Ando de novedosa leyendo sobre injusticia epistémica, una manera de nombrar la exclusión de sujetos de conocimiento que propone Miranda Fricker en 2007. Fricker divide esta injusticia epistémica en dos líneas: injusticia testimonial e injusticia hermenéutica.

La lectura de Fricker me ha llevado a hacerme muchas preguntas, especialmente porque no es precisamente la línea analítica a la que más acostumbrada estoy y, de repente, siento que todo se queda en el aire. Cosa que no me pasa con los textos de Butler, mucho menos con Derrida. Es decir, mientras estos dos proponen una lectura del sujeto en general, a Fricker (et. al.) la siento más apegada al guión que a la realidad. Aunque reconozco que la propuesta de injusticia epistémica sirve para comprender conductas asociadas con la exclusión, la xenofobia, la homofobia, la misoginia, el machismo y otras violencias implícitas en el lenguaje.

No me extiendo en esta parte, estoy escribiendo un artículo sobre ello. En este punto me interesa proponer cómo funciona la homofobia internalizada a partir de mi lectura de la injusticia epistémica. Un problema real para quienes formamos parte de la comunidad LGTBIQ+, pero que hasta hace poco no sabíamos que existía como tal. Antes de ello quiero precisar dos cosas.

  1. La homofobia internalizada es el rechazo que tenemos por nuestra propia orientación sexual o identidad de género. De ahí que salir del clóset sea todo un triunfo. Muchas veces el clóset somos nosotras mismas.
  2. Pertenecemos a la comunidad LGBTIQ+ porque compartimos una orientación o identidad de género distintas a la heterosexual.

Una vez aclarado eso. Lo siguiente que quiero mostrar es cómo funciona, siguiendo a Fricker y la injusticia epistémica, la homofobia internalizada a partir de mi propia experiencia. Para ello voy a considerar solo la injusticia hermenéutica, que entiendo como aquella que impide o limita el poder de darle sentido, significación y entendimiento a la enunciación de la orientación sexual e identidad de género.

Nivel 1. Ignorancia. La creencia extendida de que solo la heterosexualidad es la única posibilidad de la orientación sexual e identidad de género. Que todas las demás manifestaciones diferentes son una enfermedad.

Nivel 2. Imposibilidad de nombrar. Rechazo a que me vean o traten diferente. Sentir vergüenza o culpa por mi orientación sexual o identidad de género.

Nivel 3. Pensar que el concepto no me aplica. Asumir que por el solo hecho de haber salido del clóset soy inmune a internalizar la homofobia.

Nivel 4. Interlocución. Negar la posibilidad que también incurrimos en el uso de un lenguaje de odio contra integrantes de la comunidad LGBTIQ+, especialmente con la comunidad trans.

Sobre estos cuatro niveles funciona la injusticia epistémica, esa que nos niega la posibilidad de vivir plenamente nuestra orientación e identidad. La posibilidad de hacernos ver y escuchar como sujetos de conocimiento. Sujetos, personas, que proponemos otras maneras de estar en el mundo, de pensar la familia, la economía, la ecología. Otras maneras de hacer conocimiento.


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