La naturaleza renace donde la muerte amenaza la vida humana1

Por Roxana Rodríguez Ortiz

Agradezco la invitación a que dialoguemos juntas sobre algo que seguramente es una preocupación, un pensamiento catastrófico recurrente, el cambio climático. Especialmente cuando un día hace un calor “inusual” en la CDMX y al siguiente llueve a cantaros. Los ríos se desbordan, se rompen las tuberías por la fuerza del agua y sale a flote toda la basura que vamos dejando a nuestro paso.

Lo único que rescato de estas imágenes cada vez más frecuentes en el día a día es que los otros organismos vivos, los cuerpos de agua, los desiertos, los mares, las montañas, también tiene memoria y vuelven a cruzar por donde saben es el camino. Para mí eso es lo sublime terrorífico, parafraseando a Kant: lo monstruoso-majestuoso del ser vida. Y por esta vía es que quiero compartirles esta reflexión.

Lo que me interesa proponerles hoy, por tanto, se relaciona con dos proyectos de investigación que realizo simultáneamente y que están interrelacionados. Por un lado, el que se refiere al análisis de las fronteras, de los límites (creación, trazado, desplazamiento)[1] y, por el otro, el que consiste en estudiar aquello que nos afecta cuando nos relacionamos con otros seres y la manera en cómo afectamos los ecosistemas y otros organismos vivos y no vivos; aquello que denomino ecología del afecto.[2]

El objetivo de pensar esas otras fronteras autoinmunes de la ecología del afecto se debe a que, como no tenemos una bola de cristal, es necesario proponer otras maneras de trazar e intentar revertir eso que se ha denominado Antropoceno, Capitaloceno o Technoceno. Tres referentes sinonímicos de lo que el ser humano le ha causado a la naturaleza en tiempos presentes.

Sintetizo en naturaleza a los otros seres vivos no humanos que también se ven afectados por el despojo de tierras, la migración, el desplazamiento forzado, la contaminación, el aumento desmedido de los desiertos de basura en todo el mundo o la instalación de servidores inmensos en el océano, entre otros muchos fenómenos que conocemos y también los que quizá no alcanzamos a vislumbrar todavía.

Como sabemos, las consecuencias de estas etapas han sido devastadoras para el ser-vida (la Gaia, siguiendo a Lovelock), a pesar de que su única intención ha sido preservar la vida humana en la tierra. O por lo menos eso es lo que nos han dicho. En estos siglos de la supuesta modernización iniciada con la revolución industrial, por situarla en un momento de la historia de la humanidad, hemos echado a andar la maquinaria de la razón instrumental, parafraseando a Adorno y Horkheimer, y la única certeza posible que tenemos hasta ahora es que la distopía ya nos alcanzó.

Aquellos acontecimientos futurísticos que los literatos nos mostraban con años de distancia respecto al tiempo real de escritura, como los de Aldous Huxley, George Orwell o, más recientemente, Ursula K. Le Guin, por mencionar algunos, y que identificamos como propios de la literatura especulativa, la distopía y la ciencia ficción, se hicieron realidad en un abrir y cerrar de ojos.

En tiempo presente, me atrevo a afirmar, la realidad ha superado a la ficción. Aunque también estoy cada vez más convenida que en tiempo presente todo es posible, como nos lo dejó ver el confinamiento provocado por la pandemia covid-19, inclusive proponer otras epistemologías que nos permitan bosquejar otros paisajes posibles para estos futuros climáticos.

Las fronteras de la autoinmunidad que propongo corresponden a esos otros paisajes que debemos encontrar en la aporía, en la contradicción, en la restancia, en la ruina, en la deforestación, en la interacción contaminante, incluso me atrevería a decir, en la propagación del virus y en la propia muerte; es decir, en la distopía. La distopía como crítica y no como presagio de que lo peor está por venir y ya no podemos hacer nada para evitarlo.

Gabriela Damián, escritora mexicana, emplea la distopía en pasado en el cuento que se titula “Soñarán en un jardín”. Un giro interesante para la literatura especulativa. Un cuento que analicé hace un par de años con base en la ecología del afecto y me ha dado la pauta para presentar esta otra mirada de hacer teoría en diferentes registros del conocimiento (Rodriguez Ortiz, 2023a).

