ensayista, literata y filósofa

La literatura de frontera: apología de la posmodernidad*

En el presente texto me interesa precisar por qué considero que la literatura del norte de México o literatura fronteriza pertenece a un momento posmoderno, no sólo a nivel artístico, sino también social. Para ello es conveniente revisar la diferencia entre moderno y posmoderno de manera sucinta desde una perspectiva filosófica [en todo caso este texto también irrumpe la frontera disciplinar] y, posteriormente, analizar las características que desde mi perspectiva hacen de la literatura fronteriza una literatura posmoderna. Finalmente, a manera de conclusión, ejemplificaré las características  posmodernas de la literatura fronteriza en la escritura de Luis Humberto Crosthwaite, Rosario Sanmiguel y Amaranta Caballero.

Navegando entre modernidad y posmodernidad

Para el desarrollo de este trabajo es importante considerar que la modernidad y la posmodernidad no se anteponen ni se suceden sino que son simultáneos; su convivencia no implica una ruptura con la historia como lo ha supuesto la modernidad, y la posmodernidad no implica dejar de lado sus orígenes sino recrearlos; de otra forma no podría afirmar (1) que la literatura fronteriza es posmoderna, y (2) que los/las escritores/as analizados corresponden a este momento posmoderno. Lo dejo en momento, porque me parece que la posmodernidad no es tanto un concepto, como un espacio en la historia tratando de llenar el vacío que ha dejado la modernidad.

El término moderno tiene una historia que se remonta al siglo V, con el fin de distinguir claramente lo cristiano de lo romano, aunque algunos escritores lo ubican a partir del Renacimiento; también se puede utilizar a partir de la Ilustración o en cualquier caso donde se dé una transición de lo antiguo a lo nuevo. Habermas menciona que el término moderno apareció y reapareció en Europa durante los periodos “en los que se formó la conciencia de una nueva época a través de una relación renovada con los antiguos y, además, siempre que la antigüedad se consideraba como un modelo a recuperar a través de alguna clase de imitación” (Habermas, 2002: 20). Es un hecho, entonces, que la afirmación del carácter universal sobre la razón, así como el rechazo a la autoridad de la tradición y la aceptación de lo nuevo, lo diferente, la ruptura, definen a la modernidad, aunque ésta siempre vuelve a los orígenes, a los clásicos, puesto que una vez que lo moderno se vuelve obsoleto se reinventa en la historia y se recrea nuevamente en los clásicos. Eso me hace dudar de si la modernidad no es una contradicción en sí misma, o como lo llama Habermas, un proyecto incompleto.

Desde mi perspectiva, es en la incompletud donde quizás podemos ubicar la línea divisoria entre modernidad y posmodernidad, puesto que se puede complementar el proyecto de la modernidad añadiéndole el término pos de posmoderno, el cual significa, como afirma Vattimo, una despedida de la modernidad en el sentido de “sustraerse a sus lógicas de desarrollo y sobre todo a la idea de ‘superación’ crítica en la dirección de un nuevo fundamento” (Vattimo, 2000: 10). De tal forma podemos afirmar que estamos en un momento ulterior respecto de la modernidad,[1] respetando las características de superación y de progreso, puesto que lo posmoderno se caracteriza como novedad respecto a lo moderno y como disolución de lo nuevo. Es decir, como experiencia del “fin de la historia”, en lugar de un estadio diferente (indistintamente más avanzado o más retrazado) de la misma historia, aunque este “fin de la historia” posmoderno no se refiere a un fin catastrófico, (como afirma Fukuyama), nihilista o relativista, sino al fin de una historia inamovible, no unitaria, logocentrista, que se observa sobre todo en el crisol de las fronteras geopolíticas, donde se dan cita diferentes culturas, lenguas, tradiciones, costumbres que alteran el devenir de la noción de sujeto trascendental.

Narrativa fronteriza posmoderna

Artísticamente hablando, la frontera México-Estados Unidos es un sitio renovado por innovaciones estilísticas, algunas veces utópicas, que irrumpen el concepto de ciudad moderna y las normas que racionalizan la vida pública. La visión que se tiene de la frontera cambia según la hora, el barrio, quien la narra e, incluso, según el momento histórico. Lo que no cambia es la relación entre dos o más comunidades, ciudadanías, lenguas, que conforma una metrópoli transfronteriza capaz de transgredir los espacios prohibidos y los espacios del arte, gracias al desplazamiento que estimula los sentidos físicos e irrumpe la hegemonía monocultural.

