ensayista, literata y filósofa

¿Brexit light para 2019?

Lo que no se hizo en estos dos años del referéndum realizado en 2016 en Gran Bretaña, donde se apostó su salida de la Unión Europea, empieza a poner en riesgo la propia lógica (inadmisible) del por qué se optó por cerrar comercio exterior y recrudecer las leyes migratorias por la escalda de refugiados sirios en el resto de Europa.

Sobre los antecedentes y el cómo viví este escenario en 2016, mientras realizaba la investigación que lleva por título Cartografía de las fronteras. Diaria de campo,* Roxana Rodríguez (2016), comparto el capítulo tercero de dicho libro:

La utopía de las no fronteras en el espacio Schengen

Quizás la idea de Europa fuera y siga siendo una utopía…

Pero ha sido y sigue siendo una utopía activa,

luchando por fusionarse y consolidar acciones

por lo demás desconectadas y multidireccionales.

Cuán activa resulte ser esa utopía dependerá

en última instancia de sus actores.

Zygmunt Bauman

 

 

Desde hace más de dos décadas que sigo muy de cerca los cambios que ha sufrido la Unión Europea a raíz de la entrada en vigor del Acuerdo Schengen (1995), de la adhesión de un bloque importante de países a partir del siglo XXI, especialmente de Europa del Este (2004, 2007 y 2013), y sobre todo con el uso de la moneda única, el Euro (2002). Este seguimiento ha sido, en la mayoría de las veces, presencial pues desde 1993 (año en que el Tratado de Maastricht establece la Unión Europea) he sido una turista, estudiante y migrante recurrente, asentándome la mayoría de las veces en Barcelona, lo que me ha permitido viajar por el resto de Europa, Medio Oriente y norte de África con pasaporte mexicano. Esto es importante mencionarlo, hacer la distinción, porque sin duda los controles migratorios se viven diferente según el “color” de tu pasaporte y la procedencia del mismo.[1]

De igual forma, hago énfasis en la distinción en mi estatus migratorio porque durante los meses o años que he vivido en Barcelona, como los veranos que he estado solo de paso, suman para entender los diferentes cambios en las leyes de extranjería, por ejemplo, que sin duda se han recrudecido desde el 2002, cuando llegué a estudiar al doctorado, al 2016 que regresé para hacer una estancia de investigación de seis meses. En cada uno de estos momentos, además, me he topado con distintas crisis de movilidad humana que han hecho de la Unión Europea un caldo de cultivo de parches que funciona de forma temporal, pero que no da una solución a largo plazo con respecto a las políticas migratorias, de asilo y refugio.

Recuerdo por ejemplo la crisis económica argentina de principios del siglo XXI, cuando miles de personas pudieron optar por cambiar su pasaporte por uno italiano o español principalmente, y entrar como miembros de la Unión Europea.[2] Esto les daba ventaja para conseguir trabajos regulares sobre las otras comunidades americanas que migran normalmente a Europa: los bolivianos, los peruanos, los colombianos, los ecuatorianos. Migrantes económicos todos ellos (a diferencia de la comunidad mexicana, que casi siempre somos migrantes culturales que vamos a estudiar o viajar por un tiempo determinado, contrario a lo que sucede con la migración mexicana a Estados Unidos), que en muchos casos no contaban con papeles y tenían que trabajar en negro pues a las empresas no les interesaba tramitarles las visas de trabajo derivado de un aumento de la oferta de mano de obra barata, especialmente para las industrias del servicio, la construcción y el turismo, que en Barcelona empezó a crecer considerablemente en esos primeros años del presente siglo.

A partir del 2005 se recrudecen los controles fronterizos de la migración africana que cruza por Melilla.[3] En 2015-2016 observamos un fenómeno similar que colapsa incluso el Acuerdo Schengen, pues no solo varios países decidieron cerrar sus fronteras internas (Alemania, Austria, Dinamarca, Francia, Malta, Noruega y Suecia), amparados en los Art. 23, 24 y 25 del Código de fronteras Schengen;[4] sino que otros países, integrantes y no integrantes del espacio Schengen, empezaron a levantar vallas alambradas donde antes no los había (Hungría, Macedonia, Bulgaria) para impedir el paso de millones de refugiados sirios, afganos e iraquíes que llegaron a las costas europeas (Italia y Grecia, principalmente) desde el primer semestre de 2015.

Así, a pesar de que la demografía de los países europeos supone un porcentaje menor de la población total del resto del mundo (por ejemplo, la delegación de Iztapalapa de la Ciudad de México, tiene más de los tres millones de habitantes que viven en Barcelona), la capacidad de acogida es menor a la que se puede observar en otros lados del mundo, como Estados Unidos, Canadá, Australia, por mencionar solo algunos de los puntos de llegada más socorridos por las personas que ven en la migración una mejora en sus condiciones de vida, ya sea por cuestiones económicas o por la violencia institucionalizada en sus lugares de origen.

La diferencia, desde mi perspectiva, en el tratamiento que se le da al fenómeno migratorio o de movilidad humana, por lo menos entre el resto de los continentes (América, Asia, África, Australia) y Europa se debe a lo que Foucault menciona referente a la vigencia de los ideales liberales que enfatizan el enriquecimiento en bloque –que será también lo que paradójicamente provoque el desequilibrio que se vive actualmente en la Unión Europea:

Se perfila algo que es una idea nueva de Europa, una Europa que ya no es en absoluto la Europa imperial o carolingia más o menos heredada del Imperio romano y referida a estructuras políticas muy específicas. Es una Europa del enriquecimiento colectivo, una Europa como sujeto económico colectivo que cualquiera sea la competencia que se produzca entre los Estados, debe avanzar por un camino que será el del progreso económico ilimitado. (Foucault, 2012: 62)

En este sentido, considero que el análisis comparativo que hace Foucault entre el ordoliberalismo alemán y el liberalismo estadounidense es clave para comprender las dinámicas sociales derivadas de la mundialización, en el sentido literal del uso lingüístico francés, un pequeño giro que convoca “a todo el mundo en torno a Europa” (Foucault, 2012: 62). No me detendré en detallar las particularidades de cada uno porque no es materia de este libro, aunque no se puede entender lo que sucede en la Unión Europea si no se comprende que ésta es, ante todo, una economía política movida por un mercado único que hace frente al resto de las regiones, y fundada sobre los principios básicos del liberalismo:

El arte de gobernar programado hacia la década de los treinta por los ordoliberales y que hoy se ha convertido en la programación de la mayoría de los gobiernos en los países capitalistas, pues bien, esa programación no busca en absoluto la constitución de este tipo de sociedad [uniforme a través del consumo]. Se trata, al contrario, de alcanzar una sociedad ajustada no a la mercancía y su uniformidad, sino a la multiplicidad y la diferenciación de las empresas. (Foucault, 2012: 161)

Con base en esta racionalización el(los) gobierno(s) tiene(n) que lidiar con la ciudadanía, la soberanía y el territorio, mediante lo que Foucault denomina “gubernamentalidad” que abarca “el conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esa forma bien específica, aunque muy compleja, de poder que tiene por blanco principal la población, por forma mayor de saber la economía política y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad” (Foucault, 2008: 115) [las cursivas son mías].

La racionalización de gobierno permea cualquier intento de constructo social o cambio social mediante lo que Foucault denomina las tecnologías de poder. En este sentido, es que resulta indispensable deconstruir cada una de las capas que le dan forma a esa racionalización. Para ello propongo, como se puede observar en la tabla del capítulo primero, el análisis de tres planos conceptuales: la ciudadanía, el territorio y la soberanía de frente a las fronteras del espacio Schengen (y en continuidad con lo que ya analicé en el capítulo segundo, específicamente los tres momentos del proceso autoinmune de las fronteras del Estado-nación).

El análisis de estos tres planos de contenido me permite estudiar modelos de sociedad distintos (principalmente el cosmopolita) a los que ya he analizado en mis investigaciones previas (intercultural y multicultural), especialmente en las fronteras sur y norte de México. También me permite analizar los enfoques de la política interna y la política exterior, centrados en la seguridad de la Unión Europea, en el bloque económico, en el mercado único, pero no en la población ni en la libertad de circulación, por lo menos no como se piensa en los ideales de un modelo de sociedad cosmopolita, sino como un dispositivo de seguridad que, como observa Foucault, “tratará de acondicionar un medio en función de acontecimientos o de series de acontecimientos o elementos posibles, series que serán preciso regularizar en un marco polivalente y transformable”. Estos acontecimientos, como la mal llamada crisis de refugiados, casi siempre son temporales y aleatorios, pero se “inscriben en un espacio dado” (Foucault, 2008: 34).