Anna Tsing, antropóloga estadounidense, es otra de mis referentes, quizá la principal para esta presentación, lo mismo que Jacques Derrida, filósofo argelino-francés. A partir del cruce de la lectura que realizo entre lo que proponen desde diferentes perspectivas es que puedo trazar el puente entre las fronteras autoinmunes y la ecología del afecto.

¿A qué me refiero con fronteras autoinmunes? La categoría de autoinmunidad la recupero de Derrida y consiste, a grandes rasgos, en la metáfora de un triple suicidio simbólico y estratégico en el que incurrió el gobierno estadounidense previo durante y después del ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001. Esta metáfora del suicido institucional, gubernamental, sigue la analogía de cualquier condición autoinmune; es decir, la de un cuerpo que se empeña en destruir su propia protección (Borradori, 2003).

No me voy a detener en analizar el proceso autoinmune del 9/11 porque me tomaría más tiempo de la presentación del que corresponde, lo que sí puedo hacer es sintetizar esas tres autoinmunidades, los tres momentos que propone Derrida en su análisis:

  1. El primer momento es simbólico y estratégico: la posibilidad de atacar desde adentro y con sus propios insumos de guerra al gobierno supuestamente más infranqueable del mundo al inicio del siglo XXI.
  2. El segundo consiste en diseminar mediante el trauma la narrativa de que lo peor no ha pasado todavía; lo peor está por venir; lo peor es el porvenir, el futuro, la distopía.
  3. El tercer momento se refiere al círculo vicioso de la represión: la represión que regenera las causas del mal que pretenden exterminar.

Desmenuzar estos tres momentos, una investigación que consistió en aplicar el proceso autoinmune a las fronteras geopolíticas en dos regiones: primero en el espacio Schengen de la Unión Europea y posteriormente en la frontera México-Estados Unidos, como lo desarrollo en diferentes textos (Rodríguez Ortiz, 2020), me permite proponer esta otra distopía: cómo es posible dar vida cuando se regeneran las causas —del mal— que dan muerte. O, siguiendo a Anna Tsing, “¿De qué otro modo podemos explicar el hecho de que algo pueda vivir en el desastre que hemos causado?” (Tsing, 2021, p.5).

Para ilustrar esta hipótesis recurro al trabajo de campo realizado por Anna Tsing “entre 2004 y 2011 durante las temporadas de crecimiento del matsutake en Estados Unidos, Japón, Canadá, China y Finlandia” (Tsing, 2021, p.4). Una investigación que consistió en “explorar una nueva antropología basada en una colaboración en constante proceso” (Tsing, 2021, p.3).

La recolección del matsutake es una práctica ancestral japonesa que se realiza en zonas boscosas, preferentemente de pino rojo. Zonas que, paradójicamente fueron previamente deforestadas:

La seta se hizo común en las inmediaciones de Nara y Kioto, donde la gente había deforestado las montañas a fin de obtener madera para construir templos y alimentar las forjas de hierro. De hecho, fue precisamente la perturbación humana la que permitió al Tricholoma matsutake brotar en Japón. Ello se debe al hecho de que su anfitrión más común es el pino rojo (Pinus densiflora), que germina en el entorno de abundante luz solar y suelos minerales que deja tras de sí la deforestación humana. Cuando se permite que los bosques japoneses vuelvan a crecer libres de la intervención del ser humano, los árboles de hoja ancha tapan la luz a los pinos, impidiendo su ulterior germinación. (Tsing, 2021).

Al matsutake también se le conoce como el “oro blanco” por lo cotizada que es esta seta en la comida japonesa. Además de que, al no ser una seta de cultivo, sino de temporada (septiembre a noviembre), su costo aumenta considerablemente. Su recolección es artesanal, pues al creer alrededor del pino es necesario escarbar para encontrarla. La extracción debe ser cuidosa para evitar mutilarla.