El arte fronterizo transgrede conscientemente el canon establecido, toma por sorpresa, a veces de manera violenta, al arte en general, pues, en algunos casos, también es una forma de hacer política, una forma de protesta o de denuncia. Las ciudades fronterizas son centros de opresión y de violencia, así como de liberación y de creatividad. Esta paradoja genera vacíos y rezagos, sobre todo legales, pero es gracias a estos vacíos que los artistas fronterizos conforman una geografía individual en la que va implícita la violencia hacia el otro.

En la frontera, la violencia hacia el otro se entiende como la intimidación entre sujetos que comparten la frontera de ambos lados, entre conciudadanos, entre hombres y mujeres. La paradoja (o aporía) es que esta violencia, a veces sistematizada (o casi siempre como afirma Arendt), a su vez permite dilucidar mediante construcciones metafóricas o lenguaje figurado, la historia de la frontera. Una historia, como ya se ha visto, álgida, disímil e incluso que ha desplazado, como afirma Derrida, “la opresión técnico-política hacia la falsa inocencia del discurso filosófico” (Derrida, 1989: 125), donde las metáforas sirven para reírse del otro, de uno mismo, para violentar, para ofender, para recrear y para construir una historia propia.

La literatura de la frontera surge y se consolida en los años setenta, sobre todo en las ciudades fronterizas más importantes (Tijuana, Mexicali y Ciudad Juárez). La escritura fronteriza participa en la conformación cultural del norte y da fe del desarrollo histórico de la zona, de ahí que exista una relación directa entre lo que el artista crea y la región donde vive —no necesariamente tiene que ser la región donde nació. En este sentido, el escritor reinventa cada espacio y momento de la vida regional y “privilegia la recreación de la cotidianidad, sin caer en el costumbrismo provinciano de épocas pasadas” (Tabuenca, 2003:414), mediante la figuración de sus experiencias diarias y de la forma en cómo las manifiesta e interpreta.

La discusión y el estudio de la literatura de la frontera norte o de la literatura fronteriza empiezan en los años ochenta del siglo pasado. El primer nombre que se le dio fue “narrativa del desierto”, basándose únicamente en accidentes geográficos de la zona y en la relación que existía entre el escritor y su medio. Este término no se ajustó a las necesidades de la frontera puesto que, como menciona Eduardo Parra, “el norte de México no es sólo simple geografía: hay en él un devenir muy distinto al que registra la historia del resto del país; una manera de pensar, de actuar, de sentir y de hablar derivadas de ese mismo devenir y de la lucha constante contra el medio y con la cultura de los gringos, extraña y absorbente” (Parra, 2003: 40). Posteriormente se le denominó “literatura de la frontera norte de México” o “literatura fronteriza”, como se conoce actualmente, y la conforman los/las escritores/as nacidos o radicados en los seis estados fronterizos e incluso en otras ciudades norteñas como Hermosillo, Chihuahua, Monterrey o Saltillo, cuyas temáticas se relacionan y se gestan en y desde la frontera.

Como la presente investigación no pretende condensar una antología de la literatura fronteriza, sólo mencionaré los/las escritores más representativos, tomando en cuenta su proyección internacional y la importancia de su textos a nivel nacional. Algunos de los/las escritores/as fronterizos reconocidos actualmente nacieron en la década de los cincuenta, y su obra comienza a publicarse a partir de los ochenta, como Ricardo Elizondo Elizondo, Federico Campbell, Daniel Sada, Gabriel Trujillo, Rosina Conde, Rosario Sanmiguel. Estos escritores/as cuentan con una trayectoria sólida; sin embargo, pocos son los que le han dado continuidad a su producción literaria desde la frontera, pues algunos de ellos, como Campbell o Conde, actualmente radican y escriben desde el centro del país. También están los/las escritores/as que  empiezan a colocarse en la literatura regional y nacional, como, Luis Humberto Crosthwaite, Eduardo Parra, David Toscana, Cristina Rivera, Heriberto Yépez, Amaranta Caballero, Teresa Avedoy, Dolores Dorantes, Carlos Velázquez, entre otros. Varios de estos/as escritores iniciaron su labor creativa en sus comunidades, y son escritores/as que se caracterizan por defender su frontera, a pesar de no provenir de ésta, como en el caso de Amaranta Caballero.[2]