En este sentido, cuando me refiero al fracaso de la utopía del espacio Schengen aludo específicamente a que ha prevalecido, incluso por encima de los derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho (valores de la Unión Europea), el tema de la seguridad, de la frontera de la securitización, paradójicamente, una seguridad que no queda en manos del Estado, sino de las empresas privadas, como lo analizaré más adelante.

 

Las fronteras del espacio Schengen: el laboratorio de lo que está por venir

Por primera vez estudio las fronteras del otro lado, del lado del colonizador, del que dirige las políticas internacionales y del lado de quien decide el devenir de los migrantes y refugiados (antes lo había hecho solo viendo hacia el Norte, no desde el Norte). Situación que me ha permitido escuchar a la gente de a pie, a los académicos, a los representantes de la sociedad civil y a los políticos. Es lo que tiene estar de sabático en un momento crítico para el devenir de las sociedades, y sobre todo para la fractura del Estado-nación. [5]

Si bien es cierto que la idea inicial de mi estancia era estudiar otras fronteras, decidí no dejar pasar la oportunidad (en sentido epistemológico) de lo que considero el fracaso de la utopía de las no-fronteras de la Unión Europea en tres niveles principales, el que se vincula con la ciudadanía desde la perspectiva de modelo de sociedad cosmopolita; el segundo, el que se refiere al territorio, aludiendo específicamente a las regulaciones vigentes en la Unión Europea y a un enfoque de seguridad interna; el tercero, al de soberanía, con base en la política exterior.

Para ello parto de dos de las variables más cuestionadas y analizadas de la globalización que son justamente su determinante excluyente y su pretensión de universalidad, las cuales, desde mi perspectiva, debemos integrarlas a los modelos de sociedad que se propongan en el por-venir, sin menoscabo de la crítica necesaria que se debe hacer a cualquier economía política vigente, y con la intención de superar las contradicciones internas de la ciudadanía social, dado que, como afirma Balibar, “los valores inherentes a las reivindicaciones de los derechos universales (que hemos agrupado bajo el nombre de igual-libertad) ya no desempeñan ningún papel en su funcionamiento y su desarrollo (incluso en su condición de fuerza, de resistencia o de oposición)” (Balibar, 2013: 175).

Este punto me parece el más preocupante porque desde los años ochenta del siglo pasado existe, por lo menos en los estudios fronterizos entre México y Estados Unidos, un vocabulario amplísimo de cómo documentar, nombrar, aludir a todos aquellos que migran de forma irregular, pero casi siempre es un vocabulario de imposición, “donde el que llega se debe adaptar a lo que hay”. Así fue con los migrantes mexicanos hicieron comunidad, hasta lograr ser la minoría más representativa en los Estados Unidos, en parte porque lograron diferentes formas de sincretismo, otro tanto gracias a la agencia política, aunque el glosario asimilacionista nunca ha dejado ser un lastre para todos aquellos que de alguna forma quieren o deben formar parte de una nueva cultura (otra forma de epistemicidio).[6]

De igual forma, como lo comenté en el primer capítulo, estudiar las fronteras verticales y horizontales del espacio Schengen es otra manera de darle continuidad al modelo epistemológico de la frontera; un modelo no universal y que se presta para hacer estudios fronterizos comparativos, donde conceptos como hospitalidad, en sus diferentes acepciones del término, son indispensables considerar para ampliar el glosario de lo que “está por venir”, derivado de la ausencia de políticas claras con respecto al tratamiento que se les debe dar a los refugiados que están llegando masivamente a las costas europeas, y, en general, a los migrantes que transitan por el resto del mundo.

Encuentro en estos aspectos culturales, específicamente en el de la construcción identitaria, el énfasis para abordar un modelo epistemológico de la frontera, porque permite avanzar a modelos interdependientes de sociedad, a pesar de que los problemas sociales actuales se “producen a escala global, mientras que los instrumentos de acción política legados por los constructores de los estados-nación se cortaron a la medida de los servicios que dichos estados-nación territoriales requerían” (Bauman, 2015: 270). Esto provoca que las actuales políticas migratorias y de asilo sean una mera coartada retórica para fundamentar la ausencia de un proyecto europeo basado en un modelo de sociedad que beneficie a los ciudadanos.

Pienso, por ejemplo, en el plan Barcelona Ciudad Refugio, que inició en septiembre de 2015, una iniciativa sin duda innovadora, que tiene trazos de dos propuestas que desarrolló Derrida, y que desde mi perspectiva son características indispensables de lo que podría ser un modelo de sociedad cosmopolita en el presente siglo. La primera de ellas es la hospitalidad absoluta (contraria a la hospitalidad condicionada de Kant); la segunda se refiere justamente a la ciudad refugio: “Whether it be the foreigner in general, the immigrant, the exiled, the deported, the stateless or the displaced person (the task being as much to distinguish prudently between these categories as is possible), we would ask these new cities of refuge to reorient the politics of the state” (Derrida 2001: 15).

Entre las acciones del plan Barcelona Ciudad Refugio se contempla “dar respuesta a la crisis humanitaria actual y preparar la ciudad para acoger y asistir a las personas refugiadas, proveerlas de los servicios necesarios y garantizar sus derechos” (Ayuntamiento de Barcelona, 2016). Resalto en cursivas “preparar a la ciudad para acoger” porque esto es un ejemplo del caldo de cultivo de parches al que me referí anteriormente. Existe una tradición migratoria constante, cíclica hacia Europa, y aun así se sigue improvisando en las políticas que se deben implementar para “acoger” a las personas. Esta ausencia de visión a largo plazo se junta con una “crisis de identidad europea”, que hace mucho más complicado que la ciudadanía sea empática con los extranjeros durante los procesos de acogida de refugiados y migrantes en general, no solo en España, como se ha visto en los últimos meses.

Otro ejemplo de políticas públicas ajeno a las necesidades de los migrantes es un programa previo denominado Barcelona Intercultural 2012-2015 que “se enmarca dentro de la Dirección de Derechos de Ciudadanía e Inmigración, y depende, por tanto, del Área de Derechos de Ciudadanía, Participación y Transparencia del Ayuntamiento de Barcelona”. Este programa está pensado desde una forma de colonialismo interno puesto que a pesar de que una de sus líneas de acción propone dar a conocer la diversidad cultural presente en la ciudad, favorece el uso de una sola lengua, la catalana, “como función cohesionadora”. Lo que en algunas situaciones puede ser visto, y aplaudido, como una emancipación cultural (el movimiento independentista catalán, por ejemplo), en otras es visto como imposición cultural (acogida de migrantes y refugiados), especialmente cuando se habla de un programa intercultural donde se privilegia “el uso y el conocimiento del catalán como lengua común, que convive y se enriquece con la diversidad lingüística propia de la sociedad catalana actual” (Ayuntamiento de Barcelona, 2016).

En este sentido, si lo que en sus inicios (1950) se pensó como una solución para transitar de una época de guerra a otra de paz mediante la firma de convenios particulares (específicamente el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1952) que pudieran unificar la Europa de mediados del siglo pasado y evitar conflictos posteriores, como los que ya habían azotado a la región en varios momentos; en este siglo, 65 años después de su creación, la Unión Europea es un proyecto incompleto que contraviene sus propios compromisos de frente a la población europea y no europea.[7]

Puedo situar por lo menos tres momentos que han sacudido el proyecto europeo durante el presente siglo: la crisis financiera internacional de 2008 que impactó principalmente a Grecia (Grexit), España, Portugal, Irlanda y Chipre; la actual crisis de refugiados; y sin duda, el reciente referéndum realizado en Reino Unido, donde un porcentaje de la población británica apoyó la salida del país de la Unión Europea (Brexit):

Again from this point of view the comparison between Grexit and Brexit could prove instructive. The weakness of Greece–abandoned by all those who logically ought to have supported its demands–has led to a regime of internal exclusion; conversely, the relative strength of the UK (which can count on solid support within the EU) will doubtless lead to an accentuated form of external inclusion. Is that to say that this isn’t a turning point? Obviously not. Let’s briefly examine the ‘British side’ and the ‘European side,’ before explaining why they are not separable, but instead represent two sides of one same coin. (Balibar, 2016: 112)

