Deconstrucción Filosofía UACM

Deconstruyendo la enseñanza de la filosofía en la UACM

Buenos días, gracias a los y las estudiantes que organizan este encuentro cada año, gracias por invitarme a participar y ser participe de esta celebración del quehacer filosófico.

Cuando me hicieron llegar la invitación con la temática del encuentro, “Filosofía social, pensando desde la actualidad”, rápidamente pensé que hablaría sobre lo que más y mejor sé, las fronteras y las migraciones, que además son un tema vigente en nuestro país y dudo que cese de hablarse de ello en los siguientes años.

Después recapacité y decidí hablar sobre uno de los proyectos que tengo para mi sabático, que consiste precisamente en el titulo de esta presentación: “Deconstruir la enseñanza de la filosofía en la UACM”. Y digo uno de los proyectos porque el otro evidentemente tiene que ver con las fronteras y las migraciones, y uno más sobre Derrida; es decir, mis tres proyectos del sabático, que inicia en enero, tienen que ver con lo que más me apasiona en la vida profesional: la docencia, Derrida y las fronteras, pero no les voy a hablar de los tres, solo del primero.

Hace diez años ingresé a la academia de filosofía, los mismos que cumple este encuentro de estudiantes. Diez años en los que he impartido más de 20 asignaturas y seminarios distintos, lo que me ha permitido no solo estudiar a la par de muchos de ustedes la filosofía, sino entenderla desde otras disciplinas y contextos.

En estos años de docencia lo que más me he cuestionado, gracias a la inquietud de algunos de ustedes, es la diferencia entre el ser filósofo, el quehacer filosóficoy el ser técnico en filosofía. Con todas estas acepciones me he topado y las confundo a veces, especialmente cuando descubro un tema nuevo, como me ha sucedido ahora con el seminario de filosofía de la tecnología, donde he tenido la oportunidad de escuchar las investigaciones de otros colegas, también profesores de ustedes.

De entrada, les digo, que una la tengo fácil, yo no soy filósofa, simple y sencillamente porque no tengo el título, el grado, que me habilite como tal, pero eso no me impide hacer filosofía, que es desde donde propongo una epistemología de las fronteras que inició en primer lugar con la deconstrucción y la estética, posteriormente con la filosofía de la cultura y en la actualidad desde la ontología.

El quehacer del técnico en filosofía y el quehacer filosófico son las acepciones que desde mi perspectiva se confunden cuando nos dedicamos a la docencia. Evidentemente por ello siempre es necesario recurrir a las definiciones que los otros nos han legado de lo que es filosofía, o, a menos que ya hayamos desarrollado la nuestra, no perder de vista que cualquier concepto tiende a tener una variación gradual en función del contexto. Por ejemplo, voy a citar tres definiciones.

Heidegger, como buen alemán, después de argumentar que la filosofía es europea occidental (porque viene de los griegos) y no es solo historiografía, concluye: “¿Cuándo es la respuesta a la pregunta: ¿quées la filosofía?, una respuesta que filosofa?¿Cuándo filosofamos? Evidentemente a partirdel momento en que establecemos un diálogocon los filósofos. Esto supone que discutamosunos con otros sobre lo que ellos hablan” (p.52).

Deluzze y Guattari, por su parte, afirman: “El filósofo es el amigo del concepto, está en poder del concepto.Lo que equivale a decir que la filosofía no es un mero arte de formar, inventar o fabricar conceptos, pues los conceptos noson necesariamente formas, inventos o productos. La filosofía,con mayor rigor, es la disciplina que consiste en crear conceptos” (p. 10).

Finalmente, Althusser, parafraseando a Gramsci, afirma:“cierta actitud teórica y cierta actitud práctica reunidas: cierta sabiduría. En esta filosofía espontánea de las personas corrientes encontramos así dos grandes temas que recorren toda la historia de la filosofía de los filósofos: cierta concepción de la necesidad de las cosas, del orden del mundo y cierta concepción de la sabiduría humana frente al curso del mundo” (p. 37).

Tres definiciones que se complementan: el diálogo, o la correspondencia, la creación de conceptos, y la sabiduría (entendida como la suma de la teoría y la práctica). Con estas tres acepciones es sencillo hacer la distinción entre un técnico en filosofía y el quehacer filosófico, pero quizá es difícil llevarlo a la práctica docente.

En las asignaturas y seminarios que imparto les insisto que construyan sus propias definiciones, a partir de sus propios aprendizajes, conocimientos, inquietudes; de igual forma, los conmino a que aprendan a leer entre líneas los textos y ubiquen los otros filósofos con quiénes está dialogando a quien están leyendo, en algunos casos es muy evidente porque el autor los cita, en otros casos se vuelve más complicado porque es necesario abstraerlo. Finalmente, también los provoco para que piensen su cotidiano, su realidad, a partir de la filosofía, no desde sus dogmas ni desde lo que nosotros como profesores podemos llegar a condicionar en una relación todavía bastante anacrónica de autoridad vertical.

