ensayista, literata y filósofa

La comunidad transfronteriza: la subcultura del reciclaje y la reconfiguración social de la mujer *

La población del norte de México está conformada, en su mayoría, por campesinos y obreros del sur y del centro de la República Mexicana, principalmente de los estados de Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Michoacán, Zacatecas, entre otros, que dejan sus tierras para buscar mejores oportunidades de desarrollo en diferentes partes del país, como el Distrito Federal, y, sobre todo, en Estados Unidos. No obstante, al no poder cruzar la frontera, se establecen en las ciudades fronterizas. También existe un tipo de migración eventual que consiste en la contratación y traslado de trabajadores temporales desde su lugar de origen, por parte de las maquiladoras asentadas en ciudades como Tijuana o Juárez. Obviamente, al término del contrato temporal muchos de estos trabajadores se quedan en la frontera, donde muy fácilmente encuentran otro trabajo temporal, ya sea en la pisca o en la manufactura y, en su defecto, en algún bar o restaurante.

Los habitantes de la frontera norte de México son seres liminales que están lejos del centro y cerca de la frontera.[1] Viven en la periferia y se enfrentan diariamente a la diferencia y a la otredad. Son sujetos que interactúan entre dos países: en uno viven, mientras que en el otro trabajan o estudian; transitan “libremente” entre dos países que comparten una frontera, y logran trascender más allá de ésta. Son sujetos que transgreden el límite y lo convierten en espacio de actuación desde el que construyen una identidad periférica, pues la frontera, según Shuddabrata Sengupta, artista y escritor indio, “es un espectáculo, una actuación que se ha perfeccionado durante décadas de maduración de las hostilidades” (Sengupta, 2004: 15).

La cultura de la frontera norte de México paradójicamente se distancia de la estadounidense para defender su periferia, al tiempo que busca su respaldo para conformar un mundo disímil a través del constante flujo de personas e información. En este sentido, Teddy Cruz, arquitecto guatemalteco que trabaja en la frontera San Diego-Tijuana, afirma que el mundo liminal está cargado de imágenes infinitas pero de frágil existencia, que enfatizan la ruptura que existe en la concepción monolítica del hogar, la ciudad y el mundo, pues “de cada expresión de la frontera y la no-frontera emerge una serie de interpretaciones y producciones culturales que, a su vez, generan nuevos nodos de los cuáles parten nuevos imaginarios e historias que se revelarán con el tiempo” (Cruz, 2004: 27). Un calara distinción entre los sujetos chicanos y los sujetos transfronterizos es que los segundos no son sujetos híbridos puesto que no se constituyen a partir de la reproducción de dos culturas diferentes (como sería el caso de los chicanos), sino que tienen un origen determinado, aunque provengan de distintos estados del país. En este sentido, son sujetos que se han adecuado a la realidad de la globalización: se manejan bajo sus propios intereses y por la necesidad de sobrevivir, más que por el deseo de resistir o de ser aceptado por el otro.

Culturalmente hablando, la migración conforma un nuevo imaginario, basado en una circulación transnacional de estilos de vida, costumbres y tradiciones, que permite un mayor conocimiento de sí mismo a través del otro: el migrante se refleja en el otro para construir una identidad propia que difiere de la establecida. Sin embargo, en este juego de espejos, muchas de estas identidades son efímeras porque se construyen con base en la cultura del consumo que promueve la mundialización de las economías y el libre tránsito de productos de consumo inmediato o de reciclaje, que, incluso, nos aleja “de la época en que las identidades se definían por esencias ahistóricas: ahora se configuran más bien en el consumo, dependen de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse” (García Canclini, 1995: 30). Los sujetos transfronterizos juegan con las fronteras, las desestabilizan y rompen con lo instituido, lo cual se aprecia en la conformación urbana de los estados fronterizos y en su dinámica cotidiana, regida, en la mayoría de los casos, por la industria maquiladora, pues el auge de este sector ha coadyuvado a la reconfiguración de la sociedad fronteriza. Este proceso de reconfiguración social se hace evidente en dos aspectos que los escritores fronterizos evidencian, algunos de manera irónica, otros con encono: la cultura del reciclaje y el cambio que ha sufrido el rol de la mujer en la sociedad. Este cambio consiste en que dejó de ser la encargada de preservar la educación y el bienestar de los hijos, para convertirse en un sujeto económicamente activo que se encarga de mantener la estabilidad económica de la zona fronteriza.