De frente a este panorama no tan optimista con respecto a los ideales de lo que en sus inicios fue la conformación de la Unión Europea, es que propongo pensar sus fronteras internas y externas más allá de la utopía que presupone el espacio Schengen.[8] Una utopía que en el imaginario colectivo se vincula con el modelo de sociedad cosmopolita, a pesar de que los filósofos que lo pensaron, especialmente Kant, que se refirió al derecho cosmopolita, no lo asociaba propiamente con una “república mundial” por las complejidades epistémicas que implica pensar en una “soberanía internacional”.[9]

Es decir, lo que actualmente ha puesto en jaque al proyecto europeo es solo la punta del iceberg de una serie de situaciones no resueltas que ha ido arrastrando la Unión Europea desde su creación. Con ello no quiero decir que todo lo que se ha hecho en más de medio siglo sea incorrecto, todo lo contrario, considero que ha sido un proyecto visionario de comunidad que, desafortunadamente, como los son los grandes proyectos teóricos, al momento de llevarlos a la práctica es que empiezan a fallar. Sin duda la Unión Europea ha promovido grandes cambios en el bienestar de la mayoría de su población, pero, lamentablemente, ese bienestar, a su vez, ha provocado un recelo desmedido contra el otro, el extranjero, el migrante, el refugiado. Un temor irracional de “perder” lo que hasta ahora se ha conseguido:

Hay un mito romántico en el que Europa era un lugar de defensa de los derechos humanos. Es un discurso hegemónico que no permitía ver lo que se estaba dejando fuera. Con la crisis, el terrorismo, etcétera se ha visto que esta idea romántica no ha tenido nunca razón de ser. Existía porque la Europa de después de la guerra tenía el control de las personas que quería para trabajar. Con los refugiados de ahora ya no es posible controlar, es demasiada gente. Entonces todos los tratados, que la UE debía cumplir, se convierten en papel mojado. Los tratados de asilo dicen que nunca debe haber una deportación colectiva, y así están deportando. Ha habido una idea de Europa como la imperialista buena. Por ejemplo: Israel destruía Palestina y la UE llegaba y reconstruía. Ahora las cosas son distintas, porque Europa tiene un problema. Tal vez si el capitalismo financiero no hubiese logrado destruir la autoestima de griegos, portugueses, españoles y fomentar la extrema derecha, la crisis de los refugiados hubiese sido resuelta de mejor forma, con unos ciudadanos europeos con más confianza y menos temor (De Sousa en Andrades & Marín, 2016).

 

Externalizar las fronteras: el negocio del outsoursing

 

Como en su momento lo comenté con algunos colegas que me preguntaban sobre mi experiencia en la Unión Europea durante esta última década, considero que el saldo para la población que forma parte de ésta es positivo (especialmente en los ámbitos de educación, acceso a la cultura y actividades de entretenimiento, aunado a la posibilidad de movilidad humana interna y externa), pero el costo para mantener la maquinaria es altísimo para los países que la sostienen, específicamente los del norte de África, en distintos niveles: demográficos, energéticos, de securitización de sus fronteras y medioambientales:

Estos desafíos son demográficos: las poblaciones europeas envejecen, se estancan y se enfrentan a una joven población africana en aumento que ejerce una presión migratoria. Son energéticos: Europa necesita hidrocarburos, carbón e incluso energía solar procedente del continente africano. Son culturales y lingüísticos: África habla los idiomas de los colonizadores francófonos, anglófonos y lusófonos. Son securitarios: con la necesidad de asegurar las rutas marítimas y el clima de negocios para las empresas europeas y de recluir al yihadismo en África. Y, por último, los desafíos son medioambientales: existe una complementariedad en la captación y el almacenamiento de los gases de efecto invernadero (GEI), por ejemplo mediante la salvación de los bosques, y en la adaptación a los cambios climáticos y la resistencia frente a ellos. (Hugon, 2011: 68)

En este sentido, se puede afirmar que el proyecto como tal ha sido muy costoso para muchas personas, especialmente aquellas que ahora, con justicia histórica, demandan asilo en las costas europeas, pero que actualmente no solo no son escuchados, sino que empiezan a ser anulados, ignorados, desplazados fuera de sus lugares de origen y se encuentran en condiciones más precarias de las que habían huido, derivado de la política de exteriorizar las fronteras condensada en la “ruta detallada con todas las etapas concretas necesarias para volver a ordenar la gestión de las fronteras exteriores e interiores de la UE”, presentada en marzo de 2016.

En el boletín de prensa que da cuenta de esta sesión, se citan las palabras del comisario de Migración, Asuntos de Interior y Ciudadanía, Dimitris Avramopoulos, quien defiende la política exterior de reforzar la seguridad interna de la Unión Europea, sin menoscabo del costo social que esta agenda pueda conllevar para los refugiados:

En esta hoja de ruta presentamos las próximas etapas que debemos afrontar juntos para devolver lo antes posible la normalidad al funcionamiento del espacio de Schengen y que requieren la adopción de una serie de medidas importantes. En primer lugar, todos los Estados miembros deben acatar las normas: es preciso poner fin a la política de “permitir el paso”. Además, los Estados miembros deben conceder acceso a los solicitantes de asilo, pero denegar la entrada a quienes tengan meros fines de tránsito. En segundo lugar, hemos de subsanar las graves deficiencias detectadas en nuestras fronteras exteriores, pues obviamente nuestro espacio interior libre de controles fronterizos solo puede existir si protegemos firmemente nuestras fronteras exteriores. Para ello, los Estados miembros deben adoptar sin demora la propuesta de la Comisión relativa a la Guardia Europea de Fronteras y Costas presentada en diciembre [de 2015], de manera que pueda empezar a aplicarse ya en el verano. Ha llegado el momento de que los Estados miembros trabajen codo a codo, unidos por el interés común de salvaguardar uno de los mayores logros de la Unión. (Comisión Europea, 2016)

Desde mi perspectiva, era previsible que la Unión Europea llegara a la decisión de exteriorizar las fronteras del norte del Mediterráneo y dar carpetazo al tema de los refugiados y los migrantes sirios, afganos, iraquíes, marroquíes y todo aquel que quisiera intentar llegar al viejo continente. Hace algunos años ya lo había hecho España con Marruecos, ahora lo hace Bruselas, en nombre de los 28 representantes de los países europeos, con Turquía. ¿Y por qué era previsible?

Los debates sobre el territorio son amplios y a veces ambiguos, casi siempre aluden a la falacia naturalista kantiana de que la Tierra es redonda y finita.[10] Un argumento pertinente para la diégesis lógico-dimensional que sirve de pretexto y parcela el territorio de diferentes maneras, no solo como propiedad privada, sino también como soberanía territorial, uno de los conflictos que con la mal llamada crisis de refugiados salió a flote en varios países donde la derecha también ha ganado escaños debido a las facultades que tiene cada Estado miembro de la Unión Europea y del espacio Schengen para detener, deportar o brindar asilo a los refugiados de acuerdo a como está previsto en la regulación Dublín III, donde se estipula:

Artículo 13

Entrada y estancia

  1. Si se determina, atendiendo a pruebas o a indicios según se describen en las dos listas citadas en el artículo 22, apartado 3, del presente Reglamento, incluidos los datos mencionados en el Reglamento (UE) no 603/2013, que el solicitante ha cruzado la frontera de un Estado miembro de forma irregular por vía terrestre, marítima o aérea, procedente de un tercer país, el Estado miembro en el que haya entrado de tal forma será responsable del examen de la solicitud de protección internacional. Esa responsabilidad cesará 12 meses después de la fecha en que se haya producido el cruce irregular de fronteras. (Parlamento Europeo y el Consejo de la UE, 2013)

Lo que provocó la crisis en territorio europeo con la llegada de refugiados a mediados de 2015 fue el cuello de botella derivado de la ambigüedad del propio reglamento. Es decir, la mayoría de los refugiados querían, por un lado, llegar lo más al norte que se pudiera (frontera vertical), pero la instrucción desde el norte fue justo frenar la oleada de refugiados en la frontera horizontal del Mediterráneo. Los países del sur europeo hicieron lo propio, pero al momento de registrar a los refugiados, quienes tendrían que hacerse cargo de ellos serían justamente los países del sur, como se lee en el Artículo 13 arriba citado y resaltado en cursivas, pero dadas las desventajas que éstos presentan frente al resto de los países del norte de Europa, la primera reacción de muchos de sus gobernantes fue negarse a acoger a los miles de migrantes que a diario estaban entrando por las costas europeas.

