ensayista, literata y filósofa

1969-1994: El neoliberalismo económico recrea la narrativa

Las obras posmodernas continuaron con su aparición en escena durante los ochenta y noventa ya no como metaficciones, lo que las hace navegar entre moderno y posmoderno, a veces entendiendo esto último como una expresión radical de ser moderno. Los temas suelen tener también un origen historiográfico; el juego de lenguaje continúa siendo experimental, en el sentido de generar una ruptura con lo moderno y los personajes son seres agobiados por su incierta existencia y por su falta de identidad. No obstante, las obras de esta época son menos experimentales y más accesibles, aunque nunca pierden el valor de verdad que arrastra la carga ideológica y política de los autores, quienes hablan de los sucesos impunes que no puede callar. Durante estos años algunos escritores se mantienen en escena (como Elizondo, Agustín, Sáinz y Fuentes), mientras aparecen otros como Federico Patán, Luis Arturo Ramos, Sergio Pitol, Angelina Muñiz-Huberman, Ignacio Solares y Carmen Boullosa, por citar algunos.

Fuentes es el autor más prolífico de sus contemporáneos y, tan sólo en esta etapa escribe cinco novelas: Cumpleaños (1969), Terra nostra (1975), Una familia lejana (1980), Gringo viejo (1985) y Cristóbal Nonato (1987). De estas sólo haré alusión a dos: Terra nostra y Cristóbal Nonato, puesto que contienen los elementos posmodernos más representativos de la época, que se legarán a los escritores de la siguiente “camada”. En Terra nostra, lo posmoderno se construye sobre un modelo neoclásico del mundo empírico de la España del siglo XVI, donde Fuentes incluye a Pierre Menard, narrador del cuento de Borges, como personaje. Es así como el autor juega con los tiempos y el espacio, a la vez que retoma personajes de otros autores, para darles vida en su novela; no se olvida de su historia, simplemente la reinventa para erigir una arquitectura posmoderna que, en este caso, es igualmente borgiana.

Aparecida años más tarde, la novela Cristóbal Nonato, es una de las ficciones más innovadoras de la posmodernidad mexicana. Sus afinidades con Cambio de piel y Terra nostra son obvias. Aquí se plantea igualmente el retorno a los orígenes pero desde otra perspectiva porque Cristóbal narra la historia, de manera premonitoria, desde el vientre de su madre. Es por esto que, según Williams, “la novela Fuentes imagina un México del futuro, un México pos-posmoderno que ha banalizado no sólo sus mitos nacionales y sus instituciones, sino también su real identidad” (Williams, 2002: 55).

Fuentes experimenta con el lenguaje, el vacío, el espacio y el tiempo; los personajes son múltiples, sus identidades fracturadas y variables. La ficción de su obra se confunde con la realidad existente, aunque sus textos son menos políticos y reaccionarios que aquellos modernos como La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. No sólo rompe con el devenir de la historia sino que en muchos casos sus obras carecen de ella, como en Cristóbal Nonato donde no hay antes en un embarazo; este ahistoricismo no coincide con Fuentes autor porque, antes bien, siempre está tomando elementos de sus antecesores y, en muchos casos, de los clásicos de la literatura.

Siguiendo con la literatura de la Onda, me detendré en la novela Se está haciendo tarde (final en laguna) (1973), de José Agustín, que refleja la juventud clase mediera mexicana consumidora de droga, sexo y rock (influencia americana). Ésta no es una obra totalizadora ni pretende ser una metaficción, como tampoco lo fueron las que se escribieron el al década de los años ochenta y noventa. En Último exilio (1986) de Federico Patán, su protagonista vive, como su nombre lo indica, en un exilio interior entre la realidad y la fantasía. Dulcinea encantada de Angelina Muñiz-Huberman, es una metaficción donde el protagonista también transita entre los límites de la ficción y la realidad empírica, y su identidad fragmentada hace alusión a diversos escritores como Cervantes, Virginia Woolf, Joseph Conrad, entre otros. En general, las obras de los años setenta y ochenta se caracterizan por ser menos experimentales, menos innovadoras, y por retomar aspectos modernos como los narradores múltiples, la ambigüedad, la fragmentación, entre otros, aunque algunos autores, como Pacheco, desarrollan narrativas que involucran al lector de manera activa, lo hace partícipe de la trama, característica de la narrativa posmoderna, pues sin la existencia de un lector activo, la intención de la historia pierde sentido, si aceptamos que su intención es involucrar al lector en la trama.

Juan Villoro, también considerado posmoderno, pertenece a otra generación (por haber nacido después de 1955) aunque lo voy a considerar dentro de esta etapa (por haber nacido antes de 1960). La obra de Villoro está fuertemente influenciada por la cultura norteamericana, como sucede en todas las culturas latinoamericanas de las últimas décadas, y, como lo veremos más adelante, al analizar los textos de dos escritores de la siguiente generación: Luis Humberto Crosthwaite y Cristina Rivera. El trabajo de Villoro, que abarca diversos géneros literarios, se puede observar en el libro de cuentos La noche navegable (1980); las novelas El disparo de Argón (1991) y Materia Dispuesta (1996), y en el ensayo titulado Efectos personales (2000), entre otros. Villoro se caracteriza por retomar el elemento juvenil y anecdótico de Agustín; partiendo de la base de que no hay grandes verdades, sus personajes se enfrentan al aburrimiento, el fracaso y el vacío al que están sometidos en un mundo tecnologizado. La inclusión de la televisión es un elemento clave en sus cuentos, de ahí que algunos de sus personajes tomen la figura del héroe como caricatura, héroes generados por la televisión, muchos de ellos políticos que, en Latinoamérica, son el pan de cada día:

En 1994, Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia de la república, fue asesinado en el arrabal tijuanense de Lomas Taurinas.

La mayoría de los mexicanos conocimos Lomas Taurinas en video: una cuenca de polvo, atestada por correligionarios de chamarra y una muchedumbre miserable, donde Colosio era ultimado a quemarropa. La secuencia se iba a convertir en el oráculo que veríamos mil veces sin encontrar clave alguna.

El lugar de los hechos ya califica como “sitio de interés”. La barranca ha sido retocada por el municipio. Una plazoleta recuerda el magnicidio y unas oficinas ofrecen los beneficios de un gobierno con suficiente energía para levantar paredes color verde pistache, pero incapaz de llenarlas de algo que valga la pena. (Villoro, 2000)

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