De esta forma entiendo que la enseñanza del quehacer filosófico consiste en, indagar, proponer, crear, pero a veces nos conformamos con que sepan pensar, razonar, argumentar, lo cual es más cercano a un quehacer del técnico en filosofía.

El quehacer filosófico, como lo he experimentado, consiste en arriesgarse a plantear lo que no se está pensando y para ello es necesario no estar condicionados a una verdad, a una ideología, a un dogma o a una tradición filosófica. Es por ello que me gusta tanto el texto de Derrida, la Universidad sin condición, entendida como “el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción y experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo” (p.14).

Para ser técnico en filosofía se requiere necesariamente un grado en filosofía, como lo sería para ser filósofo. Para dedicarse al quehacer filosófico también puede funcionar cualquier otro título, incluso el mío en administración de empresas, especialmente porque me dedico a administrar las palabras. Lo que es cierto, querámoslo o no, es que vivimos en una sociedad donde importan los grados y mientras más mejor.

Pero cuando una ama el saber, el aprendizaje, no se cuestiona la importancia de los grados, solo cursas, cruzas, las aguas cristalinas del conocimiento, de forma colectiva e individual. La filosofía es justamente de esas disciplinas que no nacieron propiamente de la obstinación de la meritocracia, aunque se haya convertido en ello. La filosofía nació a partir del juego, de la observación, de la recreación de paradigmas que se fueron haciendo leyes físicas, ciencia, al tiempo que fue dando certezas a lo que con el paso de los años se ha complejizando en la mirada de la condición humana.

La filosofía es una superación, no necesariamente dialéctica, del conocimiento previo, como lo es cualquier disciplina, social, humanista, científica, ¿por qué entonces la queremos encasillar en lo que el profesor diga debe ser o lo que diga la tradición es lo que se tienen que leer? Por ejemplo, algunos teóricos físicos dicen que, si se hubiera leído más y mejor a Demócrito, en lugar de Aristóteles, la física posiblemente estaría mucho más avanzada de lo que está ahora. Lo mismo podemos decir con respecto a Descartes y Spinoza, si hubiéramos leído más al segundo que al primero quizá no tendríamos que contar cada día un feminicido. Y si hubiéramos leído más y mejor a las mujeres filósofas seguramente no habría tanta desigualdad en el mundo.

Ahora bien, y con esto voy cerrando mi participación, el proyecto educativo de la UACM que ciertamente tiene sus errores, pero también sus grandes aciertos, se asemejan a un proyecto como el de la Universidad sin condición; menciono solo dos ejemplos: primero, el consejo universitario paritario, donde los y las estudiantes tienen el mismo peso en la decisión de la gobernabilidad universitaria, como lo tienen las y los profesores; segundo, es una universidad donde hombres y mujeres ganamos lo mismo sin importar el grado que tengamos, la preferencia sexual, la edad, el género, lo que evita en muchos casos acoso laborar entre pares, no así entre profesores y estudiantes, desafortunadamente.

En un proyecto educativo horizontal, autogestivo, autodidactivo, que se tendría que estar reinventando constantemente, que debería llevar la batuta con respecto a las otras universidades públicas y privadas de una educación de vanguardia, ¿por qué preferimos conformarnos con realizar las mismas prácticas docentes con las que crecimos, tanto los profesores como los estudiantes’ ¿Por qué no nos arriesgamos a indagar, a proponer, a crear? ¿Por qué hemos preferido con el paso de los años dar lo mínimo a esta institución, no así a las otras que sí tienen un renombre?

No tengo la respuesta exacta o la tengo sesgada: porque el reto al que nos convoca esta universidad es enorme para una sociedad acostumbrada a pedir, no así a proponer. Entonces, en la mayoría de los casos hemos optado por enseñar a ser técnicos en filosofía; es decir, a pensar, a razonar, a argumentar. Pero con eso se hace investigación o no la investigación que nos demanda la sociedad en una era digitalizada, por decir lo menos, donde nuestros paradigmas están cambiando a pasos acelerados y nosotros los estamos dejando ir, porque ni siquiera estamos pensando en ellos, ya no digamos proponiendo, levantando la voz, haciéndolo público.

No quiero generalizar ni ser injusta con la comunidad universitaria ni con mis colegas, mucho menos con ustedes, los y las estudiantes, pero sí quiero hacer hincapié en que el reto al que nos convoca este proyecto universitario es responsabilidad de todos y todas. El reto al que nos convoca la sociedad también lo es. Pensar en deconstruir la enseñanza de la filosofía en la UACM es un riesgo que debemos asumir juntos, y quizá lo conveniente debiera ser empezar por erradicar la verticalidad del aprendizaje.

La enseñanza del quehacer filosófico me ha dado grandes satisfacciones, logros e incluso reconocimientos. La enseñanza del quehacer filosófico ha sido un salvavidas en muchos momentos críticos, especialmente estos últimos meses, estoy segura que para muchos de ustedes también; deconstruir la filosofía es atrevernos a narrar desde lo que nos conmueve, mueve y remueve nuestro quehacer filosófico, porque la filosofía es lenguaje, enunciación, es arriesgarse no a decir lo que se piensa, sino justamente lo que no se está pensando ni diciendo todavía.

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