En la actualidad, esta falta de consenso en la agenda migratoria europea y la presión que ha recaído en los países del este y del sur de Europa sirve de pretexto para que gobiernos como el de Hungría, auspiciados por la oleada populista de los referéndums, planee su salida de la Unión Europea:

El gobierno húngaro, que ya votó en su momento en contra de la reforma, continúa con su postura anti-inmigración. El primer ministro, Viktor Orban, conocido por sus posiciones extremistas en este asunto, ya anunciaba su opinión hace dos meses. Afirmaba en un discurso que el verdadero propósito de Bruselas asentando refugiados en Hungría es “reformar los principios éticos de Europa, cambiando, a su vez, las bases culturales y religiosas”. Orban anima a los ciudadanos húngaros a votar en contra, es decir, “por la independencia de Hungría”. (Selva Ortiz, 2016)

Derivado del cuello de botella provocado por el propio reglamento, Alemania toma la decisión de no aplicar el Dublín al pie de la letra en agosto de 2015, en parte, como afirma Bauman, porque “cada unidad territorial formalmente soberana podría servir hoy en día como un vertedero de problemas originados mucho más allá del alcance de sus instrumentos de control político” (2015: 270). Otro tanto porque los propios refugiados se negaban a registrase por temor a quedarse atrapados en la burbuja burocrática en un país en el que no querían vivir y preferían seguir avanzando hasta llegar a Alemania, una vez que Merkel presentó su política de puertas abiertas, también en agosto de 2015, que le costó el liderazgo europeo meses después.

Con la ambigüedad legal que supuso la acción de Alemania tampoco se respetaron otros acuerdos, como el sistema de reparto de asilados en Europa por cuotas.[11] Lo que desembocó en la entrada en vigor del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía que viola en todos los niveles la legislación vigente, principalmente en derecho internacional y derechos humanos, y, paradójicamente, el único beneficiado de esta situación es Erdogan, presidente turco.[12] Insinúo, paradójicamente, en el sentido del segundo momento del proceso autoinmune de las fronteras del Estado-nación al que me referí en el capítulo dos que alude específicamente a la externalización de las fronteras:

Pero hay algo más y que nunca se pondrá por escrito en las negociaciones: Erdogan ve esta crisis como una oportunidad para rehabilitarse internacionalmente y resarcirse de las críticas que políticos y medios de comunicación europeos han hecho de su forma de gobernar. No hay duda de que con esta crisis Turquía ha empezado a cotizar al alza en el mercado político e institucional europeo. Y, aunque de forma menos evidente, algo parecido sucede en Ankara. El «anclaje europeo» empieza a recuperar valor en una Turquía que se siente amenazada y aislada. Los bombardeos y el despliegue de tropas rusas en Siria han tensado las relaciones entre Ankara y Moscú, y Oriente Medio no es el espacio de proyección política y económica que Turquía había imaginado en 2011. (Soler, 2015: 35)

En este sentido, lo único que tendrían que hacer los países del sur de Europa sería detener y deportar a los refugiados, de preferencia hacer deportaciones masivas y en caliente, que contravienen su propia legislación mediante la instauración de los puntos críticos (hot spots) como se indica en la Agenda Europea de Migración:

En primer lugar, la Comisión implantará un nuevo enfoque de «puntos críticos», en los que la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (OEAA), Frontex y Europol trabajarán sobre el terreno con los Estados miembros situados en primera línea para proceder rápidamente a la identificación, el registro y la toma de huellas dactilares de los migrantes. Los trabajos de las agencias se complementarán mutuamente. Los solicitantes de asilo serán inmediatamente canalizados a un procedimiento de asilo en el que los equipos de apoyo de la OEAA ayudarán a tramitar lo más rápidamente posible los casos de asilo. Para las personas que no necesitan protección, Frontex ayudará́ a los Estados miembros coordinando el retorno de los migrantes irregulares. Europol y Eurojust ayudarán al Estado miembro de acogida en sus investigaciones con vistas al desmantelamiento de las redes de tráfico y trata de seres humanos (Comisión Europea, 2015).

Si bien es cierto que muchas personas tienen en mente como destino final Europa, la Unión Europea, derivado de un estado de bienestar distinto al que podemos acceder en nuestros países de origen (especialmente quienes venimos del Tercer Mundo), o derivado de, como ya lo mencioné, crisis económicas y, en la última década, a partir de 2001, de las mal denominadas guerras contra el terrorismo en Medio Oriente, perpetradas por los democracias occidentales (véase el capítulo dos para entender mejor este fenómeno), que han provocado el desplazamiento forzado de millones de personas a los países del norte de Europa (mayor al desplazamiento ocurrido durante la segunda guerra mundial); también es cierto que quienes más se han beneficiado con estas oleadas de refugiados son las poblaciones, los gobiernos y las industrias europeas. No solo porque los refugiados sirios, por mencionar un ejemplo, tienen un bagaje cultural y profesional superior a la media de los migrantes económicos, sino porque prácticamente todo el andamiaje de control fronterizo se realiza mediante outsourcing, donde “esa multiplicación de la forma de ‘empresa’ dentro del cuerpo social constituye, creo, el objetivo de la política neoliberal. Se trata de hacer del mercado, de la competencia y por consiguiente de la empresa, lo que podríamos llamar poder informante de la sociedad” (Foucault, 2009: 161).

Revísense por ejemplo las principales acciones que ha realizado Frontex, agencia creada en 2005 para mejorar la gestión de las fronteras externas y coordinar operaciones estratégicas entre los estados miembro.[13] También se pueden revisar varios de los programas que Frontex ha emprendido, como el EUROSUR (2013), después del naufragio masivo de Lampedusa, que supuestamente entra en vigor para evitar tragedias humanitarias, pero que en realidad es un programa para controlar las fronteras exteriores de la Unión Europea que consiste en:

[…] un sistema de vigilancia e intercambio de información diseñado para que los miembros de la red (Frontex y estados miembro) puedan compartir en tiempo real, datos relacionados con las fronteras a través de sus centros de coordinación nacional. Uno de los objetivos fundamentales de EUROSUR es evitar la entrada de migrantes y refugiados a la UE a través de un proceso de externalización de fronteras. Este proceso financia proyectos de colaboración como el Plan África español, mediante el cual la UE ha implementado sistemas de vigilancia en las costas de Mauritania o Senegal y ha establecido una red de Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) en países del norte de África. (Ortiz & Quiroga, 2014)

Además del EUROSUR, se han financiado otros programas como el Perseus, que consiste en “un sistema de vigilancia e intervención de la zona prefronteriza del Mediterráneo” (Ortiz, 2014).[14] Programas como el Perseus se han financiado usando fondos de la Unión Europea, específicamente del programa de investigación y desarrollo denominado FP7 (Seventh Framework for Research), que comprende del 2007 al 2013 (Comisión Europea, 2016)[15]. Aunque este programa ha concluido, y ya existe el sucesor (Horizon 2020), a la fecha todavía existen proyectos de securitización de fronteras externas (e internas) financiados por éste.

Lo que más llama la atención de estos programas, como ya lo mencioné arriba, es el impacto en lo económico, más no en lo social, en la defensa de los derechos humanos de los refugiados. Lo que, de alguna forma, me hace pensar que la crisis de refugiados en realidad sirvió para reactivar la economía en Europa derivado de sus políticas de externalización de fronteras (así como en otros momentos, hacer la guerra en países de Medio Oriente reactiva la economía estadounidense):

La evaluación ex post del 7º Programa Marco muestra que los 55 000 millones de euros invertidos en la investigación y la innovación en la UE durante siete años han resultado ser muy atractivos para los participantes del sector privado, incluido un número récord de pymes, lo que ha contribuido a reforzar la competitividad de las industrias europeas. El programa también puso en marcha cinco iniciativas tecnológicas conjuntas en ámbitos clave como los medicamentos innovadores y las pilas de combustible e hidrógeno.

