ensayista, literata y filósofa

Por una UACM sin condición

Estimadas consejeras

Estimados consejeros

Comunidad universitaria presente

Buenos días

Con entusiasmo llego a esta terna, es por ello que agradezco a las más de 500 personas que votaron por el proyecto que presenté para registrarme a la contienda electoral, así como a quienes se sumaron desde el principio a esta eutopía (una utopía posible).

La UACM es una eutopía que vivimos a diario, a veces a jaloneos, otras sin percances. Este proceso electoral ha sido muestra de ello, hasta ahora ha sido un proceso legítimo y legal, debido a cuatro factores: la conformación de un colegio electoral comprometido y no condicionado; el registro de más de tres aspirantes; una alta participación de la comunidad en la consulta; y el debido respeto, por casi todos lo consejeros, al proceso electoral, mediante la realización de la auscultación con su respectiva comunidad. Si alguno de estos factores hubiera fallado es muy probable que no estuviéramos hoy aquí ninguno de los tres aspirantes.

La UACM también es una eutopía por lo que significó su creación a principios del siglo XXI, un siglo que empezó con el ataque a las Torres Gemelas, un ataque terrorista, una forma de terrorismo de estado que conmocionó al mundo. Un evento que transformó el devenir del estado-nación y con ello el de la sociedad de conocimiento.

Las universidades públicas han resentido esta transformación del orden mundial en los últimos 15 años, lo que se evidencia en la precarización laboral de sus docentes, en la carencia de pensamiento crítico en sus programas de estudio, así como en la homogenización del perfil de sus estudiantes, derivado de la mercantilización de su fuerza laboral.

En contraste al escenario mundial, en 2001 la UACM cobra vida con un proyecto innovador no solo de enseñanza, también de gobierno: una enseñanza centrada en el estudiante, con cuatro esquemas de aprendizaje (presencia en aula, investigación temprana, asesoría y tutoría), y un gobierno paritario donde los estudiantes y académicos asumen la misma responsabilidad en la toma de decisiones, lo que permite transitar en diferentes esquemas de democracia, como lo estamos experimentando ahora con este primer ejercicio de contienda electoral donde participamos siete candidatos.

Aunado a lo anterior, quienes pensaron este proyecto de universidad también le apostaron por la dignificación de sus trabajadores, con un salario justo, y superior a la norma; así como por la no discriminación ni exclusión de los derechos sociales de ninguna persona (sin importar condición social, nacionalidad, preferencia sexual, raza o etnia), motivo por el cual, a diferencia de otras universidades, en la UACM no se realiza examen de ingreso.

A 17 años de su creación, en la UACM hemos luchado por no sumarnos al tren del neoliberalismo, de la meritocracia ni de la voracidad intelectual, pero el costo lo ha asumido nuestro propio tejido social. Hemos transitado por diferentes momentos de estabilidad, otros de conflicto y los últimos de omisión. No hemos sabido encontrar un equilibrio entre lo que este proyecto de universidad nos demanda y la voluntad colectiva de posicionarnos como la universidad de la Ciudad de México, como sí lo han logrado en otros países con esquemas parecidos, como Colombia, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

 

¿En qué hemos fallado?

 

No es la primera vez que me hago este cuestionamiento ni creo que sea la única. Me ha costado trabajo entender las lógicas de la condición humana y es quizá por ello que preferí dedicarme a la filosofía y no a la administración. Tengo sentimientos encontrados con el proyecto de la UACM y la comunidad que la conforma.

El proyecto es generoso, apasionante, transgresor, donde lo imposible es lo único que puede ocurrir. Para muestra este quinto consejo universitario conformado por mayoría estudiantil. Estudiantes que están por decidir el devenir de nuestra universidad en una ciudad, en un país, donde el gobierno prefiere desaparecer o permitir que se asesinen estudiantes por no servir al sistema, como les ha sucedido a nuestros propios compañeros: Issac Luna, Jorge Gustavo Martínez Olivo, Miguel Omar Arteaga Cabrera y Héctor Antonio Sarmiento (de las compañeras hablaré más adelante).