Cuando leí por primera vez sobre la investigación de Tsing para una de las sesiones del seminario de filosofía de la ecología que imparto en la UACM (Rodríguez Ortiz, 2023b), la cabeza literalmente me explotó. Había pensado en los aspectos negativos de la autoinmunidad para tratar de entender cómo se estaba sofisticando el control fronterizo en diferentes continentes, pero no había previsto el otro escenario, la autoinmunidad aplicada a eso que se regenera después de la muerte, en este caso el matsutake, y lo que mueve la industria de la recolección de esta seta en diferentes continentes. Un análisis que voy a obviar también por cuestión de tiempo.

A partir de esta epifanía es que empiezo a proponer, en pleno confinamiento, la ecología del afecto. Investigación que abarca la potencia de afectar y ser afectados; una ontología de la inmanencia que no necesariamente consiste en analizar los afectos ni a las emociones, sino las relaciones con los otros seres vivos humanos y no humanos. Para ello, recupero la inmanencia spinoziana y la pongo a dialogar con autores como Donna Haraway, Bruno Latour, Timothy Morton, Elizabeth Povinelli, Rossi Braidotti y muchos más.

Afortunadamente, previo al confinamiento, distintos teóricos estaban ya trabajado en esas otras epistemologías que permitían dar cuenta de la rareza de la conciencia ecológica, aquella que desvincula lo biológico de lo geológico y la evolución para centrarse o descentrar el antropocentrismo hegemónico presente hasta entrado este siglo.

Con el confinamiento cambió el paisaje de las fronteras autoinmunes, todos y todas estábamos muy vulnerables y ello trajo consigo otro tipo de conciencia ecológica distinta a la de la generación que habitó la Guerra Fría. El escenario se presentaba distinto y no teníamos muchas herramientas para abordarlo más que el tiempo del encierro que nos dejó ver, nuevamente, que la naturaleza renace donde la muerte amenaza la vida humana.

En la deforestación, en la inundación, en la sequía, en la contaminación hay muerte para el ser humano, pero el ser humano es solo una pequeña parte del ser-vida. No me interesa romantizar, mucho menos hacer apología de la tragedia, pero a manera de conclusión, si es que la hubiera, me parece que es necesario invertir el sentido crítico en el uso y manejo de las categorías con las que describimos los acontecimientos presentes. Lo que me preocupa, en todo caso, es que estas narrativas de la cancelación, de lo políticamente correcto, de la confrontación socaven la posibilidad de pensar y trazar esas otras fronteras autoinmunes para proponer una ecología del afecto.

Referencias:

Borradori, G. (2003). La filosofía en una época del terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida. Madrid.

Tsing, A. (2021). La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Capitán Swing.

Rodríguez Ortiz, R. 2023a. Ecología del afecto en la literatura: “Soñarán en el jardín”, de Gabriela Damián Miravete. Catedral Tomada. Vol. 11 No. 21. https://doi.org/10.5195/ct/2023.611.

Rodriguez Ortiz, R. (2023b, marzo 22) ¿Dónde poner el énfasis en el tratamiento de la ecología? (Parte 1).roxanarodriguezortiz.com. Link: https://roxanarodriguezortiz.com/2023/03/22/donde-poner-el-enfasis-en-el-tratamiento-de-la-ecologia/.

Rodríguez Ortiz, R. 2020. Beyond Borders: Autoimmune Practices in a State of Law (an aporia). En Cooper y Tinning (eds.) Debating and Defining Borders. Philosophical and Theoretical Perspectives. Routledge, pp. 220-233. Link: https://www.taylorfrancis.com/chapters/edit/10.4324/9781351124881-17/beyond-borders-roxana-rodr%C3%ADguez-ortiz


[1] Para más información visitar la página de internet del grupo de investigación Estudios Fronterizos: https://estudiosfronterizos.org/.

[2] Para más información visitar la página de internet del proyecto de investigación Ecología del Afecto: https://ecologiadelafecto.blog/.

  1. Texto presentado en el Seminario de Futuros Climáticos, en la sesión titulada “Futuros en la frontera: crisis climáticas, extractivismo y nuevas formas de habitar el mundo”, organizado por Realizado el 21 de mayo a las 13 hrs., de forma presencial en el Auditorio del Centro de Ciencias de la Complejidad UNAM. ↩︎

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