Además, la evaluación ex post también constató que el FP7 ha tenido un impacto significativo en la creación de crecimiento y empleo en Europa. Los expertos han previsto que las inversiones con cargo al FP7 actuarán de detonante de un crecimiento económico de 20 000 millones de euros anuales aproximadamente durante un periodo de 25 años, es decir, 500 000 millones de euros en total, a través de sus efectos económicos directos e indirectos. También se estima que el programa es responsable de la creación de 130 000 empleos en investigación al año en un periodo de diez años y de 160 000 puestos de trabajo suplementarios por año durante 25 años. (Comisión Europea, 2016)

 

El por-venir o los límites de la ciudadanía social

Como se puede observar, estas políticas liberales corroboran lo que Foucault mencionó hace algunos años: “La libertad no es otra cosa que el correlato de la introducción de los dispositivos de seguridad” (Foucault, 2008: 61). Un correlato que se vincula íntimamente con la economía política, con la mundialización, y curiosamente, con la posibilidad de movimiento condicionada. Es decir, lo que en otros momentos he analizado, la diferencia entre el uso incondicional del imperativo categórico kantiano, que indica un mandato condicionado, a diferencia del uso incondicional derridiano que se refiere a un “sin condición” absoluta, en el sentido literal, por ejemplo, de la hospitalidad, sin preguntar de dónde viene, a dónde va, cuál es su nacionalidad, o por qué huye de su país de origen. Lo que observamos en la realidad europea es el andamiaje económico y político de un bloque de estados que condiciona, en función de su territorio y de intereses particulares, la libertad de circulación de las personas para su propio beneficio:

Y es esa libertad de circulación en el sentido amplio de la expresión, esa faceta de circulación, lo que es menester entender, creo, cuando se habla de libertad, y comprenderla como una de las facetas, uno de los aspectos, una de las dimensiones de la introducción de los dispositivos de seguridad. (Foucault, 2008: 61)

Lo que observamos es sin duda una simulación de lo que, en nombre de los derechos humanos, de la democracia, del Estado de derecho, se traduce en un negocio redondo, como ha sido en las últimas décadas el fenómeno migratorio, cuyos engranajes parecen estar tan bien aceitados que incluso las organizaciones no gubernamentales (ONGs) se prestan para recrear este juego.

Las críticas a la ONGs llevan varios años en la agenda pública de los defensores de derechos humanos. Es de todos conocidos que muchas de estas organizaciones, a veces familiares, otras corporativas, no solo reciben grandes cantidades de recursos para realizar actividades que los gobiernos han dejado de hacer, como protección, seguimiento, acompañamiento de migrantes en tránsito, sino que algunas de éstas también colaboran directamente con los gobiernos:

La Cruz Roja trabaja en el CIE y ACNUR pasa información a Frontex de forma directa desde hace años. Yo he visto a gente de esta ONG entrando en las oficinas de Frontex para trabajar allí a diario. Se trata de una industria de los derechos humanos. ACNUR, Cruz Roja, Cáritas o Amnistía Internacional colaboran directamente con el sistema de control migratorio para realizar un lavado de imagen de Frontex. Por otro lado, hacen una utilización de la población refugiada-migrante racializada donde se genera una imagen de inferioridad. (Pérez, 2016)

En este punto, es fundamental comparar el caso de México, con lo que sucede en Europa, porque en el primer caso, casi siempre estas actividades recaen en la red de albergues, la mayoría de éstos pertenecientes a la diócesis, que existe a lo largo y ancho del territorio. En parte porque la legislación vigente lo permite,[16] y en algunos otros casos, quizá lo menos, porque es una forma de lucrar con la vulnerabilidad ajena. Mientras que en España, por ejemplo, las organizaciones no gubernamentales, a no ser las que están subvencionadas por el gobierno para encargarse de “la atención humanitaria a personas inmigrantes en situación de vulnerabilidad” (y son fuertemente cuestionadas por otros sectores),[17] tienen poco tiempo de estar participando en la defensa de los refugiados y surgieron al vapor en los últimos años, por mencionar solo algunas de las que conocí en mi paso por España y Grecia: Proactiva Open Arms, Watch The Med, Canal de Refugiados.[18]

La diferencia que encuentro entre estas dos regiones con respecto a la participación de la ciudadanía de frente al fenómeno migratorio o de movilidad humana radica que en el caso de México se ha avanzado para incidir en políticas públicas, mientras que en el caso español, se ha hecho un uso eficiente de la tecnología para mapear y visualizar no solo la existencia de albergues en las costas europeas, sino también para identificar los puntos críticos (hot spots) desde donde se hacen deportaciones masivas y en caliente que han sido fuertemente cuestionados por varias de éstas organizaciones.[19]

Estas diferencias sin duda son un detonante particular en la Europa contemporánea puesto que una de las críticas constantes que se le hacen a la Unión Europea radica en la participación real de la ciudadanía en la toma de decisiones. Como se sabe, es el Parlamento Europeo que lleva la voz de la población de a pie y se compone de 751 eurodiputados que se eligen cada cinco años de acuerdo a una proporción aproximada de la población de cada Estado miembro. La pasada elección ocurrió en 2014 y desde entonces los analistas ya vislumbraban la escalada de los euroescépticos y los eurófobos para los siguientes años, y la caída en las encuestas sobre la credibilidad de la Unión Europea de cara a la ciudadanía:

La novedad de estas elecciones reside en que, según el Tratado de Lisboa, el Consejo Europeo deberá “tener en cuenta los resultados electorales” en la selección del candidato propuesto para presidente de la Comisión, lo que reforzará la trascendencia política de estas elecciones. En mayo de 2014 decidiremos si queremos una UE más competitiva pero también socialmente cohesionada o sólo fiscalmente consolidada; si queremos una Europa segura pero también respetuosa con los derechos fundamentales de los inmigrantes, vengan de donde vengan; si respetamos el derecho de libre circulación y establecimiento para todos o sólo para los ciudadanos más pudientes; si aplicaremos colectivamente medidas contra la especulación financiera y una fiscalidad progresiva a las rentas del capital y no sólo del trabajo o si la inacción de cada gobierno seguirá escudándose en la falta de acción del resto; si coordinamos la respuesta de más de 500 millones de ciudadanos a los retos de protección de datos, energías renovables, seguridad, igualdad de género, etc., o continuamos actuando como liliputienses ante Estados Unidos, China, Rusia o la llamada globalización. Nosotros decidimos. (Guirao, 2014: 2)

Han pasado más de dos años y el escenario es completamente distinto al que se bosquejó con esas elecciones. En este sentido, lo que en la última década se observó como un posicionamiento de la ciudadanía organizada frente a las políticas excluyentes de los gobiernos en varias ciudades (pienso en la Primavera Árabe, en el 15M o en el Occupy Wall Street), en la actualidad, la preocupación de muchos teóricos es el giro que está teniendo la participación de esta ciudadanía, derivado de los populismos de derecha en casi todo el mundo, que, en el fondo, responden a una crisis de la representación como tal.

Para nuestro análisis de la crisis que hoy conoce la noción misma de ciudadanía social y de las formas que reviste el desmantelamiento programado del Estado social, es decisivo saber quién es el responsable de esta crisis que afecta tanto la seguridad del empleo como la cobertura universal de salud, la democratización del acceso a la enseñanza superior y la liberación doméstica o profesional de las mujeres, y finalmente el principio representativo. ¿Es principalmente el resultado de un ataque lanzado desde el exterior por el capitalismo […]? ¿O bien es el resultado de las contradicciones internas de la ciudadanía social, y del hecho que esta última haya alcanzado sus propios límites históricos? (Balibar, 2013: 99)

Después de mi última estancia en Europa, durante el primer semestre de 2016, un año sin duda de importantes cambios para la región, coincido con Balibar en el segundo aspecto: lo que observé estos meses fue que la ciudadanía social no ha podido resarcir sus contradicciones internas y esto ha propiciado que la población haya alcanzado sus “propios límites históricos” que, en palabras de Balibar, estos límites derivan de “la proliferación de las burocracias y de las instancias jurídicas supranacionales”, y, aludiendo al ejemplo de Europa, afirma lo siguiente:

Esto se ha visto cuando la Unión Europea exigió a sus ciudadanos nominalmente soberanos (pero de segundo grado) que ejerciera su función constituyente según los códigos estatales, mientras que ella misma no es otra cosa que el fantasma de un Estado, puesto que no conlleva ningún elemento de identificación colectiva de veras eficaz y puesto que, por otro lado, a pesar de la crisis económica, no debe enfrentarse a ningún movimiento social generalizado susceptible de transnacionalizar el conflicto político. Una estructura semejante quizás prefigure la forma de supervivencia de la institución estatal de la ciudadanía que se halla ante nosotros, en nuestro porvenir, y representaría de hecho, bajo el nombre de gobernanza, una forma de estatismo sin Estado. (Balibar, 2012: 43)

Años después de que Balibar haya escrito lo anterior, observamos premonitoriamente la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Estaba en Croacia, en un congreso sobre hispanistas cuando nos llegó la noticia, un jueves por la madrugada se dieron a conocer los resultados. Muchos de los que estábamos ahí no lo creíamos. Otros, los que a veces se posicionan del lado de los “euroescépticos” afirmaban que esta situación no iba a cambiar en breve el contexto europeo, y, en parte, tiene razón porque pueden pasar hasta más dos años para que el Reino Unido deje de ser parte de la Unión Europea. Especialmente porque la primera ministra británica, Theresa May, ha declarado que las negociaciones con la Unión Europea referente al Brexit iniciarán una vez que su gobierno haya elaborado una hoja de ruta, lo cual puede ser a finales de este año o principios del otro.