Aquí, en la UACM, los estudiantes, ustedes, están por decidir el futuro no solo a cuatro años de nuestra universidad, considerando entre optar por la continuidad del vacío que dejó esta administración o por la reivindicación del proyecto en conjunto con el compromiso colectivo al que estamos obligados, como se reflejó en la consulta y en la auscultación. Hay que atender ese llamado, como lo han pedido y me lo han hecho saber varios colegas de forma honesta, algunos de ellos, y otros, de manera confrontativa.

Y cuando digo que tengo sentimientos encontrados es precisamente por esas formas que tenemos de hacer o no comunidad. Estamos acostumbrados a llevar la política universitaria a los pasillos, al chisme, al descrédito, a cabildear en lo oscurito, sin dar la cara, sin asumir un cargo universitario por temor al escrutinio público del ser sujeto político. Nos ha faltado voluntad para deconstruirnos, para deconstruir los esquemas políticos que nos permitirían darle otra identidad administrativa a nuestra universidad, la identidad que demanda el siglo XXI. Es por ello que a la gente se le hace fácil pedir, exigir, que, en nombre de la verdad, en nombre de la razón, decline por alguien más.

En nombre de la verdad, en nombre de la razón, también les he contestado que no es prudente para nuestra joven institución ni para quien se pudiera favorecer con este acto de, como lo han llamado, “congruencia universitaria”; especialmente cuando lo que ha movido a la gente a atrincherarse en el triunfo de las urnas ha sido el miedo de que lo peor está por venir, en lugar de asumir la responsabilidad del ganador y continuar con el adecuado proceso, en consonancia con la normatividad vigente y la institucionalidad.

¿Cómo se pide congruencia al otro cuando quien lo pide intenta, en nombre de la verdad, coaccionar? ¿Qué futuro de universidad nos depara si no deconstruimos estas prácticas políticas presentes en nuestro cotidiano? Dar respuesta a estas preguntas debería ser nuestra preocupación principal, pero preferimos intentar tapar el sol con un dedo y levantar falsos testimonios a quien consideramos nuestro enemigo. En una universidad sin condición no existe la figura de enemigo, no sé por qué en la nuestra nos desgastamos tanto en construirla, en lugar de invertir nuestra energía, intelecto, incluso nuestras pasiones, en reconocer la diferencia, aceptar el disenso y lograr el consenso.

En una universidad sin condición tampoco se acarrean ni se compran estudiantes, docentes o administrativos para que ocupen un puesto de representación universitaria y/o voten a modo; especialmente en una universidad como la nuestra, donde partimos de un principio democrático deliberativo, es decir, nominal y razonado, como esta elección a la que ahora estamos convocados. El porrismo, dispositivo de seguridad empleado por los gobiernos priístas, no debe tener cabida en la UACM si nos apegamos a sus principios, pero desafortunadamente es lo que ha corroído nuestros órganos de gobierno en diferentes momentos y en distintos niveles, especialmente con la administración saliente. Consejeros, consejeras, no permitamos que la intimidación entre nosotros se convierta en nuestra norma. Estamos a tiempo de revertir este rumbo corporativista.

¿En qué más hemos fallado? Le hemos fallado a nuestros estudiantes en varios aspectos: en la docencia, en el compromiso social, en el resguardo de su integridad física y profesional porque hemos dejado de hacer trabajo académico, de investigación en lo individual y en lo colectivo, y en nombre de la UACM; porque hemos violentado los propios principios de la universidad.

De los cuatro esquemas de aprendizaje, muchos docentes, acostumbrados a sus viejas prácticas, impusieron la costumbre sobre el reto de la creatividad a la que nos convoca este proyecto universitario, por lo que, como en el sistema tradicional de enseñanza, solo realizan uno: impartir clases y, si son hábiles, organizan sus nueve horas de docencia para acudir un día o dos a la semana a su plantel de adscripción, cuando nuestro contrato nos obliga a laborar cuarenta horas en nombre de la UACM y no de otras instituciones.

