Confinamiento. Acontecibilidad del testimonio (primera parte)

Se oyen los seres humanos las voces de millones de espíritus que nos hablan.

Marx

“Observando el encierro” me dijo el papá de una amiga cuando al teléfono le pregunté cómo se encontraba. Un señor que, pasados los ochenta años, con la vida a cuestas, varias muertes acumuladas después-durante el exilio y lo que conlleva para cada uno, en la edad que se tenga durante la cuarentena, el poder observar la vida, seamos conscientes o no de ello.

Darse el tiempo, la dedicación, de observar poco de nuestro día a día para vernos a nosotros mismos en este encierro, en un ser aquí o ahí del acontecimiento que estuvo latente cien años. Hace cien años una pandemia como la que ahora me convoca a escribir en confinamiento y dar testimonio, un testimonio no empírico, ontológico.

El encierro no me toma por sorpresa, incluso puedo afirmar que estoy acostumbrada a ello, y no necesariamente por ser antisocial, sino porque he aprendido a deambular entre el adentro y afuera de mi propia sexualidad. Salir del closet es un eufemismo, siempre tienes un pie dentro y otro fuera porque las pandemias se dan en las sociedades que invisibilizan a los/las que son asintomáticos; la homosexualidad de las mujeres ha sido asintomática en este y otros países por conveniencia y por comodidad. 

El encierro de esta pandemia reproduce esos y otros temores, desde los más sutiles hasta los más sofisticados, todos propios de la condición humana. Lo que prevalece es el miedo al otro/otra y una obsesión por volvernos la policía de nosotros mismos, ya sea en la calle, cundo salimos a pasear a las mascotas o vamos a hacer compras de víveres, quienes podemos quedarnos en casa, a costa de los que no pueden. En las redes sociales, donde una minoría, opina, dice, cuestiona, interpreta, juzga, condiciona, cede. Cede a la incipiente necesidad de decir algo, de contarnos algo de su propio encierro. Ya no se necesita la policía del gobierno porque nosotros mismos hicimos posible la ficción de Orwell y la biopolítica de Foucault.

En pocos meses, los que llevamos en pandemia global, cedimos a la ciencia, a la tecnología, a la bioseguridad, a la metafísica de la presencia, por miedo a nuestra propia muerte. Los gobiernos se engolosinan con la biometría que vamos dejando en cada portal, en cada aplicación que bajamos, en cada seguimiento que damos vía nuestra telefonía móvil o sistema de internet. Estamos expuesto, no solo al virus, también a nuestra privacidad. 

La pandemia se volvió una numeraría del hacer. Nos volcamos a la virtualidad para estar presentes, para acompañar y sentirnos acompañados. Pero hay días que lo siento todo tan artificial y forzado. Son los humores del encierro. A veces un exceso de verborrea otros de silencio. Derrida dice que la pulsión de muerte es el proceso del mal de archivo. El archivo no solo es la memoria también la historiografía. Todo lo que decimos se queda en este archivo virtual. Hacemos, al tiempo que interpretamos.

Dejamos entrar sin condición a lo más privado de nuestros hogares vía la imagen, el video, la escritura. Me incluyo. Llevo años haciéndolo para evidenciar mi propio encierro. Tengo una anécdota que da cuenta de ello: regresaba de un viaje de ocho meses y quedé con una amiga para comer. Nos saludamos con cariño y empezamos a platicar. Rápidamente me interrumpió “no me cuentes más, lo he leído todo”. Todo lo que había escrito alguno de mis blogs a manera de diario, como lo hago ahora.

La pandemia también evidencia la gran desigualdad en el mundo. Para evitar la enfermedad y sobre todo el contagio es necesario quedarse en casa. Si no puedes quedarte en casa y te enfermas corres el riesgo de no poder acceder al servicio de salud porque los recortes presupuestales de los últimos cuarenta años al sistema de salud público apostaron por lo político y no por lo social.

La pandemia no solo tomó por sorpresa a los gobiernos y sus instituciones, también evidenció que la economía mundial está agarrada con pinzas, con lo hilos de la especulación en el consumo. Ya lo vimos con la caída del precio del petróleo, con el cierre de ciertas industrias que acumulan pérdidas y con la recesión que nos espera una vez terminado el confinamiento global y antes de que inicie la segunda oleada de la pandemia (siempre y cuando no se encuentre una cura, una vacuna, antes de septiembre-octubre de este 2020).

En cadena se evidenciaron los infructuosos esfuerzos de ocultar lo que en cuestión de los derechos sociales y el supuesto bienestar social era irreconciliable con la precarización de la mayoría. Lo que creímos en cuarenta años del buen vivir a crédito, se desmoronó en casi todo el mundo, salvo en ciertas economías, como la estadounidense, donde la gente se amotina en las calles (contrario a la instrucción de los gobiernos) para que los dejen salir. Salir a hacer la vida de consumo a la que están acostumbrados. Dóciles compradores de experiencias que no pueden vivir el encierro porque les prometieron la libertad incondicional (la kantiana, el imperativo categórico).

Otros gobiernos, por su parte, arremetieron contra el otro. La cereza en el pastel de las políticas de derecha en Europa y América que necesitaban un empujón, un pretexto para terminar de cerrar sus fronteras. Lo nunca antes visto desde el fin de la guerra fría, cerramos las fronteras de las naciones, de las casas y de los cuerpos. Sin necesidad de la fuerza, solo del biopoder que “desborda así el dominio de lo jurídico, del ámbito punitivo, para volverse una fuerza que penetra y constituye el cuerpo del individuo moderno” (Preciado, 2008).

El poder que “calcula técnicamente la vida en términos de población, salud e interés nacional” (Preciado, 2008), pero no de forma equitativa, como hasta ahora lo hemos visto. Se hace el intento por dar servicio y atención médica a quienes se contagian, por asignar una cama en un hospital a quienes tienen una enfermedad más grave, y disponer de un ventilador para quienes han dejado de respirar por sí solos. Existen personas más susceptibles al contagio y a la muerte que otras, ya sea por la edad, por sus comorbilidades o por sus precariedades históricas. 

¿Quién decide lo que se debe hacer con la población más vulnerable que hace eco de las “arquitecturas disciplinares”, especialmente aquella que ya vive un encierro previo, ya sea en la prisión o la estación migratoria? ¿Quién decide cuando el derecho no es a la justicia sino la justicia al derecho? ¿Quién escribe el manual de bioseguridad y el de bioética? ¿Quién escribe el manual del buen morir?

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