Los/las escritores/as fronterizos hacen de las ciudades sus laboratorios para experimentar con las diferentes articulaciones culturales que ahí se gestan, para crear su propia historia a través de metáforas. Algunos, efectivamente recurren a la falsa inocencia del espectador gracias a la privatización del espacio público —que nada tiene que ver con la lógica moderna del arte. Mientras que otros, a través de la subversión y del arte comunitario, debilitan las técnicas espectaculares, conforman una cultura propia a través de su escritura y enarbolan el desarrollo de la literatura regional.[3]

El espacio de escritura que los artistas fronterizos habitan se divide en dos momentos: el primero lo ocupan los textos que narran las experiencias migratorias, los hechos históricos, la procedencia geográfica, la orientación política, los movimientos sociales y la recuperación mítica de los orígenes. En un segundo momento, los/las escritores/as fronterizos enfatizan la necesidad de deconstruir el discurso colonizador y de cuestionar la modernidad desde su trinchera, desde una sociedad globalizada.

Las características que hacen de la literatura fronteriza una literatura posmoderna se aprecian sobre todo en el segundo momento y se pueden resumir de la siguiente forma: participación crítica de los/las escritoras con respecto al objeto de estudio; énfasis en la subjetividad de los personajes; incursión del cuerpo femenino y transgresión del mismo; referencia constante a la alteridad; yuxtaposición de géneros literarios; deconstrucción del lenguaje; performatividad del sujeto fronterizo; agencia política del sujeto; intertextualidad; hipertextos; metarrelatos; tópicos propios de una región particular que abordan problemáticas socialmente conflictivas. Ejemplo: la frontera (física, psíquica, de género) es el tema central de casi toda la producción literaria fronteriza, aunque abordada desde diferentes perspectivas, ya sea desde la transgresión, la reivindicación o la denuncia.

A su vez, la frontera geopolítica se erige como una cultura conformada por diferentes fenómenos sociales producidos por el intercambio transfronterizo que el sujeto recrea constantemente a través de manifestaciones artísticas y reproducciones mediáticas. Dichas manifestaciones involucran símbolos corporales que los habitantes comparten, y con las cuales forjan un sentimiento de identidad y de pertenencia espacial, característica también de la posmodernidad.

Ejemplos de las características posmodernas en la literatura fronteriza

A) Deconstrucción del lenguaje: interdicción de la lengua y uso del spanglish en el cuento “Sabaditos en la noche”, de Luis Humberto Crosthwaite.[4] Cuento corto que parece no tener pies ni cabeza pues de entrada el protagonista de la historia presumiblemente puede ser cualquiera: un estadounidense (gringo) que al perder todo lo que tenía en el otro lado (incluyendo la familia) decide mudarse a Tijuana; o un no-ciudadano, un sin-nombre y un sin-pasado, como cualquier otro migrante que habita estas tierras fronterizas:

Estoy en mi tra-baaaaa-jo, carnal, en la faquin escuela donde daba las faquin clasescitas a los niños enfadosos del barrio, ganándome el pan cada día, enseñándoles el faquin inglés porque se supone que sólo se enseña el faquin inglés país de mierda, land-of-da-faquin-fri. Nada de español, ¿ves?, nada que se le parezca. Por eso he decidido, damas y caballeros, que de hoy en adelante, mi lengua será el spánich, ¿qué te parece? El spánich abd ay guont spik enithing else. (41)

B) Subjetividades fronterizas: en “Bajo el puente”, Rosario Sanmiguel aborda el fluir de la conciencia de la protagonista en yuxtaposición con el fluir del Río Bravo. Esta historia, escrita sin pausas, salvo por las comas que dejan respirar al lector, transcurre en menos de 24 horas:

[…] el sol aún estaba alto, se reflejaba en el agua turbia, bajo el puente mujeres y hombres esperaban su turno para cruzar, arriba, en el puente, otros con los dedos enganchados en el alambrado miraban para todos lados, nos miraban a Martín y a mí, a pesar del miedo que llevaba me ilusionó pensar que allá nos quedaríamos el resto del día, que íbamos a caminar por las calles de una ciudad desconocida para mí, eso me entusiasmó, miré el cielo azul, la montaña Franklin, los edificios de colores, un cartel enorme de cigarros camel y más abajo los vagones del tren […].(48)

C) Cuerpo femenino: En el poemario titulado “Entre las líneas de las manos”, Amaranta Caballero habla del amor, de la mujer y de la ciudad con una apasionada desenvoltura donde se mezclan los placeres carnales con el humor de la crítica al falocentrismo:

La mujer perfecta

A los hombres les fascina

su vagina es tan estrecha

como su mente (72).