Con los resultados del Brexit, 51% a favor de la salida de la Unión Europea, se barajaron diferentes crisis; primero, se especuló con la financiera, luego con la migratoria, tanto de los países que tienen un alto índice de inmigrantes en Inglaterra, como Polonia, tanto por los emigrantes ingleses que viven en el resto de Europa. Sin embargo, lo que realmente está en juego es el libre comercio de Inglaterra con el resto del mundo, pues una vez fuera de la Unión, el “mercado único” europeo entrará en conflicto por la posible competencia que se pudiera dar entre los Estados miembro e Inglaterra para allanar mercados, como afirma Mario Monti, excomisionado europeo:

Si los Estados miembros y centrales de la UE persiguen acuerdos individuales con el Reino Unido en vez de tratarlo de manera apropiada y colectiva, y si la Comisión se inclina ante la presión de los Estados para reducir sus poderes comunitarios aún más, entonces la UE acabará por rendirse a un sitio naval por parte del Reino Unido en vez de establecer simplemente nuevas y cordiales relaciones con un país que ha decidido navegar de forma separada a otro destino. (Rodríguez-Rata, 2016)

Además de lo anterior, otros dos temas que quedan pendientes y no son menores, será la relación entre Irlanda del Norte, lo mismo que de Escocia, con la Unión Europea. Ambos votaron por permanecer, pero están sujetos a las condiciones del Brexit. Mientras que la República de Irlanda sigue siendo miembro de la Unión, situación que altera el control vigente de la única frontera terrestre que existe entre los estados miembro de la Unión, puesto que la frontera irlandesa, el Área de Viaje Común (CTA en inglés), que comprende el Reino Unido, Irlanda y las islas de Man y el Canal de la Mancha, nuevamente quedará en manos del gobierno inglés, y al parecer hay disposición de ambos gobiernos para no endurecer los controles fronterizos en la zona, aunque lo que preocupa a una parte de la población es la posible unificación de las Irlandas que, a su vez, pueda desembocar nuevamente en conflictos internos.

Previo al referéndum tenía mis reservas del resultado dado el ambiente xenófobo que se respiraba en algunos puntos del Reino Unido, provocado, en mucho por la campaña en contra de la Unión Europea emprendida por Nigel Farange, ex-líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), quien en repetidas ocasiones afirmó “La Unión Europea está muriendo”, basando su argumento principalmente en posiciones racistas (antiislámicas particularmente) y homófobas que se observan en un discurso contradictorio, dada su activa participación en el parlamento europeo, pero siempre conservador, y en defensa de la soberanía británica frente al resto de Europa. El póster que presentó un día antes del asesinato de la congresista Jo Cox, defensora de la migración y perteneciente al Partido Laborista, dio muestras de ello, y aunque la sociedad reaccionó indignada, no solo frente al brutal asesinato de la congresista, sino también contra las tácticas mediáticas de Farange, ya era demasiado tarde para revertir el resultado del Brexit.[20]

Además de Farange, ubico a dos personas más que fueron clave en el referéndum británico realizado el 23 de junio de 2016: David Cameron, primer ministro inglés, que presentó su renuncia inmediatamente después que se dieron a conocer los resultados; y Boris Johnson, exalcalde de Londres, un conservador que también dimitió al poco tiempo. Sin el empuje populista de Cameron para realizar el referéndum no se habría llegado al Brexit, y sin la escuela de Margaret Tatcher para salir más pronto de la Unión Europea, Johnson no hubiera tenido tanto impacto. No analizaré con más detalle el tema del Brexit porque seguramente se escribirán bastantes libros sobre ello, así como se han llenado las páginas de los periódicos con opiniones en contra y a favor después de los resultados, y sobre todo especulando sobre el por-venir de Europa.

Lo que queda claro es el fracaso de la utopía de las no-fronteras en Europa, una utopía que como menciona Bauman “dependerá en última instancia de sus actores”. Al primer corte, el resultado es desfavorable por lo menos en los tres niveles que he analizado: la ciudadanía, el territorio y la soberanía. Se escribirá un capítulo posterior en la historia de la Unión Europea que posiblemente le de la razón a muchos intelectuales que han cuestionado, por un lado, el mal manejo de la toma de decisiones en la Unión Europea, pero que seguirán creyendo que ese esquema es mejor que lo anterior:

Por otro lado, como europeos, debemos hacer todo lo posible para asegurarnos de que la UE ha aprendido las lecciones de este penoso revés, cuyas raíces están en la historia europea reciente, además de la británica. Porque, si la UE y la eurozona no cambian, acabarán devoradas por mil versiones continentales de Farage. Y, con todos sus defectos, la Unión todavía merece la pena. Ya he adaptado anteriormente la famosa frase del gran europeo Winston Churchill sobre la democracia: esta es la peor Europa posible, aparte de todas las demás Europas que se han probado en otras ocasiones. (Garton, 2016)

Desde mi perspectiva, como la de otros teóricos, a raíz de esta crisis que derivó en el Brexit, y en un preocupante aumento de los populismos de derecha en otros países de Europa, es necesario dejar de proponer referéndums, y empezar a replantear el proyecto europeo, con un modelo distinto de sociedad no solo aplicable al interior de sus fronteras, sino también éticamente responsable con los países que son sus aliados estratégicos, pienso en Turquía, Marruecos, por mencionar solo algunos.[21] Es decir, lo que esta sucesión de eventos ha generado se debe revertir en el corto plazo con un proyecto de largo plazo, de otra forma se seguiría parchando la legislación vigente pero sin un rumbo determinado:

It will take a very long march and perhaps other brutal shocks before we arrive at the conjugation and clarification–in the eyes of the majority of citizens, across borders–of the close interdependence between shared sovereignty, transnational democracy, alter-globalisation, the co-development of regions and nations, and exchange among cultures. We are not at that point, and time is running short … All the more reason–if we do believe in Europe, as I do–to continue without relent to explain what is going on. (Balibar, 2016: 116)

Antes de terminar este capítulo me interesa eslabonarlo con el siguiente. Para ello retomo el acuerdo de la Unión Europea con Turquía puesto que las consecuencias de la decisión preocupan en varios sentidos: 1) ¿Quién va a garantizar los derechos humanos de los refugiados y los migrantes que el gobierno de Erdogan supuestamente se encargará de deportar o dar asilo? 2) ¿Qué autoridad moral pueden tener de ahora en adelante los organismos internacionales en casos particulares cuando han mostrado una incapacidad política para defender a miles de refugiados? 3) ¿Será esta decisión el inicio de una nueva guerra fría, como afirman algunos analistas? ¿A quiénes les conviene la alianza UE-Turquía frente a las actuales guerras en Medio Oriente y a la histórica confrontación Rusia-Estados Unidos?

Si el acuerdo anterior no fue suficiente para dudar de las intenciones de la Unión Europea y la necesaria implementación de externalizar las fronteras, para evitar un colapso entre los Estados miembro, hace algunas semanas se presentó una propuesta denominada Migration Partnership Framework, una versión matizada de la anterior, que involucra a otros actores, otros países del norte de África, no solo a los de la Liga Árabe, lo que permite, como se dice coloquialmente, “matar dos pájaros de un tiro”: quitarle a Erdogan el control sobre la conducción de las fronteras fuera del espacio Schengen; y hacer corresponsables a los estados de Medio Oriente de las guerras civiles de la región que orillan a sus ciudadanos a pedir asilo en Europa, así como a los gobiernos Africanos de las condiciones económicas que orillan a sus conciudadanos a migrar a Europa.