La cultura del reciclaje se ha instituido gracias a la apropiación y el rechazo de símbolos cuyos significantes juegan con la nacionalidad, la tradición y el lenguaje de los diferentes sujetos transfronterizos. Esto se debe, en gran medida, a la dependencia económica que existe entre ambos países y al constante intercambio de productos y de valores, mucho de ellos promovidos por la mercadotecnia y los medios de comunicación. Al respecto,  Magali Arreola, crítica mexicana de arte y curadora independiente, afirma que este “intercambio simbólico de valores” es consecuencia de una “económica nómada” que deriva “de la implementación de estrategias de sobrevivencia surgidas de una economía informal”. Esta economía informal es resultado de “una complicidad o intercambio simbólico de valores que de un lado de la frontera (San Diego) son considerados como derechos, y del otro (Tijuana) llegan a establecer una forma de comercio establecida” (Arreola, 2004: 37).

La economía nómada fronteriza se funda en la doble moral estadounidense y en la subcultura de la maquila. La doble moral que ha prevalecido en la relación binacional permite el intercambio de productos y servicios ilegales en Estados Unidos, pero de fácil obtención en la frontera mexicana. Ejemplos tangibles de esta situación se presentan en Tijuana y Ciudad Juárez. Ciudades que además de ser zonas industriales, también cobijan una gran cantidad de bares y prostíbulos que abren sus puertas a los adolescentes estadounidenses que por su edad no pueden ingerir bebidas alcohólicas en su país, entre otros productos o servicios prohibidos en Estados Unidos, tal como lo menciona Sam Quiñónez, periodista estadounidense:

Años atrás, Juárez floreció porque entendió que detrás de la retórica puritana estadounidense siempre hay lugar para hacer algo de dinero. Durante la prohibición, Juárez producía whisky y cerveza y lo pasaba al otro lado de la frontera. Aparecieron varios bares sobre la avenida principal de la ciudad, que conduce al puente que cruza El Paso, los cuales todavía están ahí. Los “aviones de divorcio” llevaban a parejas estadunidenses para que terminaran su matrimonio rápidamente. Para las mujeres que buscaban trabajo, Juárez ofrecía la prostitución. Hasta mediados de los años sesenta Juárez fue una ciudad reverberante de pecado. (Quinones, 2002: 167)

Por su parte, la subcultura de la maquila surge como consecuencia de una mayor demanda de mano de obra en las maquiladoras establecidas en las ciudades fronterizas, principalmente en Ciudad Juárez, pues “a diferencia de Estados Unidos que atrae principalmente a hombres, Juárez se convirtió en un imán para las mujeres, especialmente para las mujeres jóvenes”. Muchas de estas mujeres emigraron de sus pueblos natales en busca de un trabajo mejor remunerado, lo cual han aprovechado los dueños de las maquiladoras pues si bien es cierto que son mujeres que aguantan fuertes jornadas de trabajo en situaciones desfavorables, también lo es el hecho que no tienen las habilidades necesarias para desarrollarse profesionalmente en otros ámbitos debido al poco o nulo nivel educativo. En este sentido, las maquiladoras actualmente sólo contratan mujeres, éstas a su vez aprovechan dicha situación para cambiar con frecuencia de trabajo, pues durante todo el año las maquiladoras de Juárez necesitan mano de obra barata  (Quinones, 2002: 169-170).