///

La ciudad puede peinarse

O despertar eternamente distraída,

Puede ser transitada,

Puede sacudirse,

Puede explotar,

Y elevarse en palomas,

Desde el centro de cualquier plaza.

Puede cruzar,

Trazarse

Y aun así demostrar

Que no tiene ojos sino avenidas

Que tiene una lengua

Y el constante hormigueo

De los seres que se dicen humanos. (74)

D) Frontera simbólica: “Recomendaciones”, en Instrucciones para cruzar la frontera, de Luis Humberto Crosthwaite.

Atravesar una línea divisoria requiere de un esfuerzo intelectual…

Debes ingresar al país vecino porque vas de compras ( cuando hay especiales en las tiendas departamentales), para lavar tu ropa sucia (porque las aguas de allá son más pulcras), para ir a Disneylandia (“el lugar más feliz del mundo”); en fin, para realizar faenas que no comprometan el status quo de la sociedad que visitas. (9)

En resumen, la literatura fronteriza se caracteriza por infringir los límites del estilo y de los géneros, así como por recrear la narrativa a través de discursos lúdicos, irónicos, cargados de una sátira melancólica de la existencia transfronteriza. Desde mi perspectiva, la literatura fronteriza además de ser el oráculo de los fenómenos migratorios y fronterizos propios de la geopolítica, también traza las pistas de análisis para estudiar la frontera desde la ontología social.


*Ponencia presentada en el Segundo Coloquio Internacional Nuevas Narrativas Mexicanas: Desde la Diversidad, realizado en el Tec de Monterrey (CCM) del 15 al 17 de agosto de 2012.

[1] Zizek, sin embargo, afirma que el posmodernismo precede al modernismo, pues “retroactivamente, la mirada moderna ha percibido como incompletud la inconsistencia posmoderna del Otro” (Zizek, 2002: 241).

 Se debe precisar que autores como Daniel Venegas, José Vasconcelos, Agustín Yánez, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, entre otros, escriben sobre y no desde la frontera, para evitar considerar a dichos escritores consagrados como exponentes de la literatura fronteriza, “y provocar así que los referentes reales, los trabajos de quienes están haciendo carrera desde la frontera, se vean mayormente desplazados” (Tabuenca, 2003: 415).[2]

[3] Varios son los/las teóricos/as y escritores/as de la frontera que se ha dedicado a contextualizar y conceptualizar la literatura regional, como Socorro Tabuenca, rosario Sanmiguel, Sergio Gómez Montero, Gabriel Trujiilo y Humberto Félix Berumen; éste último afirma que la literatura regional se localiza en un espacio determinado, no necesariamente territorial, “donde tiene lugar el proceso de su gestación y circulación”; por lo que, “es necesario identificar a la literatura regional como un sistema literario reconocible a partir de sus propias determinaciones sociales; es decir, a partir de sus mismas instancias de producción, reproducción y recepción. Esto es, como una unidad estructurada y organizada de manera particular” (Berumen, 2004: 75).

[4] Luis Humberto Crosthwaite. Estrella en la Calle Sexta. México: Tusquets, 2000. Ésta es la edición de la que parto para elaborar el análisis. Para fines prácticos de esta investigación sólo pondré entre paréntesis la página en donde se puede consultar la cita.

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3 Responses to “La literatura de frontera: apología de la posmodernidad*”

  1. Francisco

    El título ofrece mucho menos de lo ofrece. Creo que es necesario fundamentar mucho más el significado de posmodernidad. Su reacción anti metafísica, su influencia en la ética. Etc. Hay algunos términos que conviene matizar. El “desde” que abriría a otros sentidos filosóficos. Creo que si es frágil la primera premisa, el argumento cae.

    Responder
    • roxanarodriguezortiz

      Gracias Francisco por escribir. Revisaré el texto. Si bien es cierto que no es un texto propiamente filosófico sino de teoría literaria, cuando lo hice estaba pensando específicamente en la irrupción de géneros literarios, uso del lenguaje, construcción de los personajes…, también considero que es importante precisar revisar lo que mencionas.

      Saludos,

      Roxana

      Responder

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