Le hemos fallado al sector administrativo técnico y manual porque no hemos comprendido la importancia de sus actividades para el funcionamiento de nuestra universidad. ¿Cómo le hemos fallado? precarizándolo, no pagándoles lo justo por sus actividades, condicionando su voz porque carecen del voto y negándoles el derecho a decantarse por un futuro profesional distinto al que actualmente atienden por carecer de esquemas de promoción y rotación adecuados a las necesidades de cada una de las áreas administrativas.

También hemos fallado porque no hemos sabido administrar los recursos materiales ni humanos y hemos preferido precarizar nuestra actividad intelectual en nombre de nuestra autonomía. Conceptos fallidos ambos en nuestra propia práctica porque la supuesta desobediencia civil a la que nos convoca nuestro propio proyecto universitario ha sido atravesada por el conservadurismo de sus actores. En este momento, lo que menos necesita esta universidad es, precisamente, del conservadurismo porque justamente los problemas que la comunidad ha identificado como urgentes a resolver convocan a soluciones creativas, sensibles, de acompañamiento y cuidado.

El hostigamiento, la inseguridad, el acoso sexual y la violencia de género no han sido atendidos por la discrecionalidad, omisión y falta de voluntad de la administración saliente. Estamos en falta con las mujeres de nuestra universidad, especialmente con las que ya no están, nuestras compañeras Marta Carina Torres, Camorlinga Alanis Campina y Rosa Linda Santos Catarino. Estamos en falta con la diversidad sexual y con las personas con discapacidad, con nuestra comunidad migrante e indígena; es decir, con nuestras minorías.

El regreso del conservadurismo en la academia, como en la en la política en el resto del mundo, es lo primero que debemos combatir. Si hasta ahora hemos podido equilibrar la brecha del sistema sexo/género con un sueldo igualitario, por lo menos en el sector académico, y las mujeres hemos dado el ejemplo de lo que esta universidad necesita, como se observa en esta terna. Consejeros, consejeras, no escatimen al momento de elegir por una rectora para nuestra universidad.

Si me apuran, diría que no hemos estado a la altura ontológica, epistemológica, estética y ética de lo que la Ley de Autonomía nos ofrece, pero eso no quiere decir que no lo hayamos intentado o que no lo sigamos intentando. Mientras exista voluntad para darle continuidad a esta eutopía y recursos públicos para lograrlo, seguiremos luchando.

La principal preocupación que me planteé para llegar este día a la terna fue ofrecer una salida a la situación actual de nuestra universidad y por ello presenté el Proyecto estratégico de desarrollo para la UACM 2018-2022. Un proyecto redactado a varias manos y con experiencias previas en la administración universitaria. Un proyecto prospectivo de la eficiencia docente, investigativa y de extensión universitaria, basado en cuatro enfoques: comunidad, vinculación, estructura e innovación.

Un proyecto que para conducirlo a buen puerto demanda muchas horas de operación, de diálogo y de voluntad política, por lo menos durante el primer año; por ello, cuando en algunas de las sesiones de presentación nos cuestionaron si nos movía el poder o el sueldo para ocupar el cargo de rectora, les contesté y, ahora, les reafirmo que no.

Congruente con la institucionalidad que me caracteriza, las motivaciones para asumir un cargo de esta envergadura están puestas en el bien común. Confío, consejeros, consejeras, que ustedes se guiarán no solo por este principio ontológico sino también por el principio democrático que consiste en atender el voto de su comunidad.

Principios sin condición ni condicionados a prebendas ni mucho menos condicionado por el resentimiento social. Lo poco o mucho que hemos logrado en esta universidad es justamente horizontalizar nuestra precaria democracia y no supeditarla a la figura de autoridad sino al principio paritario de autogobierno.

No dejen que su decisión se pervierta por la perversidad ajena, atiendan sus convicciones políticas, atiendan su obligación universitaria y den la cara a la comunidad a la que ahora representan. Den la cara por esta eutopía que les describo en nombre de su verdad y de la verdad comunitaria.

 

Dra. Roxana Rodríguez Ortiz

Candidata a rectora por la UACM

CDMX, 8 de mayo de 2018.

 

 

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