Desafortunadamente, la subcultura de la maquila repercute en la conformación de las familias tradicionales y en la reconfiguración del papel de la mujer dentro de la sociedad, porque al integrarse a la economía fronteriza empieza a abandonar las labores familiares y el cuidado de los hijos. Esta situación trae consigo diversas consecuencias sociales que se relacionan con lo que Gargallo comenta sobre si verdaderamente esta liberación femenina es en pro de las relaciones de género o simplemente incentiva los mecanismos de explotación, pues “el doble movimiento de maquilización (concentración de la población en zonas organizadas para el ensamblaje), y de migración, parece integrar a las mujeres en el mundo de la economía como reproductoras de la relación capitalista de trabajo y como productoras de bienes manufacturados para el uso de los sectores que concentran la riqueza”. Esta situación anula las redes de solidaridad que se han establecido a partir de los movimientos feministas, y el papel específico de la mujer en la vida social y espiritual de sus pueblos (Gargallo, 2005).

Cuando la mujer decide ingresar al mercado laboral se enfrenta a situaciones que la hacen vulnerables, como las agotadoras jornadas laborales y la explotación constante por parte de sus empleadores. Disentidamente, también se enfrenta a un mundo desconocido y, a la vez, placentero, donde ya no depende de nadie, obtiene su propio dinero, lo que le da cierto margen de acción para realizar actividades lúdicas que antes repudiaba, como asistir a bares o salones de baile. Sin embargo, al no estar educadas para vivir en una ciudad violenta, son presa fácil de gente que se aprovecha de ellas. Otra consecuencia que me interesa destacar de la reconfiguración social de la mujer en la sociedad fronteriza es el abandono de la tradición oral que por siglos ha sido el mecanismo para difundir las costumbres y tradiciones de generación en generación, debido a la falta de comunicación entre madres e hijos.

El abandono de la mujer de ésta y otras actividades familiares acarrea graves consecuencias sociales que repercuten en la comunidad fronteriza, porque afectan directamente la constitución de la familia y la base de la pirámide social; ejemplo de esto son los asesinatos de las muertas de Juárez, la explotación laboral y la narcocultura. Problemas bastante arraigados en la sociedad, no como hechos violentos, sino como hechos comunes que generan fuertes cantidades de dinero para ciertos sectores de la población, por lo que la resolución de estos y otros conflictos no es prioridad de los gobiernos estatales: “en una ciudad que ha dependido del trabajo femenino por tres décadas, la oficina de Esparza de Crímenes y Violencia Familiar no empezó a operar sino hasta agosto de 1996” (Quinones, 2002: 178).

La cultura fronteriza es producto de una migración constante de sujetos provocada por determinados hechos históricos ocurridos desde mediados del siglo XIX, momento a partir del cual se configuró la frontera entre México y Estados Unidos como actualmente la conocemos. La construcción identitaria del chicano y del sujeto transfronterizo, como ya se ha visto, es un proceso gradual que se gesta entre dos culturas liminales que se confrontan a diario para hacerse presentes o para diferenciarse entre sí. Aunque, es evidente que el proceso de construcción identitaria del sujeto transfronterizo es considerablemente menos complicado que el de los chicanos, puesto que los primeros no tienen que hacerse presente ante el otro para existir por sí mismos. Es decir, los sujetos transfronterizos no tienen la necesidad de sociabilizar ni de insertarse en la institucionalidad de la comunidad estadounidense porque ellos pertenecen a la cultura mexicana, aunque estén al margen de la misma.

La heterogeneidad de los sujetos que habitan la frontera conforma un abanico de posibilidades para los escritores fronterizos, quienes retoman ciertas características para elaborar la subjetividad de sus personajes, lo cual se observa en casi todos los textos fronterizos donde estos sujetos están fuertemente tipificados, localizados e incluso forman parte de la atmósfera narrativa. De ahí la pertinencia de estudiar con más detenimiento cada escritura por separado porque si bien es cierto que tienen características en común, como sería la cultura mexicana, también difieren en ciertos comportamientos o conductas grupales. En este sentido, los sujetos transfronterizos no asimilan una cultura ajena sino construyen una cultura propia que enfatizan un cambio en los procesos productivos, en las relaciones sociales y en las expresiones artísticas. Mientras que los chicanos reconstruyen una identidad propia, a partir de la hibridación de culturas, para hacerse presente ante el otro y para erigirse como un comunidad autónoma.

