Del llevarte en la traducción filosófica

Desde hace unos meses nos propusimos, como parte del Taller de didáctica de filosofía en el que participamos algunas colegas de la academia de Filosofía de la UACM, presentar algún texto que nos ayudaran a comprender la posición que ocupa la filosofía en esta época para poder reanudar el trabajo de revisión del plan de estudios que actualmente le da forma y estructura a la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas, empezando por el perfil de egreso de nuestros estudiantes, considerando lo que el confinamiento, la pandemia, la virtualidad nos ha impuesto como reto pedagógico en en nuestro día a día.

Un reto no menor dadas las condiciones actuales del encierro a más de un año y medio que inició la pandemia, pero especialmente por la incertidumbre de ese “regreso” anhelado al aula física. Lo que empezó como un vamos a improvisar sobre la marcha (lo virtual casi híbrido), llegó para quedarse; en ese sentido, el plan de estudios con el que contamos puedo asegurar que es obsoleto con respecto a lo que cómo docentes nos demanda este siglo.

Iniciadas nuestras sesiones de presentación, escogí un libro de Derrida: Carneros. El diálogo ininterrumpido entre dos infinitos, el poema. Y lo seleccioné porque este texto si bien es cierto que pareciera estar enfocado en la teoría literaria, desde mi perspectiva es de los más filosóficos que tiene Derrida ya que da cuenta de prácticamente todas las categorías que propuso a lo largo de su trabajo intelectual y donde se puede abstraer un trabajo muy puntual de la deconstrucción puesta en marcha; es decir, este texto es el ejemplo perfecto, desde mi perspectiva, de la deconstrucción de la hermenéutica, de la fenomenología y de la filología a partir de un poema o mejor dicho del verso último de un poema de Celan: “Die Welt ist fort, ich muss dich tragen” (El mundo se ha ido / yo tengo que llevarte). La deconstrucción que deconstruye a las otras escuelas de pensamiento, a las otras teorías que le dieron forma a la propia deconstrucción y que, al mismo tiempo, se convierte en un texto que explica las diferencias entre sí.

Ahora bien, la primera pregunta metodológica que me hice para poder realmente lograr el cometido y no perder de vista el fin último del trabajo epistemológico que realizamos en el taller fue ¿cómo exponer a mis colegas filósofas, un pequeño grupo ecléctico, a Derrida? Decidí no exponer a Derrida ni mi lectura del texto, sino deconstruir el texto y proponer una serie de interrogantes que nos ayudaran a cuestionar el cómo queríamos llevar la revisión del plan de estudios y especialmente ahondar en lo que justamente no estábamos logrando con el perfil de egreso que está redactado actualmente y para ello utilicé el pretexto de la traducción:

El poema constituye, sin duda, el único lugar propicio para la experiencia de la lengua, esto es, de un idioma que a la vez desafía para siempre la traducción y apela entonces a una traducción conminada a hacer lo imposible, a volver posible lo imposible en ocasión de un acontecimiento inaudito.

Derrida (2009:14)

Decidí hacer este ejercicio de interrogantes muy en sintonía del ejercicio de Bruno Latour que expuse aquí hace algunos meses y que también presenté en nuestro Taller que se titula ¿Y cómo regresamos a lo presencial? que se vincula con otro texto que me ha ayudado a pensar el acto de profesar, como lo nombra Derrida, en la Universidad sin condición.

Interrogantes: ejercicio de reflexión

  • ¿Qué me pasa cuando intento aprender otra lengua y me topo con textos como éste que nos abren una cantidad infinita de lecturas?
  • ¿Cómo reconcilio la imposibilidad pedagógica propia de no poder traducir/traducirles y mucho menos ofrecer la traducción como una posibilidad del pensar?
  • ¿La interdicción de la lengua materna no es solo la prohibición de la filosofía unívoca sino también la deuda pendiente del quehacer filosófico?
  • ¿Si la filosofía es lenguaje, a qué lenguaje nos estamos refiriendo cuando es imposible la traducción?

Este fue el primer bloque de preguntas que me hice y leí durante mi intervención al tiempo que iba exponiendo no como tal una respuesta (que dudo tenga), sino el cómo se vincula cada una de estas interrogantes con la posibilidad de lo imposible en nuestra actividad pedagógica. Una imposibilidad que me hace volver a poner en práctica la hospitalidad epistemológica que se ciñe precisamente a ese último verso del poema de Celan: “El mundo se ha ido, yo tengo que llevarte”.

El segundo bloque de preguntas se ajustó a las acepciones del mundo en las que transita Heidegger y que Derrida también trae a discusión en el texto: Weltos como lo “privado del mundo”, Weltarm como lo “pobre en el mundo” y Weltbilden como lo “configurador del mundo”.

  • ¿Qué tanto orientamos en el pensamiento a los estudiantes como docentes?
  • ¿Qué tanto reconocemos que necesitamos al otro / del otro / de ser llevados en el acto de profesar?
  • ¿Cómo lograr que la filosofía hable en nosotros antes que nosotros?

Interrogantes que tampoco tienen ni buscan una respuesta, simplemente el diálogo, la apertura al otro a la otra.

Debo pues llevarlo, llevarte, ahí donde el mundo se sustrae: tal es mi responsabilidad. Pero ya no puedo llevar al otro, ni a ti, si llevar quiere decir en sí mismo, en la intuición de su propia conciencia egológica. Se trata de llevar sin apropiarse. Llevar ya no quiere decir “comportar”, incluir, comprender en sí, sino llevarse hacia la inapropiabilidad infinita del otro, al encuentro de su trascendencia absoluta dentro de mí, es decir, en mí fuera de mí.

Derrida (2009: 71)

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