Cuauhtémoc Blanco que termina con fuero como diputado protegido por las mismas mujeres del congreso. O un Chicharito haciendo mofa de sus masculinidad frágil en la que se espejean muchos de los hombres mexicanos que no han sabido estar a la altura del cambio que nosotras, con nuestras propios recursos, estamos proponiendo, porque ni los gobiernos ni las empresas, mucho menos las universidades, nos lo han dejado fácil.
Hoy el escenario se ve y se vive distinto en el futbol femenino, por lo menos en el otro lado del Atlántico, y eso es motivo de esperanza. Ayer una de las futbolistas inglesas decía en la rueda de prensa: no se puede jugar pensando en que vas a perder porque eso te impide disfrutar el partido aunque lo ganes. Me hizo mucho sentido. Las desigualdades sociales se viven en la posibilidad real que tienes para disfrutar, una posibilidad que en México se ha convertido en un bien de lujo para muchos y muchas.