El “Nuevo Marco de Asociación en Materia de Migración: una cooperación reforzada con terceros países para gestionar mejor la migración” (Migration Partnership Framework), como aparece en el comunicado de prensa, pretende: “establecer asociaciones a medida con los principales terceros países de origen y de tránsito, empleando para ello todas las políticas e instrumentos de que dispone a fin de obtener resultados concretos” (Comisión Europea, 2016). Para ello, este nuevo marco estará sustentado en una serie de “pactos”, “que se desarrollarán conforme a la situación y a las necesidades de cada país socio, según se trate de un país de origen, un país de tránsito, o de un país que acoge a un gran número de personas desplazadas”.

Sin duda esta forma de redireccionar la política migratoria y la política de asilo puede ser que funcione a largo plazo, pero no resuelve en lo inmediato la situación en la que se encuentran miles de refugiados, ya sea en el interior del espacio Schengen o en los campos de refugiados turcos, como tampoco resuelve el centenar de muertes de la última semana en las costas libias. Aunado a esta propuesta, falta revisar el Reglamento Dublín, específicamente el Artículo 13, el que se refiere a la entrada o estadía en la Unión Europea de los solicitantes de asilo. De igual forma, es necesario repensar la política de externalizar las fronteras que seguirá presente en el imaginario colectivo de varios gobiernos. Finalmente, es necesario reabrir las fronteras internas que ciertos países de la Unión Europea han cerrado para impedir el tránsito de personas desplazadas. Así como proponer políticas culturales que combatan el racismo y la xenofobia al interior de Europa. Si realmente se quiere hacer un cambio “global”, como afirma Federica Morgherini, Alta Representante y vicepresidenta de la Comisión Europea, es necesario proponer un combo completo, de otra forma se estará parchando un hueco administrativo y ensanchando un hoyo legal.

Este combo, sin duda, está íntimamente ligado y debe coexistir con los países que quedan del otro lado del Mediterráneo; sin embargo, mientras siga existiendo una situación de codependencia colonial entre ambos lados de esta frontera vertical será prácticamente imposible frenar la movilidad humana provocada por cuestiones económicas o por violencia institucionalizada.


* Pueden bajar el libro Cartografía de las fronteras. Diario de campo, Roxana Rodríguez (2016), de academia.edu o Amazon.

[1] Actualmente los estados miembro de la Unión Europea son los siguientes: Austria, Bélgica, Bulgaria, Croacia, Chipre, República Checa, Dinamarca, Estonia, Alemania, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, Países Bajos, Polonia, Portugal, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, España, Suecia, Irlanda y Reino Unido (la salida de éstos últimos de la Unión Europea no es inmediata a pesar de la resolución del referéndum (Brexit), véase art. 50 del Tratado de la Unión Europea: “Los Tratados dejarán de aplicarse al Estado de que se trate a partir de la fecha de entrada en vigor del acuerdo de retirada o, en su defecto, a los dos años de la notificación a que se refiere el apartado 2, salvo si el Consejo Europeo, de acuerdo con dicho Estado, decide por unanimidad prorrogar dicho plazo”). De estos 28 países, Reino Unido e Irlanda no forman parte del espacio Schengen pero participan en ciertas actividades conjuntas con el resto de los países miembro, especialmente en temas de cooperación policial y judicial; mientras que Bulgaria, Rumanía y Chipre no forman parte del espacio Schengen por no cumplir con los requisitos de seguridad establecidos. Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza, no forman parte de la Unión Europea y sí del espacio Schengen. Tres países (Dinamarca, Suecia y el Reino Unido) decidieron, por razones políticas y técnicas, no adoptar el euro cuando fue lanzado. Eslovenia se incorporó a la zona del euro en 2007, seguida de Chipre y Malta en 2008, Eslovaquia en 2009, Estonia en 2011 y Letonia en 2014. La zona del euro abarca por tanto dieciocho países de la UE, y los nuevos Estados miembros se unirán una vez hayan cumplido las condiciones necesarias (Fontaine, 2014: 25).

[2] La doble nacionalidad ha sido la ruta de escape de las crisis argentinas para muchos (La Nación, 2000). Entre los países miembro de la UE algunos estipulan la adopción de su ciudadanía a descendientes de connacionales. Por ejemplo, en 2008 entró en vigor de la Ley de Memoria Histórica en España, la cual permitió la solicitud de la ciudadanía española a los nietos de españoles, descendientes de emigrantes o exiliados políticos (BBC Mundo, 2009). Previo a la movilidad argentina hacia Europa, en los años ochenta del siglo pasado, también se dio una migración importante de chilenos derivada de la dictadura y la crisis económica (1982).

[3] Esto se observa con el levantamiento del muro, que pasó de 3 metros de altura en 1998, a 6 metros en 2005; posteriormente, en 2007, se agregó una sirga tridimensional de 3 metros de altura, y durante 2013 y 2014 se añadieron mallas antitrepa y alambres de cuchillas en la parte más alta). (Blasco de Avellaneda, 2013; Íbid. 2014; Desalambre, 2013)

[4] El Artículo 23, inciso 1, a la letra dice: “Cuando en el espacio sin controles en las fronteras interiores se presente una amenaza grave para el orden público o la seguridad interior de un Estado miembro, este podrá restablecer los controles fronterizos en partes específicas o en la totalidad de sus fronteras interiores, con carácter excepcional y durante un periodo de tiempo limitado no superior a 30 días, o mientras se prevea que persiste la amenaza grave cuando su duración sobrepase el plazo de 30 días”.

[5] La riqueza de estudiar las fronteras de un proyecto como la Unión Europea radica precisamente en que es un laboratorio, como afirma Bauman en “el que diariamente se diseñan, se discuten y se ponen a prueba en la práctica diversas formas de afrontar tales desafíos y abordar tales problema” (Bauman, 2015.271) a diferencia de lo que sucede en otras fronteras del mundo, donde los cambios en políticas públicas se dan a cuenta gota y donde prevalecen los usos y costumbres, incluso de las instituciones.

[6] Sobre este aspecto de la construcción identitaria de los sujetos migrantes se puede consultar el libro Cultura e Identidad en la región fronteriza México-Estados Unidos, específicamente el capítulo primero donde afirmo: “A pesar de la dominación estadounidense, el migrante mexicano ha revertido la colonización interna gracias a que ha reconfigurado su posición social dentro de la comunidad dominante mediante un proceso indirectamente proporcional al esperado por el grupo en el poder. Es decir, los migrantes al tener que contrarrestar los ataques certeros de ciertos grupos radicales de la población estadounidense, comienzan a conformar movimientos sociales, a tomar parte en ellas decisiones de poder y a hacer valer el poder que tienen como capital humano en la economía de esa zona” (Rodríguez, 2013: 34).

[7] Sobre la creación, motivos, historia de la Unión Europea existe mucho material digital en las diferentes páginas de internet, los documentos clave de su conformación son La Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (Helsinki,1975), la Carta de París para una Nueva Europa (París, 1990), El Tratado de la Unión Europea, en éste se determina lo siguiente: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres” (Artículo 2) (Maastricht, 1992).

[8] Léase, por ejemplo, el inciso referente a los “Derechos Humanos, Democracia y Estado de Derecho” de la Carta de París: “Nos comprometemos a edificar, consolidar y reforzar la democracia como único sistema de gobierno de nuestras naciones. En este esfuerzo, obraremos de acuerdo con lo siguiente: Los derechos humanos y las libertades fundamentales son patrimonio de todos los seres humanos, son inalienables y están garantizados por la ley. Su protección y fomento es la primera responsabilidad de los gobiernos. Su respeto es una salvaguardia esencial contra un excesivo poder del Estado. Su observancia y pleno ejercicio son la base de la libertad, la justicia y la paz” (1990).