En el caso de los sujetos transfronterizos, el espacio de escritura lo delimitan todos aquellos no-lugares que se establecen a lo largo de la frontera, pues gracias a ellos es posible configurar una cultura fenoménica de la frontera que, según Frederick Jameson, “ha conseguido trascender definitivamente la capacidad del cuerpo humano individual para autoubicarse, para organizar perceptivamente el espacio de sus inmediaciones, y para cartografiar cognitivamente su posición en un mundo exterior representable” (Jameson, 1991: 97). En el caso de los chicanos, el espacio de escritura es el propio cuerpo y la representación de éste ante el otro, pues gracias a la performatividad desarrollan todo un sistema literario particular que difiere de lo que se realiza tanto en México como en Estados Unidos, debido a las propuestas de lucha como comunidad minoritaria y al discurso político en el que constantemente incurren.

El análisis elaborado hasta este momento sobre la conformación demográfica de la frontera México-Estados Unidos y la construcción identitaria y cultural del sujeto fronterizo (chicano y transfronterizo), es el cimiento para abordar la literatura fronteriza contemporánea. En este sentido, las variables que utilizaré para ejemplificar las diferencias y similitudes que existen entre la escritura fronteriza y la escritura chicana están determinadas, principalmente, por categorías espaciales (más que temporales, como sucedió en el modernismo), que forjan un sentimiento de identidad y de pertenencia, a través del lenguaje y las experiencias psíquicas, características de la posmodernidad, pues a partir de este momento se abandonan “las grandes temáticas modernistas del tiempo y la temporalidad, los misterios elegíacos de la durée y de la memoria” (Jameson, 1991: 40), y se abre una brecha entre los temasn universales de la literatura europea y los temas particulares-regionales de ciertas comunidades minoritarias que empiezan a hacerse escuchar en los ámbitos literarios internacionales.


[1] Según el Diccionario de/para los comuneros digitales, de la Raqs Media Collective, liminal significa: Intersticial, vestibular y periférico. Lejos del centro y cerca de la frontera. Una zona situada entre grandes estructuras que, a su vez, carece de ellas… Ser liminal es estar cerca —y al mismo tiempo fuera— del lugar en el que están las fronteras de cualquier sistema estable de signos, donde el significado se va deshilachando a fuerza de los tanteos de sus márgenes” (Sengupta, 2004:13).

*Parte del capítulo 1 (“Desplazamiento de la cultura liminal”) de mi tesis doctoral titulada “Alegoría de la frontera México-Estados Unidos. Análisis comparativo de dos escrituras colindantes”, presentada en julio de 2008, en la Universidad Autónoma de Barcelona.

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2 Responses to “La comunidad transfronteriza: la subcultura del reciclaje y la reconfiguración social de la mujer *”

  1. Ma. del Socorro Rodríguez Cejudo

    ¿Realmente existe una cultura liminal? Me queda claro la existencia de una población flotante, pero, ¿totalmente sin raices? No lo creo. O…, ¿comienza a conformarse una población con una identidad nueva, diferente? Sin duda, éste artículo de la Dra. Rodríguez, nos estremece con su contundencia y claridad de la realidad en esta franja fronteriza, pero entonces, ¿no hay alternativas? ¿Que pasa con los jóvenes que nacen en esta situación, cuando la mujer se encuentra inscrita en un nuevo rol social y económico, abandonando la educación de sus hijos? Sólamente esperaríamos que no se conviertan en jovenes con una desesperanza aprendida, similar a los “ni-ni”, en el centro del país. O peor aún, donde la alternativa, por falta de oferta educativa, sea la del narcotráfico, frente a la maquila o la pisca. Felicidades a la autora, por transmitirnos de una manera tan clara, el problema que aqueja a nuestro país, y que muchos de nosotros, preferimos ignorar, en el mejor de los casos.

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