[9] Derrida hace mención al cosmopolitismo de la siguiente manera: “Para mí, las grandes referencias para discutir aquí son Kant y Hannah Arendt. Ambos estaban a favor de un Derecho Internacional y a la vez excluían, e incluso condenaban, la hipótesis de un Superestado o de un gobierno mundial. No se trata como ocurre hoy, de atravesar crisis más o menos provisionales de la soberanía para desembocar en un Estado mundial, en un Estado-mundo. Esta desestatización absolutamente nueva e inaudita nos llevaría a pensar, más allá de lo que Kant o Arendt formularon de manera determinada, en la nueva figura por venir de un último recurso, de una soberanía (digamos mejor, y más simplemente, pues ese nombre, ‘soberanía’, sigue siendo muy equívoco, demasiado teológico-político: una fuerza o poder, una cracia), de una cracia aliada a, o incluso que forme una unidad con, no solamente el derecho sino también la justicia”. (Borradori, 2003: 175)

[10] Este argumento lo elaboro con más detenimiento en el texto “Les limites de l’hospitalité à la frontière entre le Mexique et les États-Unis”. En ese texto menciono: “En La metafísica de las costumbres, Kant le da un giro a su argumentación y emplea otras premisas, haciendo énfasis en el problema del uso del suelo (apropiación-ocupación; posesión-residencia), para justificar la consolidación de estados jurídicos; es decir, para justificar el tránsito del estado de naturaleza al estado civil. Para Kant este tránsito es un problema lógico-dimensional porque si la Tierra “fuera un plano infinito, los hombres podrían diseminarse de tal modo que no llegarían en absoluto a ninguna comunidad en sí, por tanto, ésta no sería una consecuencia necesaria de su existencia sobre la tierra’” (Kant, 2008: 78). Y no habría necesidad de establecer un sistema de derecho, pero al ser la tierra finita entonces propone el derecho cosmopolita como una forma de establecer leyes universales, aunque solo en función de los flujos comerciales, no en función de la movilidad humana.

[11] Esta propuesta que se votó a favor en septiembre de 2015, a pesar de que cuatro de los Estados miembro de la Unión Europea (especialmente de Europa del este) manifestaron su inconformidad ha sido un rotundo fracaso, para abril de 2016 las cifras dan cuenta dude ello: “Bruselas se comprometió a repartir a 160.000 refugiados que ya habían conseguido llegar a Grecia e Italia. Siete meses después, la cifra total apenas llega a 1.145, menos de un 0,8% del total” (Pérez de la Cruz, 2016).

[12] Este acuerdo fue firmado el 18 de marzo de 2016, y puesto en marcha en abril de 2016. El punto principal es que Europa podrá expulsar a Turquía a todos los migrantes irregulares que hayan llegado a Grecia desde Turquía después del 20 de marzo; por cada “migrante irregular” proveniente de esta ruta que sea retornado a Turquía, la Unión Europea se compromete a aceptar a un sirio asentado en Turquía, hasta alcanzar un límite de 72 000. Además, Turquía se compromete a aumentar la vigilancia y el control en sus fronteras para evitar que las personas sigan cruzando a Grecia. A cambio, Turquía recibiría 6,000 millones de euros para financiar este proceso y la aceleración de la supresión del visado de los turcos para la Unión Europea (siempre y cuando Turquía cumpla con los criterios de referencia) (Consejo de la Unión Europea, 2016).

[13] En lo que va de 2016 (hasta el 8 de julio de 2016) Frontex se ha encargado de 27 operaciones, todas ellas de retorno, o bien, como se describe en uno de los manuales de la UE de retorno de las personas que no tienen derecho a asilo en Europa (Comisión Europea, 2015). Es interesante notar que Alemania ha liderado alrededor de 52% de estas últimas (cálculos propios con base en el archivo de operaciones).

[14] Para más información sobre el Perseus se puede consultar su página de internet: http://www.perseus-fp7.eu

[15] Resulta curioso que muchos de links de esta página, a documentos importantes de lo que significa, por ejemplo “Building the ERA of knowledge for growth” o “guidelines for future European Union policy to support research COM (2004) 353” están deshabitados y no es posible contar con más detalles de lo que se está haciendo en nombre de la “investigación y desarrollo” en cuestión de fronteras.

[16] Los organismos encargados de la política migratoria en México dependen de la Subsecretaria de Migración, Población y Asuntos Religiosos, perteneciente a la Secretaría de Gobernación (SEGOB). En el Reglamento Interior de la Secretaría de Gobernación, publicado en el DOF: 2 de abril de 2013; Reformas: 15 de enero de 2014 y 25 de septiembre de 2015, capítulo VIII, articulo 21, fracción XVI se indica: “Someter al Subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos, previa opinión de las dependencias competentes en términos de la Ley de Migración y demás disposiciones jurídicas aplicables, los acuerdos para fijar, suprimir y cerrar temporalmente los lugares destinados al tránsito internacional de personas por tierra, mar y aire; para suspender o prohibir el ingreso de personas extranjeras al territorio nacional; así como para determinar los municipios o entidades federativas que conforman las regiones fronterizas o aquéllas que reciban trabajadores temporales”.

[17] En el caso del gobierno español, la Secretaria de Migración depende del Ministerio de Empleo y Seguridad, a diferencia de lo que sucede en México, por ejemplo. En 2006 se publicó el real decreto 603/2006 que “regula la concesión directa de subvenciones a determinadas entidades”, con base en “El Acuerdo de Consejo de Ministros de 28 de enero de 2005, por el que se aprobó un Programa de Acogida a inmigrantes en situación de vulnerabilidad y el Plan de Acción Inmediato, desplegado por el Gobierno en el mes de marzo de 2006 para abordar la situación creada con la llegada de inmigrantes irregulares a las costas españolas procedentes de Mauritania y de otros países subsaharianos, sirven de marco para las actuaciones objeto de las subvenciones previstas en este Real Decreto”. Estas organizaciones, la Cruz Roja Española (CRE), la Asociación Comisión Católica Española de Migración (ACCEM), la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), el Consorcio de Entidades para la Acción Integral con Inmigrantes (CEPAIM), el Movimiento por la Paz el Desarme y la Libertad (MPDL), son las que se encargan del “acompañamiento” de migrantes y refugiados en varios niveles, en las diferentes etapas del proceso de acogida, para aquellos que se pueden quedar en territorio español, aunque lo que observamos en los últimos meses han sido un aumento en las deportaciones en caliente (Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 2006).

[18] En la investigación de campo que realicé en Idomedi y Tesalónica, Grecia, en julio de 2016, me fue de gran utilidad contar con el mapeo desarrollado en una plataforma bastante comercial como es Google Maps por el grupo de voluntarios pertenecientes al Canal de Refugiados. Sin este mapeo actualizado en tiempo real de los campos de refugiados existentes a partir de la implementación del acuerdo entre la UE-Turquía que entró en vigor el 4 de abril de 2016, y que consistió en deportar a Turquía a los miles de refugiados que estaban en Grecia, sería imposible saber el destino de todas estas personas. Desafortunadamente, estos campos de refugiados, a donde movieron a todas las personas que se encontraban en campos improvisados, como el de Idomeni o Park Hotel, son campos militares en desuso, en la mayoría de los casos, y están bajo el control del ejército griego; mientras que la “labor humanitaria” queda en manos de algunas organizaciones como ACNUR, Cruz Roja o Amnistía Internacional. Esta situación impidió que pudiera entrar a alguno de ellos para conocer la situación de los refugiados.

[19] Para conocer más sobre el hot spot approach, que en teoría consiste en facilitar la reubicación temporal de los solicitantes de asilo a través del apoyo operativo en la identificación, registro, toma de huellas dactilares y entrevistas a dichos solicitantes, pero en la práctica no funciona así por varias limitantes, entre ellas porque los países de llegada, espacialmente Italia y Grecia, quieren eludir el Reglamento Dublín III (arriba mencionado) (Comisión Europea, 2015).

[20] Una imagen en la que se observa una larga fila de refugiados como fondo, Farange al frente del lado derecho y el texto en inglés en letras rojas: “Breaking point” y abajo en una tipografía de menor tamaño y color blanco “The EU has failed all us” (Carswell, 2016).

[21] La Unión Europea desarrolló una política europea de vecindad (PEV), que rige las relaciones con sus vecinos del este (Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania) y del sur (Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Libia, Marruecos, Territorios Palestinos, Siria y Túnez), aunque en muchos casos, estos países son la primera frontera de acceso a la Unión Europea porque estas alianzas sirven para frenar la inmigración irregular, la interrupción del suministro de energía, la degradación del medio ambiente, la delincuencia transfronteriza organizada y el terrorismo. (Fontaine, 2014: 10)

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